Una entrada muy particular
Acceder al Casino de Puerto Madero es una experiencia similar a atravesar los controles de seguridad en un aeropuerto. Se encuentran dos detectores de metales, una cinta para dejar los objetos personales y un guardia que a veces pide la identificación del visitante. Aunque no siempre lo hace, cuando lo solicita, examina el documento con detalle, como si más allá de la edad considerara otros factores para permitir el acceso. Otros simplemente confían en la palabra y preguntan la edad. “Bienvenido, pero antes de pasar, pon el bolso por el escáner”, comenta uno de los guardias.
Una noche que comienza en el casino
Una vez dentro, el atractivo principal del lugar se muestra a simple vista. Alrededor de las mesas de ruleta, se congregan jóvenes que eligen iniciar su velada allí. Dependiendo de si ganan o pierden, se desplazan de una área a otra del lugar.
La organización del casino se asemeja a un sistema de jerarquías. En el primer nivel, los visitantes más comunes son jóvenes de entre 18 y 25 años. A medida que se sube de planta, la edad y las cantidades apostadas también aumentan, hasta llegar al piso superior y la sección VIP, donde las apuestas son de mayor envergadura y es habitual ver a personas reconocidas.
En una mesa de blackjack en el segundo piso está Elián, quien no desea revelar su identidad completa: “Mi papá me mataría si supiera que vengo aquí”, comenta. Empezó a visitar el casino con amigos por buscar una actividad diferente previo a salir a bailar, más que por interés en el juego. “La idea es ir al casino para la previa. Muchos de mis amigos llegan temprano y lo ven como parte del plan nocturno”, dice.
En varios relatos, el primer contacto con las apuestas se menciona con las apuestas deportivas online, al alcance de un clic. Para algunos, esa experiencia virtual ya no es suficiente y optaron por ser parte del ambiente presencial.
Algunos empezaron a visitar casinos antes de los 18 años, utilizando cuentas de familiares o accediendo a casinos sin necesidad de mostrar identificación personal, como es el caso de Ignacio, estudiante de la UBA que también trabaja en el sector gastronómico con su padre. Concuerdan en una distinción personal: es diferente apostar con compañía que hacerlo en solitario.
Lo que se arriesga al perder
“Estoy clavado, no juego más”, comenta un joven a otro, riendo para no llorar. Al preguntarles qué harán después, la respuesta suele ser la misma en diferentes casinos del AMBA: “La idea era jugar un rato antes de ir a la disco. Lo que hagamos luego depende de si ganamos”, explica uno.
Para el grupo que dice “estar clavado”, la noche se termina ahí. Han perdido el dinero destinado a las entradas y regresan a sus casas.
En el Casino de Tigre, las razones para mantener el anonimato no difieren de las de otros lugares como el Hipódromo y Puerto Madero. Temen que sus padres lo descubran, que puedan ser reconocidos ya que juegan al fútbol o actúan como influencers. Sea cual sea el motivo, ninguno quiere ser identificado completamente. La visita al casino, aunque compartida con amigos en público, guarda un aspecto privado que prefieren no revelar.
“El casino actúa como un espacio de encuentro social donde se normaliza la falta de reglas. Es irónico; la falta de normas se convierte en norma y los jóvenes se encuentran físicamente para socializar y construir su identidad. El problema central es la compulsividad del juego, que es una adicción aún tabú”, señala el sociólogo Alejandro Artopoulos.
El plan se organiza entre amigos. Dentro del grupo, se habla de apuestas sin reservas. Pero al salir del refugio que ofrece el casino, el anonimato juega un papel más relevante en la dinámica del grupo.
La evolución de la noche porteña
En el tercer piso de Tigre están las mesas de juego, con ruletas, blackjack y póker. La división generacional se observa a simple vista, al igual que las diversas maneras de jugar. Es raro que jóvenes y adultos se mezclen o intercambien palabras. Entre los jóvenes prevalece la idea de la diversión y la salida grupal; en los adultos, las apuestas toman un cariz más serio, al menos por el momento.
La noche de Buenos Aires, de a poco, ha sumado un punto de encuentro en el circuito nocturno, asociado tradicionalmente a generaciones mayores. Este cambio también se entrelaza con la pérdida de las conexiones interpersonales generada por la pandemia.
“Los jóvenes se relacionan más virtualmente y cambian las formas de buscar reconocimiento. Muchos adolescentes intentan demostrarse a través de medios digitales. El juego y las apuestas se convierten en una manera de destacarse y obtener reconocimiento en su círculo”, añade Artopoulos.
El fenómeno también está afectando la salida a discotecas. Si el casino es la previa y el resultado no es favorable, el plan posterior puede alterarse completamente. “La gente intenta ganar dinero para la noche”, dice Juan Sotelo, trabajador en un club nocturno de Palermo. “Para una salida se necesita como mínimo 80 mil pesos”, añade.
Cerca al casino, los jóvenes gastan ese dinero siguiendo la lógica típica de la noche: ofrecer un trago, comprar una botella, pagar la entrada o tener dinero para gastar despreocupadamente. Muchos no van con esa cantidad, y es aquí donde el casino surge como una opción para obtenerla.
Según los empleados de locales bailables que colaboraron con Clarín, la asistencia a los clubes no ha disminuido. Lo que se ha modificado es el consumo dentro del local, ya que una botella de una bebida de importación puede superar los 100 mil pesos, sin incluir el costo de una mesa reservada.
“En los clubes, cuando compras una botella cara, puedes elegir una frase para el cartel que llega a tu mesa y la mayoría escribe ‘Gracias al rojo’ o ‘Gracias al 7’. Algunos incluso juegan en línea dentro del club para sufragar los gastos”, menciona Sotelo.
Nicolás Ponso, ex trabajador de un club en Puerto Madero, concuerda en que no ha bajado el número de asistentes, sino la manera de consumir: “Vienen igual, aunque gastan menos. Que influye, sí. Que venga menos gente, no”.
Acceso inmediato y sus riesgos
Hoy en día, el acceso al casino y las apuestas es sencillo desde un celular. Sin embargo, eso no parece ser suficiente.
¿Cuánto se gasta en una noche de casino? “Entre 80 mil y 100 mil, no más”, estima uno de los jóvenes en el norte del AMBA. Mientras que, en Puerto Madero, las cantidades mencionadas están entre 20 mil y 30 mil. Como ellos explican, la clave está en fijar límites para continuar la salida incluso al perder.
La discusión entre los grupos no es otra que identificar en qué momento el juego deja de ser una actividad social y empieza a ser riesgosa. “Para mí, está la línea entre venir solo o venir acompañado. Cuando necesitas jugar sin lo social, estás en problemas”, dice Elián.
Desde el ámbito médico, se tiene una perspectiva diferente. “La adicción comienza cuando el juego deriva en conductas negativas, se pierde el control y surgen problemas personales, familiares o laborales. Existen personas con escasos recursos que juegan todo su sueldo o, en el caso de los jóvenes, el dinero que les entrega su familia, afectando su vida”, explica Emanuel Brunstein, especialista en adicciones.
Lo social también está en juego, ya que jugar en público introduce competencia. “Está la recompensa inmediata, disfrutada más en compañía. Sin embargo, cuando pierden, se descontrola y empieza una lucha interna de comparación”, analiza Brunstein.
El casino se ha convertido en la primera etapa de una salida nocturna cuyo desarrollo puede depender de una ruleta. Algunos cruzan la puerta con extra y siguen a la disco. Otros repiten el paso por los detectores de metales y solicitan un transporte para volver a casa.
Al día siguiente hablarán otra vez del rojo, del siete, de ganancias y pérdidas. La próxima semana, probablemente, alguno sugiera repetir la misma previa. “No vuelvo más”, comenta un joven de buzo azul al salir con dos amigos. Se miran y ríen… de la forma en que lo hacen, ninguno parece creerle.
Por Tomás Cúspide, Gabriel García, Sofía Hou y Sofía Lucena. Maestría Clarín – San Andrés.
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