Una perspectiva argentina sobre el tiempo de vida
Virginia Woolf, reconocida escritora inglesa, dejó una reflexión que resulta especialmente adecuada para este análisis: “No creo en el envejecimiento. Creo en alterar para siempre la forma en que uno se orienta hacia el sol”. Woolf no anhelaba regresar a los 30 años ni detener el tiempo; su visión era más profunda: seguir buscando la luz aunque el cuerpo cambie. Esta esencia parece reflejar el deseo de los argentinos según un estudio: no buscan rejuvenecer, sino envejecer con dignidad, conservando la claridad mental y el entusiasmo intacto, independientemente de lo que señale su identificación.
Preferencias de vida en cifras
Un equipo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) planteó esta interrogante a más de 1.800 individuos de todas partes del país, y las respuestas brindan una imagen interesante del pensamiento argentino respecto a la vida, la muerte y el trayecto que las conecta.
En términos generales, podríamos resumir diciendo que los argentinos muestran interés en una vida prolongada, pero con un límite definido. Nos seduce la idea de una vida extensa, siempre que venga con una fecha de término.
Al preguntarles directamente cuánto tiempo querrían vivir, la mayoría optó por un fin antes que la eternidad. Dos de cada tres prefirieron establecer una fecha de conclusión, mientras que apenas uno de cada seis mostró interés en una existencia infinita.
Este “número mágico” ronda los 88 años y medio. Nada de aspirar a mil años o convertirse en leyenda inmortal; apenas una década adicional a lo que hoy en día es la esperanza de vida promedio en Argentina. Como si el deseo fuera vivir “un poquito más, con gracias, pero sin exagerar”.
Diferencias de género en la percepción de la longevidad
Una clara distinción por género indica que los hombres desean un poco más de tiempo en el mundo -cercano a los 91 años- en comparación a las mujeres -aproximadamente 87-. Esta diferencia, aunque pequeña, se repite a lo largo de todo el estudio.
El rechazo a la inmortalidad es evidente. Ante la posibilidad de un tratamiento que detenga el tiempo indefinidamente, la mayoría mostró rechazo o prefería no responder. Incluso, al imaginar vivir hasta los 150 años, los sentimientos se dividieron entre entusiasmo, indiferencia y rechazo en casi iguales proporciones.
Las objeciones a la vida eterna
El motivo del “no” a la inmortalidad no es religioso ni espiritual. Predomina una respuesta más terrenal: para la mitad de los encuestados, la muerte es una etapa natural. Además, un aspecto destacable es el temor a perder interés en una vida sin fin, algo que uno de cada cuatro persone teme como si se tratara de una interminable conferencia de trabajo.
Peculiarmente, cuando se inquiere sobre las razones para querer vivir eternamente, casi nadie admite que el miedo a la muerte sea el motor principal. Las respuestas se centran en continuar disfrutando de la vida o concluir proyectos inacabados. Sin embargo, los investigadores hallaron un dato intrigante: existe una correlación entre el deseo de más años de vida y el miedo a morir. Decimos que queremos más tiempo por amor a la vida, pero en el fondo, el temor a perderla es la motivación subyacente.
Calidad sobre cantidad: una elección sabia
Destaca que la mayoría prefiere una vida de buena calidad, aunque más corta, en lugar de una extensa sin garantías de bienestar. Apenas un reducido grupo aceptaría “muchos años a cualquier precio”. Esta preferencia por la calidad se intensifica con la edad: los mayores de 60 son quienes más contundentemente eligen calidad sobre cantidad, reconociendo que los años adicionales no valen la pena sin salud.
También se observa una tendencia curiosa: las personas perciben su edad como casi cuatro años menor a la real. Para los menores de 30, esta percepción es inversa, sintiéndose más maduros de lo que son. A partir de los 30, esta brecha se amplía: los mayores de 60 se perciben, en promedio, una década más jóvenes. Aquí, el cuerpo envejece, pero el espíritu se niega a seguirle el paso.
La importancia de la compañía
Es significativo que más de la mitad solo consideraría tratamientos para alargar la vida si sus seres queridos también acceden a ellos. Menos gente está dispuesta a enfrentar la eternidad en soledad, especialmente los jóvenes, para quienes la inmortalidad sin compañía no parece un premio, sino un castigo.
Cuando se les preguntó por sus temores sobre vivir más que otros, la respuesta predominante, casi unánime, fue el miedo a ver morir a los seres queridos. Tanto la enfermedad, el aburrimiento, como la economía, quedan relegados frente al pánico a la soledad.
Si la ciencia logra alargar la vida, los argentinos tienen claro cómo debería distribuirse ese avance. Casi la mitad espera que el Estado garantice acceso a todos, y un grupo significativo solicita una regulación de precios. La opción de “paga quien pueda” es la menos popular, reflejando un deseo de igualdad en el acceso a una vida prolongada.
Un mensaje para el futuro
Para concluir, la encuesta solicitó a los participantes enviar un mensaje a la humanidad de dentro de cien años. De manera conmovedora, pocos pidieron más ciencia o tecnología. El verdadero deseo es proteger nuestro planeta, disfrutar del presente y formar mejores vínculos humanos.
La gran conclusión de esta investigación, como diría un abuelo sabio, es que los argentinos no buscan la vida eterna, sino vivir bien, acompañados y con claridad mental. La ciencia podría brindar más años, pero es evidente que esos años solo tienen significado si hay alguien con quien compartirlos.
