Después de los primeros momentos de dolor por la derrota en la final del Mundial contra España, las opiniones se dividieron -incluso fuera de Argentina-. Algunos aceptaron racionalmente la segunda posición, reconociendo que el equipo europeo había jugado mejor. Sin embargo, otros comenzaron a buscar razones dentro de una narrativa de sospecha: “Algo no encaja.”
No es inusual que surjan teorías de conspiración tras eventos significativos. ¿La muerte de la princesa Diana fue un accidente de huida de los paparazzi o un complot de la realeza británica? ¿Puso Neil Armstrong realmente el pie en la Luna o fue todo un montaje cinematográfico? ¿Fue Bin Laden realmente el cerebro tras el 11-S o la CIA tuvo un papel un tanto oscuro detrás de todo? ¿El supuesto suicidio de Yabrán fue una estratagema para evadir a la justicia?
Prácticamente cada gran evento de nuestra era moderna está acompañado de su correspondiente teoría conspirativa. De lo que no hay duda es de que estas historias fascinan, son consumidas y redifundidas ampliamente. En el contexto actual de redes sociales, donde lo que más cuenta son las vistas y los “me gusta”, estos relatos -sean más o menos creíbles- se moldean perfectamente al contenido que se consume.
El impacto de la desinformación
El verdadero peligro radica en la desinformación que generan y su impacto duradero en la sociedad. Según el renombrado psicólogo social británico Patrick Leman, “existen encuestas que muestran que un 20% de los afroamericanos cree que el VIH fue concoctado en un laboratorio por el gobierno de Estados Unidos para controlar la población negra. Aquellos que creen en esta teoría generalmente desconfían de las campañas de salud pública que aseguran que los preservativos pueden prevenir la transmisión del SIDA.”
Teorías durante la pandemia
Un fenómeno similar ocurrió durante la pandemia de Covid, cuando se difundieron teorías conspirativas sobre el origen del virus en China y sus efectos malintencionados en las vacunas. Estas creencias contribuyeron al discurso anti-vacunas y a que un segmento de la población se negara a protegerse contra la enfermedad, enredándose en una telaraña de desconfianza.
Componentes de una teoría conspirativa
¿Qué se necesita para elaborar una teoría de conspiración convincente? Leman señala varios elementos clave: primero, un evento de gran relevancia; luego, información seleccionada detalladamente que permita elaborar un discurso persuasivo; finalmente, generar dudas -donde las redes sociales juegan un rol fundamental- al expandir el número de supuestos conspiradores.
En el caso de la final del Mundial, tras el resultado, surgieron datos aparentemente extraños que pusieron en duda la versión oficial: que España ganó de forma justa. Circulaban piezas aisladas del rompecabezas: imágenes de Messi antes del partido sin acertar al arco, el discurso motivacional en el vestuario, las lesiones inesperadas de los defensores centrales, y una jugada dudosa del capitán argentino. Todos estos elementos, y otros más, sirvieron como cebo para más internautas.
A veces, el entorno puede predisponer a las personas a que las teorías conspirativas sean fácilmente asimiladas. En el caso del partido, la narrativa de una “campaña antiargentina” contribuyó a alimentar estas teorías, no ya desde simples publicaciones en TikTok, sino con eco en medios periodísticos más centrales.
¿Por qué procesos mentales tendemos a creer en estas teorías aún sin evidencia? Leman explica que existe una predisposición a ligar eventos importantes con causas igualmente significativas. Esto sugiere que las personas no aceptan fácilmente que algo monumental haya ocurrido sin una causa proporcional.
Por otro lado, el sesgo de confirmación juega un papel crucial. Innumerables estudios demuestran que las personas dan mayor atención a información que confirma sus creencias. Así, quienes siempre han contemplado a FIFA o EE.UU. como posibles villanos están más inclinados a aceptar la teoría bajo el lema incierto de la época: “No tengo pruebas, pero tampoco dudas.” Como si eso fuese suficiente.
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