Crean escuela en Misiones: padres y estudiantes aprenden juntos en un proyecto único

En medio de recuerdos vívidos de los vacíos pasillos de aeropuertos durante la pandemia, especialmente el del JFK la mañana del último vuelo a Madrid, me encontré reviviendo esos momentos. Cada uno guarda sus propias historias de aquel año. Para nosotros, el Covid nos atrapó en Nueva York, nos llevó a recorrer España, nos paró por un tiempo en Buenos Aires y finalmente nos hizo desembarcar en Posadas: la ciudad de mi nacimiento, a la cual regresaba después de veintidós largos años. Veintidós años que bastaron para cambiar mi profesión, mi estado civil, e incluso mi identidad. En ese tiempo, también la capital de la provincia se había transformado: numerosas calles de tierra pavimentadas, una avenida costanera concluida bordeando el Paraná y muchos edificios ofreciendo vistas al río.

Cada salida equipados con mascarillas y alcohol en gel me sorprendía con un nuevo bar, una tienda de vinos o un club náutico. Estos, junto al pequeño centro comercial con su escalinata mecánica, reflejaban los patrones de consumo de una generación en cambio. Sin embargo, mi regreso a Posadas tenía otro propósito: formar una familia. Volvía con un hijo de tres años, un esposo español y un embarazo.

La adaptación fue un proceso arduo. Durante el primer año, ni la ciudad ni yo estábamos listas para aceptar nuestra mutua falta de comprensión. En reuniones familiares y grupos de WhatsApp, las medidas sanitarias eran tema, pero mis experiencias de otros lugares apenas despertaban interés. Al contar nuestras vivencias, la respuesta solía ser desinteresada o simplemente:

–Sí, sí… pero lo importante es lo de aquí.

Desde la perspectiva de Posadas, los lugares en los que me había formado y trabajado se sentían tan lejanos como Narnia. Incluso yo misma, al retornar, era una versión renovada de quien se marchó a los 17 años, como si dos décadas fueran solo un paréntesis. Este regreso conlleva la necesidad de reconquistar el propio terreno, como en la Odisea, donde la historia no culmina al llegar a Ítaca, sino al reencontrar su lugar allí. ¿Cuál era ahora mi lugar en Posadas?

Un Proyecto Educativo Diferente

Participación activa. Andrés Barba, esposo de Carmen Cáceres, junto a su hijo (con camiseta azul) y un compañero, desempeñándose en tareas de carpintería en el centro educativo. Los padres son parte integral de la comunidad educativa y aceptan las diferencias entre ellos.

En mi rol como madre, trabajaba medio día mientras que por la tarde disfrutábamos del parque y las noches pasaban con escaso dormir. Fue en este ritmo cuando llegó el momento de inscribir a nuestro hijo en el jardín de 4 años, una etapa escolar temida. Las escuelas de nuestro entorno estaban bien, pero parecían demasiado apegadas a métodos tradicionales, que no se ajustaban a los retos venideros. Un día, una vecina me compartió el enlace de una institución “diferente”. Al preguntar, las reacciones eran uniformes: “demasiado alternativa”, “no se comprende lo que enseñan”, “son todos hippies”. Estos comentarios semejaban un canto de sirenas; sin dudar inscribimos al pequeño en la charla informativa de Pynandí.

Al llegar a las instalaciones en las afueras de la ciudad vimos huertas, aulas y mobiliario en madera: resultados predecibles. Sin embargo, la reunión en el bosque, con veinticinco adultos sentados en pequeñas sillas, superó nuestras expectativas. Después de las presentaciones, la coordinadora comenzó hablando sobre mitos:

–Quizás oyeron que en escuelas Waldorf los niños no aprenden el currículum oficial, que el arte y los oficios suenan bien, pero no preparan. También circula que los padres deben trabajar, haciendo que el colegio sea más un problema que una solución. Hoy vamos a empezar desmontando estos mitos.

Sin duda, en un mundo que se informa mediante videos en Instagram, las escuelas Waldorf enfrentan el desafío de explicar su propuesta. En los cuatro años desde esa primera reunión, hemos aprendido que imparten el mismo contenido oficial que los demás centros, pero aprovechando herramientas variadas más allá del escritorios y pizarras.

El “ingreso” a las aulas situadas más al fondo. El contacto con la naturaleza es un pilar de la educación alternativa.

En primer grado, controlamos la ansiedad al ver que otros niños ya leían, mientras que nuestro hijo aprendía el abecedario en rondas. Un día, desde el asiento trasero del coche, leyó en voz alta: NO TOCAR EL TIMBRE A LA SIESTA, DUEÑO MUERDE. Algo similar ocurrió con las matemáticas, cuando su abuelo le pedía repetir las tablas y él se bloqueaba, pero usando dibujos de estrellas, lograba cálculos con cifras grandes.

Otro día, viendo televisión, nos pidió lana para tejer en casa. Descubrimos que en el aula, cuando algún niño terminaba su tarea, podía recostarse a leer o tejer. Este oficio promovía su concentración. Al recibir una revista sobre la Scaloneta, su primer impulso fue copiar al Dibu, colorear un marco dorado y dibujar la tribuna. No eran dibujos lindos, pero tenían verdad. En la pedagogía Waldorf, el arte tiene un valor moral: los niños deben entender que forman parte de un mundo asombroso para querer respetarlo.

Compromiso Colectivo y Crecimiento Personal

Es evidente que estas prácticas también existen en otras pedagogías. La diferencia es que aquí conforman una ética que protege el desarrollo integral del niño contra la modernidad. Desde fuera, podría parecer un secreto, y por eso la introducción empezó así. Primero, deben convencer a las familias, ya que el esfuerzo pierde sentido si los niños no ven el aula y casa como un continuo. En estos cuatro años, hemos profundizado en la antroposofía y participado en actividades conjuntas como la poda de árboles y ferias benéficas.

No era obligatorio asistir, nadie tomaba lista, lo cual al inicio nos confundió. Rompía con la lógica de seguir las reglas y compararse. Sin embargo, asesinábamos un tiempo de ocio, y aún nos demandaba justificar a nuestro entorno el porqué, si ya pagábamos una cuota, debíamos trabajar ¡en la escuela, un sábado!

Comprometerse bajo una lógica distinta cuesta explicar. La mayoría éramos clase media, y para sacrificar un día de descanso teníamos que renunciar a nuestra escasa libertad. Este dar, genera otro recibir, quizás se ilustra mejor con un ejemplo: se puede contratar a alguien para cortar el césped, pero no se puede pagar para que tu hijo, viendo como cassette el césped junto a otros padres, pida una pala y meses después te cuente con entusiasmo que están por cosechar lo que juntos sembraron.

A pesar de la intensidad, el camino no fue sencillo. Con el tiempo surgieron tensiones, críticas y cansancio respecto a cómo se gestionaba. Un momento crítico fue al construir un aula desde cero. Tras diez años, el colegio actualizaba instalaciones según un diseño alemán. La estructura consistía en cabañas conectadas por corredores aún sin techo.

Construir en Misiones no es Stuttgart, y más en enero. Las familias buscamos donaciones, vendimos pasteles para recaudar fondos que se dispersaban con la inflación. No llegábamos a acuerdos, medíamos quién hacía menos y sentíamos rencor; quienes hacían más, los veíamos como invasores. En esas circunstancias, abandonar no era una opción. Así que, cada sábado, cruzábamos la silla con termos de hielo y marzo pisándonos los talones.

Los chicos correteaban, nos ayudaban a lijar maderas, y barnizando zócalos, las tensiones del grupo se aliviaban cara a cara. En esta dinámica en comunidad, aprendí a relativizar la importancia de mis sentimientos.

Era todo lo opuesto a los aeropuertos vacíos durante la pandemia: el colegio no era un lugar neutral del que podíamos marcharnos con una opinión clara. Incluso al sentirme con razón, las jornadas me dejaban con esa incomodidad que los algoritmos actuales buscan evitar. Pero, ¿cómo más enseñar a un hijo que para construir algo, uno debe unirse a otros incluso con opiniones distintas? ¿Cómo darle a conocer que “sálvese quien pueda” no es inevitable, ni inteligente?

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“Debes alcanzar la seguridad que te permita volverte un ingenuo”, decía Heinrich Böll. En un mundo que valora el cinismo como muestra de inteligencia, el ingenuo tiene algo particular: cree. Odiseo nunca habría retornado a Ítaca sin la ingenuidad de intuir que, pese a las adversidades, el viaje tenía significado.

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