El legendario sable corvo de José de San Martín nuevamente ha causado revuelo en Argentina. Con su reciente traslado, ha resurgido en el debate público una cuestión histórica y concreta: la decisión que tomó Manuela Rosas, hija de Juan Manuel de Rosas, de retornar el arma a su patria desde su refugio en el Reino Unido.
El documento que efectuaron Manuela Rosas y su esposo, Máximo Terrero, no solo facilitó el retorno del sable a tierras argentinas. Este acto de entrega también impuso una condición: el sable debía ser albergado de manera perpetua en el Museo Histórico Nacional, tal como Manuela lo estipuló.
Este legado se ha convertido en el núcleo de la reciente controversia legal, inclusive después de la finalización del traslado. La narrativa de Manuela, una figura destacada en la historia de Argentina, se revive ahora con estas nuevas disputas.
El asunto del traslado del sable perteneciente al Libertador ha puesto en evidencia algo ineludible: manuela Rosas no solo entregó el sable, sino que estableció una condición clave, ahora en el centro de discusiones.
El sable corvo: una herencia que transciende el tiempo
En su retiro en Southampton, Inglaterra, Manuela Rosas vivió cerca del sable en un exilio sin retorno. Esta evocación del siglo XIX es casi un cuadro de vida cotidiana: charlas, visitas, y al lado, un objeto cargado de la esencia argentina.
El sable no era un mero ornamento. Fue adquirido por San Martín en Londres en 1811 y posteriormente se lo cedió a Rosas, reconociendo así su defensa de la soberanía nacional ante amenazas extranjeras.
Esta herencia mantuvo al sable en un dilema histórico: pertenecía tanto a San Martín como a Rosas, simbolizando gloria y división antes de que este fenómeno fuese común.
Rosas falleció en 1877 y el sable continuó en la familia. Manuelita y Terrero decidieron donar la pieza bajo una condición: debía convertirse en parte del patrimonio civil y público.
La entrega del sable al Museo: un legado histórico
Carranza, abogado e historiador, en su esfuerzo por establecer el Museo Histórico Nacional en Buenos Aires, contactó a Manuelita Rosas para que el sable dejara de ser una simple reliquia familiar y fuese exhibido al público.
Accediendo a ello, Manuelita estableció un requisito esencial: que el sable permaneciera exhibido en el museo indefinidamente. Esa exigencia, puesta explícitamente en el documento de entrega, es la que actualmente revive el debate sobre el destino de la espada de San Martín.
Manuela Rosas: la mediadora de su tiempo
Según estudiosos como María Sáenz Quesada, contemplar a Manuela Rosas es una manera certera de entender su influencia.
El Retrato de Manuelita Rosas por Prilidiano Pueyrredón (1851) la muestra serena y cuidada, una representación visual del poder, vestida de rojo, simbolizando su papel como mediadora en la esfera política.
Este cuadro es clave para comprender su formación destinada a mediar en la política argentina desde la década de 1840. Tras el colapso del régimen de Rosas, Manuelita se convirtió en guardiana de un símbolo nacional.
El legado de una promesa perdurable
Para desentrañar el significado del “seguro” que Manuela aportó con la entrega del sable, es necesario revisar su sufrimiento más terrible: el fusilamiento de su amiga Camila O’Gorman.
La ejecución de Camila O’Gorman y su pareja en 1848 es recordada como uno de los momentos más atroces del período rosista y, para Manuelita, fue una herida personal indeleble.
Camila —supuestamente embarazada, en avanzado estado— y el sacerdote Ladislao Gutiérrez fueron ejecutados por órdenes de Juan Manuel de Rosas en un campo militar. Manuelita había implorado a su padre por la vida de su amiga, pero las súplicas fueron ignoradas.
Este drama influenció notablemente la decisión de Manuela de donar el sable, no por añoranza, sino para resguardarlo en la seguridad de una exhibición pública.
La despedida de Manuelita: más que un legado escrito
El autor Carlos Gamerro, en su ensayo Facundo o Martín Fierro, subraya cómo la historia argentina se caracteriza por enfrentamientos perpetuos: Sarmiento vs. Rosas, Perón vs. Borges, o Eva Perón vs. Victoria Ocampo.
Es así como la narrativa argentina persistente resuena hoy: por un lado, el decreto presidencial y el traslado realizado; por otro, la firma de Manuela que sigue prevaleciendo como un símbolo de resistencia histórica.
“Nací para sufrir junto a todos y por todos”, expresó Manuela desde el exilio. Sin embargo, en lo relativo a la espada de San Martín, ella dejó instrucciones claras: esta debía permanecer en un museo. Es su firma la que, un siglo después, sigue definiendo su destino.
