El teléfono móvil se ha convertido en un recurso habitual para las familias, sobre todo cuando los pequeños tienen una rabieta, durante salidas o viajes, o cuando el adulto al cuidado necesita un respiro. Sin embargo, muchas veces se ignoran los posibles efectos negativos de esta exposición a las pantallas, aunque en ciertos contextos, su uso se vuelve una herramienta necesaria para mantener la rutina diaria.
El estudio “Prácticas de cuidado y crianza en la primera infancia”, realizado por el Ministerio de Desarrollo Humano de la Ciudad junto a la Universidad Austral, analizó cómo las familias de diversos estratos socioeconómicos afrontan esta paradoja. El análisis mostró un incremento en el uso de dispositivos en todos los grupos, pero también indicó que las condiciones materiales y las redes de apoyo influyen en cómo las pantallas se integran en la vida de los niños.
Efectos en el sueño, lenguaje y concentración
Una de las preocupaciones principales que surgieron del estudio está relacionada con las adversidades del contacto temprano y prolongado con dispositivos electrónicos. Se mencionaron problemas en el sueño, el aprendizaje y el desarrollo del lenguaje.
El informe, basándose en distintos estudios, menciona que la exposición durante los dos primeros años de vida puede tener un impacto negativo en el desarrollo del lenguaje y la comunicación, afectando tanto la comprensión como el enriquecimiento del vocabulario. También se alude a posibles problemas en el desarrollo cognitivo, particularmente en la atención a estímulos, experiencias sociales, la resolución de problemas y la interacción con otras personas.
Además, las personas que cuidan mencionan cambios evidentes en el comportamiento infantil, como ser menos pacientes, más intolerantes a la frustración y una menor inclinación hacia los juegos tradicionales cuando el acceso a los dispositivos es constante.
La preocupación no solo reside en la cantidad de tiempo frente a las pantallas, sino también en la dificultad de establecer cuándo, cómo y para qué se deben usar estos dispositivos.
Los cuidadores relataron situaciones donde el teléfono, la televisión o la tableta son utilizados para facilitar momentos específicos de su día a día, como que un niño coma, se deje peinar, se calme o permita que el adulto realice otras tareas.
En este punto, se observa una importante disparidad dependiendo del nivel socioeconómico de las familias.
Conciencia sobre los efectos
Entre las familias de clase media y alta, surge una tensión entre los ideales de crianza y las prácticas cotidianas: son conscientes de los riesgos y quieren limitar el uso de pantallas, pero también reconocen el uso de dispositivos electrónicos como teléfonos, tablets y computadoras.
En los sectores más desfavorecidos, el uso de pantallas está más relacionado con la falta de redes de apoyo, la sobrecarga en una sola persona cuidadora —habitualmente una mujer— y la necesidad de cumplir con tareas básicas en contextos de limitaciones materiales.
Aunque la situación económica por sí sola no determina cuánto un niño usa pantallas, sí influye en las condiciones bajo las cuales los adultos regulan dicho uso.
El análisis revela que las familias más vulnerables cuentan con menos redes de apoyo para distribuir las responsabilidades de cuidado y enfrentan mayores dificultades al compaginar el trabajo, las responsabilidades del hogar y la crianza.
También pueden surgir conflictos respecto a los límites establecidos. Se cuentan casos de niños que reaccionan negativamente cuando se les retiran los dispositivos, y en estratos más bajos, se mencionan crisis relacionadas con la falta de conexión a internet o electricidad.
La regulación del uso de pantallas suele no estar consensuada entre los adultos cuidadores. El estudio evidenció posturas que van desde prohibiciones totales hasta la permisividad completa, lo cual origina conflictos tanto entre los cuidadores como con los mismos niños.
El papel de los cuidadores
El problema de las pantallas está indisolublemente ligado a las condiciones bajo las cuales se lleva a cabo la crianza.
El informe muestra que quienes cuidan expresan su preocupación, culpa y falta de conocimiento sobre cómo manejar el uso de dispositivos. También señalan la escasez de información oficial y la carencia de herramientas para establecer límites y ofrecer alternativas adecuadas.
En las clases medias completa, existe una fuerte demanda de formación sobre la regulación del uso de pantallas y el control parental digital. En otros grupos, las demandas están más centradas en el acceso a servicios de salud, desarrollo infantil, salud mental y servicios de apoyo al cuidado.
Las redes de apoyo son destacadas en el análisis. Abuelos, familiares, instituciones y espacios comunitarios son fundamentales para repartir las tareas y aliviar la carga de una sola persona responsable de los niños.
Metodología del estudio
La investigación se realizó a través de grupos focales con responsables del cuidado de niños de 0 a 5 años. Se contó con la participación de 78 personas: 70 mujeres y 8 hombres. En su mayoría fueron madres, aunque también participaron abuelos, padres, niñeras o cuidadoras contratadas y una tía.
Se organizaron los grupos considerando distintos aspectos: el nivel socioeconómico del hogar, la edad de los niños —de 0 a 2 años y de 3 a 5— y la situación laboral de los cuidadores, diferenciando entre quienes trabajaban a jornada completa y aquellos que tenían media jornada o estaban desempleados.
El nivel socioeconómico fue determinado mediante la Escala Graffar, que permitió clasificar a los participantes en tres grupos: medio completo, medio bajo y bajo. Asimismo, el cuestionario incluyó aspectos como el tipo de hogar, nivel educativo de las madres, situación laboral, redes de apoyo y participación del otro progenitor en los gastos.
Esta clasificación permitió observar factores clave para entender el uso de pantallas, ya que las condiciones bajo las que se desarrolla la crianza no son iguales para todas las familias.
El estudio concluye que no basta con aconsejar a una familia que evite la exposición de su hijo a las pantallas. Si bien las consecuencias de dicha exposición son preocupantes y necesitan límites, la posibilidad real de ponerlos depende del trabajo, el cansancio, las redes de apoyo y las condiciones materiales de cada hogar.
Es por eso que el informe hace un llamado para que padres y tutores dispongan de espacios de orientación, escucha y herramientas para enfrentar los desafíos de la crianza diaria, incluyendo aquellos que la tecnología plantea.
SC
