Introducción a la Crucifixión
En el relato del Evangelio según Lucas, se menciona el momento en que Jesús fue llevado al lugar llamado “Calvario” y fue crucificado junto a dos criminales más, uno a cada lado. Esta escueta descripción refleja la familiaridad y frecuencia con que los romanos aplicaban este castigo, que no necesitaba ser explicado en ese contexto histórico.
El Febril Suplicio Previo
Antes de la crucifixión de Jesús, ordenada por el prefecto romano Poncio Pilato, se llevó a cabo un doloroso castigo: la flagelación. Los soldados romanos utilizaban un instrumento llamado flagrum para azotar al condenado. Este instrumento consistía en un mango con varias tiras de cuero, frecuentemente equipadas con bolas de plomo o fragmentos de hueso en los extremos, infligiendo heridas profundas que desgarraban la piel y el músculo subyacente.
Dicho flagrum no solo infligía un dolor intenso con cada latigazo, sino también causaba sangrado. A pesar de la antigua ley judía, citada en Deuteronomio 25, que regulaba los azotes a un máximo de 40 para evitar daños excesivos, los romanos no respetaban esta norma. Limitaban el castigo solo para asegurar que el condenado llegara vivo a la cruz, prolongando su agonía para que todos la presenciaran.
La Corona de Espinas
Además de la flagelación, a Jesús le colocaron una dolorosa corona de espinas. Esta práctica era mucho más cruel de lo que se podría suponer. La piel de la cabeza, llena de vasos sanguíneos y nervios, es extremadamente sensible. Para que la corona se mantuviera en su lugar, tenía que estar profundamente hincada en el cuero cabelludo, lo que causaba un sangrado intenso debido a la abundancia de vasos sanguíneos que hay en esa zona.
Las terminaciones nerviosas en la cabeza, particularmente del nervio trigémino, transmiten el dolor de manera intensa. Este nervio es conocido por la agudeza de dolores como el de muelas o el de oído. Además, la parte posterior del cuero cabelludo está inervada por el nervio occipital, que también es extremadamente sensible al dolor.
El Calvario Final
Después de estos tormentos, Jesús fue llevado para ser crucificado. Extendieron sus brazos sobre el patíbulo, la barra horizontal de la cruz, y clavaron sus muñecas al madero. Los clavos atravesaban los huesos de las muñecas para sostener su peso, ya que la palma de las manos no hubiera podido. A continuación, sus pies fueron clavados al poste vertical de la cruz con un solo clavo que atravesaba ambos. Las rodillas de Jesús quedaban ligeramente dobladas, permitiéndole levantar su cuerpo en exhalaciones, prolongando su suplicio.
Consecuencias Fisiológicas de la Tortura
El extremo dolor provocaba una disminución de la presión arterial reflejada neurológicamente. A esto se sumaban las hemorragias causadas por las heridas anteriores y la corona de espinas. Esta pérdida de sangre era compensada parcialmente por la taquicardia. La concatenación de estos efectos generaba un estado conocido como “shock hemorrágico”, que reducía el aporte de oxígeno a órganos vitales como el cerebro y el corazón, también se observaba un “shock neurogénico” derivado de la dilatación de las arterias por el dolor.
El deterioro circulatorio llevaba a una insuficiencia renal aguda y a una acumulación de toxinas en la sangre. Las alteraciones neurológicas causaban mareos y fatiga extrema. La dificultad para respirar aumentaba, obligando a Jesús a erguirse sobre los clavos de sus pies para inhalar. La frecuencia respiratoria subía enormemente en un intento por compensar la falta de aire y el deficiente flujo sanguíneo, desembocando en una “acidosis metabólica” marcada por un elevado nivel de ácido en la sangre.
Finalmente, Jesús sucumbió a un colapso cardiorrespiratorio. La escasez de oxígeno y la toxicidad sanguínea llevaban a su organismo a un estado irreversible, culminando con la muerte por asfixia en la tarde de un viernes, hace más de dos mil años, en Jerusalén.
