Historias personales: mi pasión por el cine de terror y zombies me hizo sentir comprendido

La etapa de la adolescencia no fue sencilla para mí. Aunque no enfrenté problemas mayores, había una sensación de inquietud en comparación con la felicidad que experimenté durante mi niñez. Fui cobijado por una familia amorosa en un barrio agradable de Capital, y no tuve dificultades académicas ni padecí acoso escolar, afortunadamente. Sin embargo, esa etapa joven estuvo acompañada de un sentimiento de insatisfacción.

La transición a la secundaria

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En 1998, al ingresar a la E.M.E.M. N°1 “Rodolfo Walsh” en Villa Pueyrredón, especializada en Comunicaciones, sentí que había perdido la confianza adquirida en la “Irlanda”, la escuela primaria de Villa Urquiza. Mientras allí me desenvovía magníficamente, en la secundaria, socializar fue un desafío, especialmente durante los dos primeros años, a pesar de que nunca había tenido problemas para hacerlo antes.

El complicado proceso de hacer amistades

Al principio, no conseguí conectar con mis compañeros, aunque me llevaba bien con algunos. Fue recién en el cuarto año, tras la fusión de las divisiones del turno mañana, que logré establecer lazos más profundos con aquellos con los que compartía actividades en gimnasia. Ahora, todavía nos vemos, incluidos un par de amigas. Pero entonces, nuestras interacciones eran meramente escolares y del barrio donde jugábamos al fútbol.

Autodescubrimiento a través del cine

Durante esa época, aunque la escuela tenía su encanto, mis intereses se centraban en las letras más que en los números. Desde el principio, los libros, la música, la televisión y principalmente el cine eran mi refugio personal. Mientras mis compañeros se divertían con fiestas y música popular, yo me sumergía en el mundo de los cómics, las novelas de Stephen King, el heavy metal, y claro, las películas, con una especial fascinación por el horror, la ciencia ficción, y los géneros más extremos.

Recuerdo cómo “La Cosa”, una revista de cine fantástico, se convirtió en una revelación inspiradora para mí. Descubrí joyas ocultas del cine que me hicieron sentir parte de un club especial, como si aquellas películas menospreciadas fueran un trofeo reservado para quienes buscaban algo distinto.

La conexión con el cine independiente

En 1997, conocí la obra de jóvenes cineastas de Haedo que filmaron “Plaga Zombie”, la pionera en el género en Argentina. Con un modesto presupuesto, su trabajo me impactó, lo que intensificó mi admiración por aquellos que caminaban por la senda del cine independiente. Esto me dejó una semilla de inspiración que germinó al culminar mi último año de secundaria.

Enfocados en comunicaciones, dedicamos un trabajo práctico a la creación de un producto cultural bajo la guía de María Laura Magariños, nuestra profesora. Elegí filmar cortometrajes junto a mis amigos más cercanos, llevándonos a producir “Picadita del Terror” y planear un festival que incluyera una película más, con la visionaria idea de quizás invitar a los productores de “Plaga Zombie”.

Con el apoyo de Magariños, contacté a Farsa Producciones, y para mi asombro, recibí una respuesta positiva. Pablo Parés, uno de los directores, vino al colegio, trayendo consigo una copia de “Zona Mutante”, la secuela que ansiaba conocer. Presentar esta película y ver la reacción de mis compañeros, aunque no compartieran mi pasión, me dio claridad sobre mi futuro.

Ese día, reunido con mis compañeros alrededor de una cinta inspiradora, supe que el cine sería parte fundamental de mi vida. Comprendí que el arte del terror y los zombies son un lenguaje en el que encontré comprensión y un sentido de pertenencia distintivo.

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