Me apasiona recorrer el mundo sobre ruedas. Tomar el coche y aventurarse por esas carreteras que pareciera solo conocen los dioses. Siento fascinación no solo por los pueblos con paisajes impactantes en montañas, puertos o bosques, sino también por aquellos que no son un imán turístico. Un buen ejemplo son los pueblos de la extensa pampa húmeda. Esa infinita llanura, con sus campos cultivados, sugiere un porvenir lleno de posibilidades. ¿Te has fijado cómo, a veces, en medio de la nada, aparece un pequeño almacén en una esquina? Era el brillo de la prosperidad futura, rutas y caminos debían emerger allí. En ocasiones se materializó, mientras que en otros sitios solo quedó en el papel, pero la ilusión todavía vive.
Un viaje a lo genuino
Visitar el bar local de un pueblo. Eso sí que es autenticidad: sin las cadenas de cafeterías populares ni uniformes artificiales. Un espacio pensado para la conexión humana más que para el consumismo, aunque se degusten numerosas bebidas espirituosas. Recuerdo un almuerzo, en la provincia de Santa Fe, donde nos detuvimos a comer en un pequeño establecimiento. ¿El menú del día? “Milanesa Blancanieves”. ¿Qué era? Una milanesa cubierta con salsa blanca y gratinada. La manera en que añaden un toque de fantasía a un platillo tradicional me cautivó.
Experiencias que calientan el alma
En otra ocasión, nos desplazábamos por el extremo sur de Chile –la región de Magallanes– y paramos en una diminuta localidad. Había un bar -no estoy seguro si se llamaba Loreto Belén, ¿o quizá mi memoria me engaña?- con una estufa que calentaba maravillosamente. Cada una de las mesas, aunque escasas, estaba cubierta con manteles bordados a mano, como si entraras al hogar de una abuela. Una familia cálida que te preparaba la comida. Una vivencia irrepetible, llena de conexión humana (con disculpas a los grandes establecimientos de comida rápida).
Descubriendo lo humano en cada destino
Al viajar, la meta no debería ser solo conocer lugares, sino conectar con personas reales. Por eso, es importante caminar por un barrio, llegar a la plaza central de un pueblo, visitar su biblioteca o su panadería. Allí encontraremos almas. Sé que la pregunta recurrente es cómo lograrlo cuando visitamos lugares como la Torre Eiffel, con sus interminables colas y decenas de vendedores ofreciendo réplicas. La clave está en el balance: a veces lo monumental, otras veces, la magia de encontrarse con los demás.
