Beijing, China. En esta ciudad, las dos y media de la madrugada envuelven las calles en un silencio inusual. Las estaciones de metro ya han dejado de funcionar, los restaurantes cerraron desde temprano, y las avenidas antes bulliciosas apenas escuchan el eco de un vehículo solitario. Beijing descansa.
Sin embargo, hay un lugar donde el sueño no tiene cabida. Una final del Mundial con la participación de Argentina es capaz de alterar la rutina en cualquier parte del mundo, incluso en este rincón asiático.
Días anteriores, ya se gestaba la emoción en un grupo de WeChat. Argentinos dispersos por Beijing buscaban solucionar un dilema común: el mejor sitio para ver la gran final. Entre mensajes a cualquier hora, surgían ideas, promesas y supersticiones. “Yo llevo el equipo de sonido para animar más el ambiente”, propuso uno. Otro indicó que traería una enorme bandera. “¿Aún hay espacio?”, preguntó alguien cuando ya estaban casi desbordados de gente.
Inicialmente, el plan era reunirse en un bar, pero pronto resultó inviable.
El Official Argentine Fan Club of Beijing hizo un llamado a todos los argentinos deseosos de unirse. La única exigencia era sencilla: llevar puesta la camiseta de la Selección. Sí, en China hay un club oficial de aficionados de la Selección Argentina.
La respuesta fue más allá de las expectativas de los organizadores. Con más de 160 personas, entre argentinos y chinos, el bar se quedó pequeño. No quedó más remedio que trasladar el encuentro a un club de fútbol.
Preparativos para la gran reunión
Las actividades comenzaron mucho antes del inicio del partido y, por momentos, era fácil olvidar que todo sucedía en Beijing.
“Debemos ver el partido con un asado, al estilo argentino”, propuso uno de los integrantes chinos del club de fans.
Mientras algunos se las ingeniaban para encontrar carne, otros compartían listas de reproducción con temas como “La mano de Dios” de Rodrigo; cumbia de los trapos, rock nacional y cánticos de cancha. También buscaban aprenderse la letra de la canción de la “cuarta estrella”. Nadie quería perder la oportunidad de cantar durante el partido.
Argentina y los lazos con Messi
Decir “Messi” suena suficiente para esbozar sonrisas instantáneas. Los chinos hablan de él con una familiaridad desconcertante. Recuerdan goles de memoria, describen sus regates, enumeran sus títulos y defienden con pasión el porqué creen que es el mejor jugador de todos los tiempos. Para muchos, Messi fue la conexión inicial con un país que jamás han visitado, pero del que han aprendido canciones, vestimenta y una devoción difícil de explicar.
“Empecé a seguir a Argentina por Messi en 2018”, relata Locky, uno de los miembros del club de fans. “Primero me atrajo él y luego me empezó a gustar Argentina. No sé por qué, pero Messi tiene un encanto inigualable”. Desde entonces, ha seguido cada partido de la Selección e incluso fue al amistoso de Argentina contra Australia en Beijing.
La emoción de vivir el momento
No es un caso aislado. A minutos de comenzar el partido, el lugar ya estaba lleno. Había más chinos que argentinos. Casi todos vestían la camiseta albiceleste.
Frente a la pantalla, una muestra de gratitud se alzaba entre los chinos: una bandera que decía “Gracias Messi”.
La música variaba incesantemente. Sonaba el Indio Solari, seguido de cumbia de cancha y luego rock nacional. Algunos practicaban las canciones mirando sus teléfonos, otros pintaban sus rostros con los colores de Argentina. Por un tiempo, nadie parecía estar a casi 20 mil kilómetros de Buenos Aires.
El desenlace de una noche inolvidable
Para los argentinos, el gozo de compartir esa final se entrelazaba con la nostalgia de estar lejos.
Clara Del Padró llegó hace seis meses a Beijing para un intercambio y esta fue su primera Copa Mundial fuera de Argentina. “Fue peculiar vivir todo desde Asia. Disfruté de la experiencia, pero extraño las celebraciones allá”, comenta.
Le contó a Clarín que se emociona al ver imágenes del Obelisco: “La otra vez lloré viendo las celebraciones. Aquí eran las cinco de la mañana y nosotros recién nos acostábamos mientras allá el país seguía de fiesta. Mi cábala fue visitar templos chinos para pedir suerte a la Selección y usar siempre la misma camiseta”.
El estadio enmudece. Los jugadores pisan el campo y todos se levantan. Los argentinos cantan su Himno Nacional. Los chinos observan brevemente y hacen lo mismo. A algunos les falta la letra, pero acompañan en silencio. Después de eso, el mundo deja de existir.
La final comienza. Cada intervención de Dibu Martínez se celebra como un gol. Cada avance de España congela el lobby entero. “Están avanzando bien los españoles”, comenta, con nerviosismo palpable, un simpatizante chino.
Una atajada más del arquero argentino devuelve la respiración. “Tengo miedo”, confiesa una argentina sin despegar la vista de la pantalla.
El enfoque es absoluto. Nadie ve su teléfono. Nadie se mueve del lugar. Algunos sostienen una bandera, otros cubren sus ojos. Cuando Lisandro Martínez sale del campo, un aplauso unánime estalla.
Los chinos no observan la emoción argentina desde lejos. La sienten como propia. Graban abrazos, intentan unirse a los cánticos, preguntan sobre cada canción y sonríen al descubrir que un gol hace de un grupo de desconocidos una sola hinchada.
Argentina, resiliencia ante todo
“Nos encanta sufrir”, se escucha resignado, entre argentinos. Ha pasado ya medio tiempo y en Beijing nadie parece tener sueño.
Afuera, una fuerte lluvia cae. Son casi las cuatro y la ciudad sigue tranquila.
Dentro, el tiempo dejó de importar hace mucho. Argentinos y chinos saltan, gritan, abrazan y sufren unidos, como si la final se jugara en un bar de Buenos Aires.
Las atajadas del Dibu dieron lugar a vítores conjuntos de argentinos y chinos, unidos durante 120 minutos de esperanza. Pero el último silbatazo decretó la victoria de España por 1 a 0, cambiando el ambiente.
Los argentinos se quedaron en shock, mirando la pantalla sin reaccionar. Algunos se tomaban la cabeza, otros buscaban consuelo en un abrazo. Del otro lado, los aficionados chinos aplaudían a la Selección Argentina, reconociendo su esfuerzo tras una noche interminable.
“España fue claramente superior”, acepta uno de los argentinos, aún conmovido por la derrota.
Afuera, el amanecer asoma. Son las seis y sigue lloviendo en Beijing. Mientras la ciudad despierta, argentinos y chinos dejan el club en silencio, procesando una final que, por tres horas, los sintió más cerca de Buenos Aires que de China.
Beijing. Corresponsal especial.
AA
