Un sistema conectado previo a internet

Cuando era pequeño, disfrutaba de jugar al Mikado. ¿Lo recuerdan? Era un conjunto de varillas delgadas, cada una de un color distinto. El reto consistía en extraer una sin alterar las demás. Este juego, sin que lo supiera entonces, fue una enseñanza para la vida misma. Tenemos que tomar decisiones y recorrer caminos, cuidando que nuestras acciones no perjudiquen a los que apreciamos.

La conexión en tiempos sin internet

Somos parte de una red desde antes de la aparición de las redes digitales. En los años 60, cuando nací, estaba en auge una nueva idea sobre la crianza: los bebés no debían ser cargados en brazos para evitar malcriarlos y fomentar su independencia. Cuando me convertí en padre, esta idea había cambiado completamente. “Mimen y acaricien al bebé lo más que puedan”, aconsejó el pediatra. “Son crías”, añadió, “y esa es la manera de brindarles seguridad y autonomía.”

La continuidad entre generaciones

A pesar de estos enfoques contrastantes, no observo grandes diferencias entre mis hijos y yo. Percibo más bien una continuidad: a todos nos agrada la cercanía, al igual que disfrutar de momentos solo para nosotros.

El equilibrio emocional en la familia

No obstante, el estado de ánimo de uno puede afectar a todos los demás. Aquí es fundamental saber equilibrar para que la “estructura familiar de barillas finas” no se desmorone. ¿Es adecuado ignorar lo que molesta? A veces sí, a veces no. Creo que cuando alguien lastima debido a la confusión, no es útil exigir una introspección inmediata. Luego, tal vez más tarde ese mismo día o al siguiente, sí resulta valioso dialogar, compartir y comprendernos.

El artículo de hoy menciona (aunque hay otras versiones) que la adicción es la incapacidad de comunicarse. Por eso, valoro tanto el diálogo como el contacto físico a través de abrazos y caricias. Estas son maneras de mostrar sensibilidad hacia nuestras personas queridas. Esto no nos debilita; todo lo contrario, nos proporciona un respaldo robusto, dando la sensación de apoyo incondicional. Porque, cuando el frío y el aislamiento se ciernen sobre nosotros, es más desafiante evitar herir(se). Por ello, aunque a veces sea difícil, busquemos el contacto: abrirse es una forma de recuperar la comunicación.

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