En un rincón de la estancia, un maniquí desprovisto espera el saco del principal personaje de esta historia, Miguel Villarroel Miguez. El padre y sastre. El hombre que inculcó en sus diez hijos el amor por un oficio que alguna vez vivió tiempos gloriosos y que ahora parece destinado a ser olvidado.
Todos saben coser, incluso Ivana, Alejandro y Luis, quienes no se dedican a la sastrería; sin embargo, siete de ellos optaron por hacer de la costura su senda de vida. Lo que comenzó como una necesidad, se transformó en herencia y en el medio de sustento para las Villarroel.
Marlene Villarroel (54) abre la puerta de su hogar en Villa Tesei, en el partido de Hurlingham, para recibir a Clarín. Dentro, esperan su madre, Margarita Gutiérrez (76), y seis de sus hermanas. Todas están reunidas, impecablemente vestidas, luciendo chalecos y camisas que confeccionaron con sus propias manos.
“A los 12 años, recibí mi primer dedal. Nos lo ataban al dedo y pasábamos todo el día con él puesto. Me decían que no me lo quitara, ni para comer”, rememora Eva Villarroel (50). El relato se repite de manera casi idéntica en cada una de las siete hermanas. Crecieron rodeadas de hilos, costuras, dobleces y ojales. Con el constante sonido de la máquina de coser y la infinita paciencia de sus manos.
La familia Villarroel vivía en Potosí, Bolivia. En 1979, tuvieron que trasladarse de urgencia a Argentina por un año. Miguel padecía acromegalia, un raro trastorno hormonal originado por el exceso de una hormona de crecimiento, y en Bolivia no existía tratamiento.
Dejaron su hogar impecable. Muebles, electrodomésticos, todo quedó en su sitio. Los niños abandonaron sus juguetes sin mirar atrás, con apenas una maleta, pensando que regresarían pronto.
Miguel fue atendido en el Hospital de Clínicas, donde lograron estabilizar su enfermedad. Sin embargo, los médicos pronosticaron: “Si vuelven a Bolivia, él no sobrevivirá”.
Frente a la incertidumbre de comenzar de nuevo en un país desconocido, Miguel ignoraba por completo el mundo de las telas y las agujas. Era un minero con manos grandes y ásperas, marcadas por el trabajo arduo.
En Argentina, consiguió empleo como albañil y con sus habilidades, construyó casas para cada una de sus hijas. Pero nunca le gustó. Su verdadero anhelo era ser sastre.
Un cambio de rumbo: del subsuelo a los tejidos
A los 40 años, comenzó desarmando pantalones para las festividades. “¿Cómo piensas aprender con esas manos que tienes?”, le decía su cuñado. Pero no lo detuvo; poseía un don para observar, era minucioso y detallista.
Su gran mentor fue el italiano Elio D’ Alessio, quien le exhibió el arte de trabajar con chalecos, sacos y pantalones.
“Con manos de minero, tuvo que recortar el dedal y usar masilla para poder ajustarlo a su dedo gigante”, comparte Susana, quien hoy se dedica a la sastrería, trabajando para importantes clientes.
“Una vez adquirida la destreza, no solo se quedó con Elio, sino que laboró con varios sastres. Le enviaban las piezas cortadas y él las ensamblaba de principio a fin. Tenía entre cinco o seis prendas semanales y siempre estaba cosiendo. Su labor era artesanal”, recuerda María (46), una de las más jóvenes.
Las hermanas mayores, Norma (58), Susana (56) y Marlene (54), fueron las primeras en asistir a su progenitor. Desde los 12 años viajaban a la Capital para colaborar con el sastre italiano, ayudando en el hogar. Norma empezó elaborando ojales y Elio le pagaba 36 australes mensuales.
“Somos una familia de diez hermanos y, cada fin de semana, compraba frutas y facturas para todos. Nunca lo olvidaremos”, añade Norma. Miguel falleció el 3 de diciembre de 2018.
“La mayoría de lo que sabemos es gracias a Elio D’Alessio. Aprendimos la delicadeza de la sastrería, las terminaciones a mano, ojales, cuellos. Mientras papá instruía, nosotras también debíamos contribuir”, explica Susana.
Las hermanas menores, Eva (50), Luisa (44), María (46) y Tamara (40), pasaban los fines de semana en la máquina de coser. Comenzaron a los 12 o 13 años. Miguel quería que adquirieran este conocimiento desde jóvenes, algo que él no tuvo la oportunidad de hacer. Más tarde, comenzaron a trabajar con él, quien les remuneraba por su labor.
“Montamos una pequeña empresa, con tres máquinas para trabajar con tiendas. Nos fue bien una temporada, pero luego disminuyó considerablemente”, menciona María, quien también fundó un taller en casa junto a su esposo.
Las hijas no solían quedarse con lo que su padre les asignaba. “Nos entregaba $ 100.000 y yo le devolvía $ 90.000, me quedaba solo con $ 10.000 para mis cosas personales. Era una costumbre propia”, dice Eva. Ejercían este acto para entender el valor del trabajo familiar.
“A los 12 años me enseñó a coser. Me tenía sentada el domingo, hasta que me cansé y lancé el pantalón”, bromea Luisa. Horas después, el arrebato pasó y volvió a la tarea. Hoy es modelista y fabrica su vestuario, habiendo trabajado para marcas como Complot o Awada. Incluso, Susana lleva una camisa celeste que fue obra suya.
No todas abrazaron la profesión desde el inicio. “Al principio me costó, veía a mis hermanas y pensaba que eso no era para mí. Quería ser médica o odontóloga”, confiesa Tamara, la menor. Con el tiempo, entendió que estaba huyendo de su verdadera pasión.
“Desde los seis años jugaba con agujas, imitando a mi padre, cosiendo ropa para muñecas”, recuerda. Estudió diseño y hoy lidera la producción de Altatex, una empresa con 1.500 empleados, manejando la sastrería fina.
Eva se etiqueta como la oveja negra de la familia. “Recientemente descubrí el amor por este oficio”, confiesa. Trabajó por años como repositora. “A los 12 me amarran mi primer dedal, cosía entre 30 a 60 cuellos”, rememora. Miguel se impacientaba con ella: “Me decía que en el futuro me alimentaría, debía aprender”.
Su padre no alcanzó a verla reconciliarse con la costura. “Ahora disfruto hacerlo. Das vida a lo que sabes, y el tiempo me ayudó a apreciar este trabajo, porque mi padre tenía razón y ahora vivo de esto. Los recuerdos perduran, y agradezco que papá me encaminó”, declara Eva, actualmente empleada en Haeder.
Un lugar que aprecia que un saco o pantalón pueda estar lleno de historias. Transforman una prenda, ya sea sentimental o no, para darle un nuevo uso, sin alterarla ni perder su esencia original.
El vínculo roto con las nuevas generaciones
Las hermanas hacen una pausa para las fotografías. Marlene enseña el taller que levantó junto a su socio, dos plantas rebosantes de prendas. Muestra sus diseños, chalecos con forro entre ellos. Susana, mientras tanto, enseña la camisa hecha por Luisa, una prenda que podría medirse con las de grandes marcas.
Las Villarroel cuentan con 18 nietos y 11 bisnietos, pero ninguno ha continuado en el camino que forjaron sus madres y abuelo. “Para ejercer este oficio, uno debe sentir verdadero amor por él, ya que por necesidad no se logra. A mí me encanta remendar ropa”, afirma Susana, quien también enfrentó un tiempo de rechazo.
Hoy en día, logra ingresos considerables reparando vestimenta para personalidades, aunque en otro momento vendió sus máquinas, al no considerarlo rentable.
Coinciden en que sin pasión, el progreso es casi un imposible. El sector es pequeño y a menudo carece de nuevas generaciones interesadas. “Hoy prácticamente no hay interesados”, dice Eva.
“Se requiere de habilidad, y no es fácil ingresar. En mi vocabulario, la frase ‘no sé hacerlo’ no existe”, subraya Susana.
Aceptan que sus hijos crecieron bajo un entorno diferente. “Nosotras lo aprendimos por necesidad, pero hemos llegado a amar este oficio. Nuestros hijos no heredaron esa tradición”, explican. Muchas creen que la sastrería se dirige hacia su desaparición.
Insisten en que se valore la experiencia. “La mano de obra y la confección de calidad no son apreciadas. Todo gira en torno a la cantidad sobre la calidad. Esto es una pasión, una obra artesanal”, detalla María.
Marlene comenta que esta temporada la producción fue escasa. “No se valora. Prefieren comprar en tiendas de bajo coste, sin apreciar que tras unos lavados se deteriora”, se lamenta.
Y añade: “Cuando creas algo, debes amarlo, disfrutarlo”. Sólo así surgen prendas con detalles, alma y calidad. Las hermanas Villarroel comparten ese amor, a pesar de que Miguel ya no esté para guiarlas. “Papá quería que tuviéramos una profesión”, repiten todas. Y lo logró, con cada una de ellas.
MG
