La llegada de la nave espacial: cómo los astronautas regulan el sueño en el espacio y los retos en la misión a Marte

Algunas veces, la exploración del cosmos se presenta como un acertijo ya resuelto. Las rutas están delineadas con una exactitud extraordinaria, y las complejidades de la mecánica orbital se manejan con una habilidad matemática notable. Naves como la cápsula Orión de la misión Artemis II son capaces de desplazarse a velocidades cercanas al límite necesario para liberarse de la atracción terrestre, utilizando maniobras tan ingeniosas como la “trayectoria de retorno libre”. Esta permite que la Luna sirva como un pivote gravitacional, regresando la nave sin el uso de motores.

No obstante, más allá de este aparente logro técnico, se encuentra un límite aún más complicado de cruzar: el del cuerpo humano.

Desde una perspectiva de ingeniería, la misión Orión, parte del programa Artemis, se considera una auténtica proeza.

El aterrizaje de la cápsula se espera que comience este viernes a las 20:53 (hora de Argentina), con el toque final en el océano Pacífico, próximo a San Diego, Estados Unidos, previsto para las 21:07.

La nave puede desplazarse a casi 40,000 km/h, suficiente para escapar de la gravedad terrestre y entrar en el sistema Tierra-Luna.

Incluso en situaciones de emergencia, la nave está diseñada para retornar: la atracción lunar la redirecciona de vuelta a nuestro planeta en un retorno gravitacional similar a un “búmeran” cósmico.

Aunque la física orbital nos brinda soluciones prácticas, la biología humana sigue siendo una frontera llena de incógnitas.

El desafío del ciclo circadiano fuera de la Tierra

En las profundidades del espacio, el concepto de día y noche desaparece. No hay señales naturales que indiquen cuándo descansar, cuándo estar alerta o cuándo sus funciones biológicas deben cambiar. Sin embargo, el cuerpo humano está intrínsecamente ligado a este ritmo, conocido como ciclo circadiano.

La impresionante nave Orión: más que una máquina, un reciclaje tripulado parcial.

Simulación del día en el espacio

Dentro de Orión, el Sistema de Iluminación de la Cabina se encarga de crear un entorno artificial esencial para los ritmos biológicos. La nave articula el ciclo diario a través de un sofisticado sistema de luces que ajusta su tonalidad e intensidad durante el “día”. En la “mañana”, las luces son brillantes y azuladas, ayudando a suprimir la melatonina y estimulando el cuerpo.

A medida que “avanza el día”, la iluminación se transforma en tonos más cálidos y suaves, permitiendo una “noche” donde las condiciones invitan al sueño.

Además, se mantiene un estricto cronograma de actividades, control de la temperatura en la nave y, si es necesario, se utilizan medicamentos para mantener el ritmo biológico. Estos métodos engañan al cerebro para que conserve un ciclo estable, algo que sería caótico sin referencias naturales.

La misión a Marte y sus desafíos biológicos

Sin embargo, este sistema no es infalible. Al regresar, los astronautas generalmente enfrentan alteraciones del sueño que pueden durar semanas. Incluso en la Estación Espacial Internacional, donde el Sol sale y se pone 16 veces al día debido a la órbita, la tripulación debe ignorar las vistas desde las ventanas. Simplemente, el cuerpo humano no está preparado para tal escenario.

Las condiciones de descanso en microgravedad.

Lo que parece una complicación menor se convierte en un problema grave en misiones prolongadas. Desde un punto de vista tecnológico, un viaje a Marte ya es factible. La NASA maneja las trayectorias, el combustible, los sistemas de soporte vital y la mecánica orbital con precisión magistral.

El verdadero desafío no es el vehículo, sino asegurar que los humanos sobrevivan el trayecto.

Retos evolutivos en misiones prolongadas

Una travesía hacia Marte requeriría más de tres años. Meses de viaje en microgravedad, una prolongada estadía en Marte —donde la gravedad es solo el 38% de la terrestre— y el regreso. Durante este tiempo, el cuerpo humano sufre ajustes drásticos.

La falta de gravedad hace que los huesos pierdan densidad rápidamente. Los músculos, incluido el corazón, se debilitan ya que no luchan contra la gravedad. Los fluidos corporales se redistribuyen hacia la cabeza, causando efectos en la vista, y el sistema inmune puede reaccionar negativamente, reactivando virus inactivos. Asimismo, el aislamiento y la lejanía de la Tierra tienen un impacto psicológico notable.

El ejercicio es una parte de la rutina normal de los astronautas para reducir algunos de estos efectos, pero no ofrece una solución absoluta. El problema es más profundo y estructural.

Esencialmente, el problema es de carácter evolutivo. El cuerpo humano es producto de millones de años de adaptación a un entorno específico: la gravedad del planeta. Cada sistema fisiológico está optimizado para ese ambiente. Al cambiarlo, no es que el cuerpo falle, sino que continúa operando de acuerdo a un diseño ya no adecuado para el nuevo ambiente.

Innovaciones biológicas para la exploración espacial

Por eso, mientras que la tecnología nos lleva cada vez más lejos, los límites biológicos siguen sin estar definidos. Se investigan soluciones, como crear gravedad artificial mediante rotación, usar trajes que simulen gravedad o tratamientos farmacológicos para frenar la pérdida ósea. Sin embargo, ninguna solución aborda todos estos problemas simultáneamente.

La paradoja es clara. Podemos prever con exactitud el trayecto de una nave, cómo la gravedad lunar la desviará en el momento preciso y cómo reingresará a la atmósfera terrestre de manera segura. Pero no podemos asegurar la resistencia del cuerpo humano para este tipo de viaje sin secuelas.

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La exploración del espacio es, entonces, no solo un desafío ingenieril, sino principalmente un problema biológico. Y mientras las ecuaciones para las trayectorias están resueltas con precisión, las que gobiernan la fisiología humana en el cosmos siguen abiertas.

Orión puede completar su viaje de ida y vuelta. La verdadera incógnita es cómo retornarán aquellos que lo habitan.

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