Una Presencia Inusual en La Playa de La Brava
En busca de emociones o tendencias veraniegas en Punta del Este, la sorpresiva aparición de una vendedora mayor capturó la atención de quienes transitaban por las doradas arenas de La Brava, cerca del emblemático balneario Los Dedos. Su impecable vestimenta llamó la atención de todos, seguida por su melodioso anuncio: “Empanadas de masa madre, empanadas…”. María avanza, se detiene y repite su proceso hasta agotar su mercancía.
María Migueles: Un Icono Playero
María Migueles, a sus 81 años, afirma con orgullo: “Llevo recorriendo estas playas desde hace tres décadas, siendo las mejores de Punta del Este”. Aprecia a su fiel clientela, quienes le permiten subsistir día a día. “No soy alguien que busque atención mediática, soy reservada”, expresa incansable mientras vende empanadas artesanales, elaboradas con masa madre, entre las olas y sombrillas.
El Día a Día de una Vendedora Inigualable
Físicamente imponente, con un carácter firme, María no pasa desapercibida. “Es imposible ignorarla; su oferta es incuestionable”, declara Nina, una clienta regular de San Carlos, mientras compra empanadas a 400 pesos uruguayos (alrededor de 9 dólares). María, vestida totalmente de blanco, porta un delantal almidonado, una gorra a juego y unas gafas oscuras. “María es una institución, un ejemplo de trabajo duro”, aseguran sus vecinos.
Una Vida de Trabajo y Dedicación
María, con cierta reticencia, permite la compañía del reportero mientras continúa su jornada. “Llego a las 11 de la mañana y me retiro a las tres de la tarde, con una breve pausa en mitad del día. Recorro unos 5 o 6 kilómetros, siempre entre Los Dedos y el parador Papá Charlie. Aunque a veces el trayecto me agota, no me quejo; el esfuerzo es gratificante porque tengo clientes que me esperan”, asegura María, determinada a completar su ruta.
El paisaje de las costas uruguayas no estaría completo sin la presencia de María Migueles, una mujer cuyo pasado y presente están tan entrelazados como la red de relaciones que ha forjado en la comunidad. “Vivo sola con mis perros y mi gata Kitty, por decisión propia”, confiesa María, que reside en una modesta casa en Cerro Pelado.
Más allá de la juventud, María encontró su pasión por la pastelería. A los 50 años, comenzó a crear dulzuras tras enfrentar un revés personal que la dejó sin hogar. “A pesar de mantener un perfil reservado, siempre ha sido trabajadora”, rememora Luis, recepcionista del Hotel San Rafael. Hoy, María se desliza con cautela hacia el parador, acelerando al ver a sus clientes esperándola bajo diversas sombrillas.
Cuando finalmente llega, María se muestra jovial con sus compradores, aunque guarda pocas palabras para su vida personal. “Mis hijos crecieron viendo a María en su puesto, que es casi como una boutique”, dice Rolando Rozenblum. La dedicación de María no se detiene ni en invierno, cuando las costas del puerto son más duras.
Bajo el sol del mediodía, el debate sobre el trabajo de María surgió inesperadamente entre los bañistas. “¿No debería estar descansando?”, planteó Isabel al observar el esfuerzo de la anciana. Aunque la discusión fue respetuosa, afloraron diversas opiniones sobre la vida laboral de María.
Mientras María culmina su jornada, las voces que la rodean reflejan admiración. “Es un ejemplo de dedicación”, dice Samuel. “María es una figura emblemática de La Brava”, añade Arturo. Aunque mantiene su independencia, María comparte pocas palabras sobre las razones detrás de su arduo trabajo: “Amo lo que hago y lo necesito”, responde antes de retomar su marcha, pidiendo espacio para continuar vendiendo sus famosas empanadas.
