Este sábado, Milagros Acosta y Julián se unirán a la Marcha del Orgullo en Buenos Aires. Avanzarán entre miles de personas, enarbolando sus banderas, proclamando sus consignas y levantando sus reclamos. Poco después, también estarán presentes en los eventos y celebraciones por la visita del papa León XIV a Argentina. No sienten que deben elegir entre su identidad y sus creencias.
“No veo contradicción entre ser parte de la Marcha del Orgullo y asistir a una misa abierta para compartir mi fe y nuestra comunidad”, comenta Milagros, de 27 años, docente y estudiante de Comunicación Social, quien coordina la Red de Jóvenes Federales de Católicas por el Derecho a Decidir.
Milagros, oriunda de Santiago del Estero, acudirá a la movilización con compañeros de su provincia y de todo el país, acompañada de su pareja, una persona no binaria. “Estamos en una relación lésbica, si así se desea llamar”, señala.
Armonía entre fe y diversidad
La historia de Milagros personifica una realidad cada vez más común entre los jóvenes creyentes: vivir plenamente su orientación sexual y su fe sin las antiguas y rígidas divisiones culturales.
“Por mucho tiempo, una de las mayores tensiones con la Iglesia estuvo más relacionada con el feminismo y el derecho a decidir sobre el aborto, más que con mi orientación sexual”, explica Milagros.
A lo largo del tiempo, ha logrado establecer su propio camino, viviendo su amor y sexualidad con liberación y respeto: “Reconocer mi derecho fundamental de definir quién deseo ser, a quién quiero amar, cómo me vinculo y con quién elijo o no concebir un proyecto de vida”.
Visibilidad y respeto
No obstante, Milagros subraya que aún existe una larga travesía por recorrer. Pregunta por qué las personas LGBT deben constantemente dar cuenta de su vida sexual y su fe, mientras que no se les pide igual explicación a las personas heterosexuales. “Espero que un día dejen de cuestionarnos. Mientras se nos exija constantemente cuentas sobre a quién amamos y cómo vivimos nuestra fe, queda mucho por trabajar, debatir y defender”, afirma.
Julián también es consciente de que las tensiones persisten, pero percibe cambios significativos. “Siento que, desde el surgimiento del papa Francisco, algo emergió profundamente en nuestras comunidades. Para muchos, la aparente contradicción entre el mundo disidente y la Iglesia ha comenzado a cerrarse, aunque no completamente. La crítica, el cuestionamiento y la reflexión siempre serán necesarios”, señala.
Una marcha emblemática
Noviembre es un mes de orgullo en Argentina, rememorando la formación de Nuestro Mundo, el primer grupo de diversidad sexual en el país, creado en 1967. En 1992, Buenos Aires celebró su primera Marcha del Orgullo, liderada por Carlos Jáuregui y César Cigliutti de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). Unas 300 personas asistieron, muchas usando máscaras por miedo a ser identificadas.
Las actuales marchas contrastan notablemente: se han transformado en encuentros multitudinarios con diversas generaciones, organizaciones y colectivos reclamando igualdad y derechos. Para Julián, la marcha tiene hoy un significado especial.
“En los últimos años, las identidades disidentes se han convertido en objetivos de ataques perpetuos. Se promueve la idea de ‘ideología de género’, alegando que atentamos contra la familia, o que el feminismo es cosa del pasado. Son discursos, a menudo desde lo público, que buscan invalidar nuestras identidades”, observa.
En respuesta a esta situación, la organización y el encuentro se vuelven cruciales. “Es esencial manifestarnos, demostrar que, aun en tiempos de aparente soledad, podemos reconocernos en los demás y saber que no estamos aislados. La libertad no es un imposible, pero no se edifica individualmente: se construye colectivamente”.
Para él, la marcha representa tanto un acto político como una celebración. “Es profundamente política, pero también es un instante de alegría. La política no debe ser concebida solo como una resistencia que nos entristece. Reunirnos, ser visibles y expresar felicidad es, además, un acto político”.
Milagros comparte esta perspectiva. Su participación incluye su activismo feminista y su vida religiosa. Desde Católicas por el Derecho a Decidir trabaja con jóvenes de diversas provincias, compartiendo espacios con compañeras de distintas identidades de fe. Algunas son católicas, otras evangélicas; algunas participarán en las actividades papales como voluntarias. “No solo compartimos acciones por los derechos de las mujeres, sino también nuestra fe. Sostenemos que sin justicia sexual no hay justicia social”.
Inclusión en la fe
El lema de la llegada del Papa es “Bienvenidos todos. Vayan y anuncien”, aludiendo a la identidad cristiana de los discípulos misioneros: todos están llamados al encuentro y a proclamar el Evangelio. La palabra clave es “todos”.
Para Milagros, esa invitación debe reconocer una realidad vigente: las personas LGBT son parte de la Iglesia. “Cuando el Papa menciona que todos están invitados, creo que ya habitamos la Iglesia, ya somos parte de ella. Hay muchas personas LGBT dentro. Que algunas identidades y experiencias no sean visibilizadas o reconocidas institucionalmente es otra cuestión”.
Milagros valora, durante el papado de Francisco, gestos significativos. En 2023, el Vaticano permitió bendiciones pastorales espontáneas para parejas del mismo sexo, aunque no equivalen al sacramento del matrimonio.
Para ella, es un avance, pero no suficiente: “Quisiera poder asistir a misa con mi pareja, sin que nuestro amor sea objeto de cuestionamiento. También que ir más allá de una bendición y acceder al sacramento del matrimonio sea posible. ¿A quién lastima un amor consciente, libre y respetuoso?”.
También aspira a que el nuevo Papa pueda dialogar sobre derechos, justicia e igualdad. León XIV, al referirse a cuestiones de homosexualidad, expresó su preferencia por centrarse en temas como la justicia y la libertad. Milagros coincide, pero destaca que no pueden disociarse de los derechos sexuales y reproductivos: “No podemos hablar de justicia social sin hablar de nuestros cuerpos, identidades, deseos y libertades”.
Julián aún no decide si asistirá a las actividades en Buenos Aires o en Luján, pero será parte de ellas. “Hay una anticipación colectiva de escuchar al Papa y compartir un momento que es histórico, anhelamos un mensaje lleno de esperanza”.
No busca comparar con otros papados, pero reconoce el impacto de Francisco: “Tuvo un discurso potente que logró acercar a muchos fieles y también a quienes no se consideran parte de la Iglesia. Ahora hay esperanza, pero también demandas”.
La coincidencia entre la marcha y la visita papal se tornó en una oportunidad poco usual. “La persona que asistirá a la marcha y la que acudirá a la misa será la misma: una joven católica, feminista, creyente, que ama con libertad y defiende los derechos humanos”.
Milagros sueña con una Iglesia donde no haya que elegir entre fe y amor, donde la dignidad humana predomine. “Queda un gran camino, pero seguiremos construyendo esa Iglesia”.
Julián identifica en ambos espacios un punto común: la comunidad. En la marcha y la misa, dice, estará presente la experiencia colectiva de compartir y reconocerse. “El encuentro con los otros, preocuparse por la persona junto a nosotros, es esencial en estos tiempos”.
MI / AS
