Es hora de que los adultos retomen la responsabilidad y dejen de perder el foco

Por Alejandro Castro Santander *

Un evento que impacta y conmociona

La noticia sacudió nuestra rutina diaria al revelarse lo ocurrido en la Escuela Normal N° 40 Mariano Moreno de San Cristóbal, Santa Fe. La violencia extrema entró a esta institución educativa cuando, durante la ceremonia del izado de la bandera, un joven ingresó armado, disparó y cobró la vida de un compañero más joven, además de herir a varios estudiantes. Lo alarmante no es solo la brutalidad del acto, sino los factores desconcertantes alrededor del mismo: el tirador, un joven descrito por su entorno como una persona “buena”, sin antecedentes de comportamiento conflictivo, y la elección aparentemente aleatoria de su objetivo. No buscaba resolver ninguna disputa personal; su propósito, sumido en un estado de confusión mortal, era continuar su ataque.

Reflexionando sobre las raíces sociales

Ante el asombro y el horror, la reacción inicial suele ser solicitar más medidas de seguridad, como detectores de metales o mayor presencia policial en las entradas. Sin embargo, limitar esta problemática compleja a una falla en el control físico es un error grave. Para entender cómo un adolescente decide que el patio de su escuela es el lugar donde usar un arma, debemos mirar profundamente en nuestro reflejo como sociedad. La violencia en las aulas no aparece súbitamente ni por casualidad; es una conducta aprendida.

Niños y adolescentes reflejan el mundo que los adultos construimos. Esa agresividad extrema es una consecuencia de la violencia diaria que se vive en el ámbito adulto: en las familias, las instituciones, las calles y el antagonismo del debate público. La hostilidad ha sido normalizada como la manera predominante de interactuar, la agresión como una forma válida de imponer ideas y la insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno predomina. Seguimos siendo profundamente negligentes en el desarrollo personal, ético y social de las nuevas generaciones. Les pedimos paz y diálogo en la escuela mientras se les ofrece un medio social tenso, dividido y sin modelos saludables para resolver conflictos o frustraciones.

En estos tiempos hiperconectados, existe una desconexión afectiva más grande que nunca; estamos, en muchos casos, profundamente desconectados de los demás. Cuando el tejido social se quiebra y los adultos abandona su papel fundamental de guía y contención, el compañero ya no es visto como un “Tú” digno y humano, sino como un objeto o un blanco. Esa cosificación, nacida del individualismo extremo y la falta de una mirada que abrace al otro en su vulnerabilidad, permite que alguien dispare contra otro sin que la empatía o la culpa sirvan de freno moral preventivo.

En este escenario devastador, surge la pregunta del “día después”: ¿cómo se repara la convivencia en una comunidad educativa herida por el trauma y el miedo? La solución requiere un trabajo profundo, artesanal, colaborativo y sostenido de prevención desde un enfoque de provención. En lugar de reaccionar solo cuando la crisis es inevitable, es esencial equipar a nuestros estudiantes, desde una edad temprana, con actitudes, herramientas emocionales y estructuras institucionales para abordar conflictos constructivamente, evitando que se conviertan en violencia destructiva.

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Sanar el ambiente escolar en San Cristóbal, y evitar que tragedias similares se repitan, requerirá reconstruir pacientemente cimientos de confianza que se han roto. Es urgente retomar la autoridad protectora de la familia y la escuela. Se necesita fortalecer equipos interdisciplinarios, tutorías y espacios de escucha activa para detectar a tiempo los silencios, el aislamiento y la desesperación en los jóvenes. La convivencia pacífica no es la mera ausencia de agresiones; es un compromiso activo y diario. El doloroso eco de los disparos nos recuerda con fuerza: para que nuestras escuelas sigan siendo verdaderos refugios de vida y oportunidades, los adultos debemos dejar de estar distraídos y asumir nuevamente nuestras responsabilidades.

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* Director Observatorio de la Convivencia Escolar (Centro de Investigaciones Cuyo-CONICET)

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