“¿Y la mamá judía no tiene problema con que salgas con alguien que no es judío?” Así fue como comencé nuestra segunda cita con quien ahora es mi pareja. Era consciente de que estaba tocando un tema delicado, tirando de un hilo que podía no ser muy largo. Si en ese momento me hubieran dicho que tres años después estaríamos comprometidos, habría pensado que era una broma.
La Decisión de Enfrentar el Miedo
Optamos por seguir adelante con una relación que, aunque nos asustaba admitirlo, estaba tomando un rumbo serio. Era evidente que habíamos iniciado un camino que iba más allá de nuestra voluntad.
Hubo momentos en los que pensé en terminar la relación debido a las dificultades que podrían surgir. Sabía que era posible, pero no estaba segura de si estábamos listos para enfrentar todo lo que implicaba, incluyendo a nuestras familias y las concesiones que cada uno tendría que hacer.
Sin embargo, ¿cómo podría dejar a Ariel? Lo nuestro fluía sin esfuerzo. Era una situación que podría parecer complicada en teoría, pero para mí no lo era. No si se trataba de él.
Raíces y Tradiciones Contrastantes
Desde niña, siempre me atrajo lo diferente, me encantaba descubrir cosas nuevas. Mi interés a menudo causaba bochorno a mi madre, especialmente cuando mis preguntas incómodas podían evadirse o llevar a respuestas extensas y complejas.
Crecí en un hogar católico. Mi madre, con inclinaciones artísticas, también había estudiado teología y tenía opiniones muy definidas sobre lo correcto e incorrecto. La casa estaba llena de libros sobre religión y filosofía, y la presencia de imágenes religiosas era notable, especialmente en el altar que mi abuela insistía en colocar en la cocina.
La formación en casa siempre implicó referirse a los judíos como nuestros “hermanos mayores en la fe”. Mi madre creció en una comunidad con fuerte presencia judía, y ayudaban a vecinos judíos durante el sabbat. Aunque respetábamos lo ajeno, manteníamos cierto distanciamiento.
Había una clara distinción entre “nosotros” y “ellos”. Nos identificábamos como católicos, mientras que los otros eran vistos como distintos. Esta dicotomía siempre estuvo presente en mis primeros años, y aún soy practicante. Llama la atención que, a mis treinta y pocos, esté proyectando un futuro con un prometido judío. Sin embargo, mi adolescencia transcurrió entre grupos católicos nacionalistas de derecha.
Siempre fue una paradoja por qué, en un hogar sin rechazo radical hacia otras tradiciones, me encontré en ambientes que promovían una visión poco caritativa. Este camino me llevó a personas que alababan acciones como las Cruzadas y a fanáticos de guerras pasadas.
Siento que desarrollamos una carencia de curiosidad hacia los demás. Aquellos que no se mezclan con los diferentes guardan una distancia constante. Pero aprender a ser distinto te enseña que las diferencias no son tan grandes. En mi caso, para mis amigos católicos, era demasiado moderna; para los que no practicaban la religión, era considerada rara.
Navegando en Dos Mundos
Afortunadamente, mi familia siempre me enseñó a tratar a todos por igual. Mi padre me inculcó la importancia de relacionarme con todos para desenvolverse en el mundo. Esto me llevó a estudiar en un colegio laico y luego en la universidad pública, donde conocí a personas de todos los orígenes y creencias.
Pero mi contacto más cercano con alguien de la comunidad judía fue con mi pareja actual. Esto generó una gran pregunta: ¿cómo sería aceptada en su círculo íntimo?
Esperaba ser nuevamente la diferente, algo que no me molestaba. Sin embargo, me sorprendió encontrar un mundo no tan distinto al mío. El grupo cercano de Ariel procedía de actividades familiares que se replican en la sociedad. Me siento cómoda y bienvenida en su círculo.
El temor más grande era la reacción de la familia, pero fui recibida con cariño y aceptación. Mis futuros suegros son personas maravillosas que, a pesar de los cambios en sus expectativas, me hacen sentir bienvenida.
Desde que empezamos a salir, me di cuenta de que todos tenemos prejuicios internos, similares a descubrir el machismo sistemático: pequeños gestos ocultos se manifiestan de repente.
No me refiero solo al antisemitismo extremo, sino a los comentarios ocasionales y chistes inapropiados que encontramos en los medios y en el día a día. Muchas personas muestran respeto cuando hablo de mi relación, aunque los matrimonios mixtos a menudo reciben escepticismo.
El principal problema es la falta de un vientre judío, algo que me causa culpa. Si algún día tenemos hijos, no serían considerados judíos según su tradición. Esta preocupación estuvo cerca de hacerme desistir de la relación, pero es algo que debemos afrontar.
Entiendo que la búsqueda de la verdad trae incomodidades, y que lo importante es mantener un diálogo honesto y abierto sin perder nuestra identidad. Ambos sabemos qué esperar y qué podemos ofrecer. La relación funciona.
Para algunos, mi pareja tiene una “condición”; para otros, es más de lo mismo. No muchos comprenden cómo podemos estar unidos siendo tan diferentes.
Recuerdo cuando un amigo católico me advirtió de las dificultades de estar con alguien de otra fe. Sin embargo, todas las parejas enfrentan diferencias, y eso es parte de la vida compartida.
En cuanto a mi familia, lamento que mi madre no esté aquí. Aunque hubiera estado en desacuerdo al principio, sé que al final habría aceptado a mi pareja y sería una buena suegra. A mi padre le costó más, pero con tiempo y paciencia, ha aprendido a aceptar nuestra relación.
Finalmente, la historia tiene un final feliz: nos casaremos, no unidos por una religión, sino por el amor y la fe en Dios. Nuestras bibliotecas están juntas, y nuestro futuro se ve brillante e incierto, como debe ser.
¿Qué más se necesita? Somos conscientes de los sacrificios necesarios, pero con aprecio y respeto mutuo, podemos vivir felices en nuestra unión diferente pero complementaria.
Los domingos y los viernes tienen un nuevo significado para nosotros, y en nuestra casa simplemente hemos aprendido a sumar.
