Son las 7 de la mañana. El sol aún no ha aparecido en el horizonte, pero las puertas de la institución educativa ya están abiertas. Lentamente, empiezan a llegar los primeros estudiantes, algunos con capuchas para combatir el frío matutino. Algunos estudiantes llegan en motocicletas o bicicletas, mientras que otros son llevados en auto hasta la entrada. Durante esta primera semana, los jóvenes de la Escuela N° 40 Mariano Moreno en San Cristóbal, Santa Fe, han retomado su horario habitual de ingreso.
Ha pasado un mes desde que Ian Cabrera Núñez, un estudiante de 13 años de primer año, perdió la vida tras recibir un disparo de escopeta a manos de G.C., un estudiante de 15 años. El tiroteo ocurrió a las 7:15 de la mañana, justo antes del izamiento de la bandera y también dejó a otros ocho estudiantes heridos, uno de los cuales requirió hospitalización.
Los disparos se realizaron en dos ocasiones; los gritos y la angustia se adueñaron del lugar durante breves momentos. Sin embargo, esas imágenes y sonidos permanecen vivos en la memoria de todos.
Un ambiente transformado
El temor y la angustia se sienten en cada rincón: en los patrulleros que acompañan la llegada de los estudiantes, en el andar apresurado de los mismos alumnos, en la manera de vestir… Incluso en cómo llevan sus materiales escolares.
Ahora, los útiles se transportan en mochilas transparentes, bolsas de supermercado o directamente en las manos. Mientras sean visibles, no hay problemas para entrar. En poco tiempo, un estudiante aparece con una mochila oscura y es detenido afuera por dos encargados que le recuerdan la regla de llevar sólo mochilas que muestran su contenido.
Medidas de seguridad
Según los padres informan a Clarín, esta norma proviene de la dirección del colegio y resulta lógica en un contexto donde la violencia escolar ha escalado, extendiéndose incluso a amenazas de tiroteos en varias provincias.
Recientemente, la Dirección General de Escuelas de Mendoza implementó esta medida preventiva en instituciones que han enfrentado amenazas similares.
“Nuestros hijos se sienten vigilados, observan a su alrededor constantemente. Las aulas mantienen las puertas abiertas, las chicas visten ropa deportiva pensando que así podrán correr mejor en caso de emergencia. No hemos vuelto a izar la bandera, los estudiantes se dirigen directamente a las clases”, comenta a Clarín una madre.
A las 7:30 de la mañana ya no hay estudiantes ingresando, pero la entrada sigue abierta con la presencia de la policía en J.M. Bullo, a pocos metros de la escuela.
El patio interior, lugar donde Ian fue asesinado, guarda un silencio abrumador, rodeado de mensajes escritos por los alumnos, que ahora cubren las paredes, transformando el espacio en un sitio de conmemoración y duelo.
“¿Qué tipo de escuela deseamos construir a partir de ahora? Una escuela llena de paz, solidaridad, amistad y respeto. Un lugar donde compartamos y no exista el acoso escolar”, dice un cartel colgado del techo.
En las cartulinas se observan mensajes recientes: “Hablar es una forma de sanar”, “Elige hablar, no herir”, “El silencio no debe ser cómplice”, “Una acción impulsiva puede cambiar muchas vidas”. Estos murales forman parte de una reciente campaña contra las amenazas de tiroteos.
Al ser consultados por Clarín, los directivos de la escuela se muestran cautelosos. “Estamos manejando asuntos muy delicados para la comunidad”, responden brevemente.
El impacto de la tragedia
El evento marcó profundamente a quienes formaban parte del colegio, incluidos docentes y personal administrativo presentes durante el incidente.
“Primero comenzaron a asistir todos los niveles académicos, y por último, la secundaria diurna. Se realizaron muchas reuniones con los alumnos y profesores elegidos por ellos mismos. También se llevaron a cabo encuentros con los padres. Este trabajo ha sido continuo desde el suceso. Esta semana, las clases han retomado su horario normal en todos los niveles, incluida la secundaria diurna”, informan desde el Ministerio de Educación de Santa Fe a Clarín.
Para evitar grandes concentraciones, los actos se sustituyen por trabajos en aula, y el izamiento de bandera, aún sin realizar según los padres, se hará de forma alterna por curso. El timbre de entrada ya no se utiliza.
El horario de salida para los estudiantes de secundaria es 12:20, con algunas excepciones para quienes lo necesiten. Entre ellos, un alumno de primer año, compañero y amigo de Ian, quien también juega en el Club Atlético Independiente de San Cristóbal.
Este joven, F.E., sobrevivió al tiroteo. Pasó los últimos momentos de Ian a su lado y también fue alcanzado por los perdigones de la escopeta manejada por el adolescente de 15 años.
El martes, regresó a la escuela por recomendación de su psicóloga, tras estar hospitalizado primero en Rafaela y luego en la Ciudad de Santa Fe, con perdigones en el rostro, cuello, ojo izquierdo, abdomen y cabeza.
Otro de los heridos recibió perdigones en el brazo, mientras que el resto sufrió raspones y golpes durante el suceso. Según confirmaron desde el Ministerio de Educación provincial, todos han retomado sus estudios.
“Para que no esté aislado, ni solo, para que se reintegre a sus actividades, a la escuela, al fútbol. Se le permitirá permanecer el tiempo que desee en la escuela. Esto es un proceso, habrá días buenos y días difíciles. Continuaremos viajando a Santa Fe por su ojo”, explica su madre Verónica a Clarín.
Momentos antes de la salida, los padres esperan en la puerta de la escuela para llevarse a sus hijos rápidamente. Un grupo de estudiantes de primer año, amigos de Ian desde el jardín, comparte que aún hay muchos temerosos.
Dos motos de la Guardia Urbana Municipal vigilan el área y organizan el tráfico en la esquina. Según afirma Clarín, la vigilancia se ha mantenido durante al menos tres meses, instaurada antes del tiroteo por solicitud de la dirección de la escuela debido a peleas que ocurrían ocasionalmente a la salida.
Uno de los guardias, Fabio Ordoñez, fue quien acudió al patio tras el supervisor que detuvo al agresor. Este guardia, también padre de un amigo de Ian, acudió desde otra emergencia al escuchar lo ocurrido. Fabio evacuó a los estudiantes hacia la plaza más cercana.
“Cuando llegué, revisé el pulso de Ian y ya no tenía. Mi hijo aún tiene dificultades, aunque le encanta la escuela. Estaba en el medio del patio, afuera, cuando todo ocurrió. Es muy sensible”, relata.
Marta, abuela de uno de los compañeros y amigo de Ian, comenta que el miedo persiste tanto en estudiantes como en sus familias. “Solo pido a Dios que los cuide. Mi nieto me dijo ese día: ‘Abuela, yo pude haber sido el primero en morir porque pasó al lado mío y tomó otro camino’. Fue un día terrible, algo inimaginable para mí”.
Con el regreso a clases, algunos estudiantes se retiran antes porque no soportan recordar lo sucedido.
“Todavía hay chicos que temen asistir a la escuela y pueden presentar un certificado de asistencia psicológica, lo cual es considerado por la escuela. Muchos están aún preocupados por cómo deberían reaccionar ante una nueva emergencia, incluso piensan en llevar ropa cómoda para poder huir rápidamente”, añade.
Algunos compañeros del responsable del ataque han decidido regresar al aula que ocupaban antes del incidente, mientras que otros eligen tomar clases temporalmente en lo que se conoce como la “escuela vieja”, un espacio últimamente usado para talleres.
G.C., de 15 años, no puede ser arrestado debido a que la nueva Ley del Régimen Penal Juvenil que reduce la edad de imputabilidad a 14 años entrará en vigor el 5 de septiembre. Otro menor de 16 años, residente en Nelson, fue arrestado y acusado de encubrir al atacante de la escuela, sabiendo sobre el planeado ataque.
Se lleva a cabo una investigación sobre posibles conversaciones entre el atacante y otros jóvenes en la plataforma Discord, en las que se hacía referencia a masacres escolares ocurridas en Estados Unidos y Serbia.
Los padres aseguran a Clarín que G.C. no era víctima de bullying, aunque sí enfrentaba problemas familiares. Consultadas fuentes cercanas a la investigación sobre la situación actual de G.C., no hubo respuesta al cierre del reporte.
El dolor de una pérdida
Mencionar a Ian provoca un profundo dolor, evidente en los silencios y en las lágrimas que brotan al evocarlo.
Los padres de Ian no han regresado a su hogar anterior. La memoria de su único hijo está ligada a aquella casa. Actualmente, residen en la casa del abuelo paterno de Ian.
Ellos, al igual que los docentes y directivos del Mariano Moreno, han preferido guardar silencio por ahora en relación a lo ocurrido.
El duelo continúa, y como dicen los allegados a la familia, con el tiempo, solo se torna más doloroso. La familia de Ian estuvo presente recientemente en un evento conmemorativo en su honor organizado por el Club Atlético Independiente de San Cristóbal.
No se sabe con certeza si este jueves habrá una marcha por Ian en San Cristóbal; de realizarse, probablemente sería organizada por los vecinos. Las clases en la escuela continuarán con normalidad, y hasta ahora, ni padres ni estudiantes han mencionado ceremonias, aunque de llevarse a cabo, probablemente deseen conservar la privacidad del momento.
