El frío cala hasta los huesos y ya estoy retrasada. Me encuentro en un pequeño bar, en medio de una lectura de poesía, esperando ansiosamente un Uber. Siempre estoy apurada, intentando cumplir con todos mis compromisos. Esta vez me dirijo al cine para la proyección de una película que hice junto con mis amigos. Tengo que responder algunas preguntas al final de la función, lo cual es significativo para mí. No solo es mi debut como directora, sino que también está basada en los archivos de mi padre. Sus últimas palabras fueron el catalizador: “No puedo morir sin haber hecho una película”.
Reflexiones sobre la vida y el cine
Después de su fallecimiento, reunimos sus filmaciones, guiones a medio escribir, anotaciones, las imágenes que había capturado a lo largo de los años y nos preguntamos qué película hubiera soñado crear. ¿Nos habría gustado? ¿Cuál era la historia que deseaba contar? Al final, las historias no ofrecen respuestas; suelen traernos más preguntas. Quizás por eso amamos el cine: nos devuelve tensiones y, a veces, un poco de consuelo.
Reencuentros y nervios en el camino
Además, me siento inquieta por volver a ver a amigos de los que me distancié hace mucho. El auto irrumpe entre la niebla, interrumpiendo mis pensamientos. Mientras estoy en el Uber, mentalmente acelero el tiempo para llegar antes. Sin embargo, noto algo extraño mientras el coche avanza por las concurridas calles de Buenos Aires: el conductor, al mirar su teléfono, cambia claramente de expresión. El trayecto ya no sigue las instrucciones del GPS, y su conducción se torna inusual, cada vez más rara.
Acostumbrada a la vida en el mundo, pienso en cómo bajarme del auto. Escribo a una amiga, y de repente el conductor se detiene. “¿Qué sucede?”, pregunto. Él se cubre el rostro con las manos y comienza a llorar desconsoladamente. Le pregunto si está bien, si requiere ayuda, si se siente mal. Aunque una parte de mí sigue contando el tiempo: ya no llegaré a tiempo al evento. Él, aún lloroso, me pide perdón y menciona un mensaje que acaba de recibir.
La llegada de buenas noticias
Por un momento, temo lo peor: pienso que tal vez ha perdido a alguien querido. La muerte y las pérdidas nos detienen el mundo, obligándonos a detenernos para llorar, a pesar de que el deber nos llame. Un instante después me aventuro a considerar que tal vez le rompieron el corazón, que este es el rostro de alguien abandonado por quien amaba. Sin embargo, me explica que ha recibido la confirmación de un trabajo, y entonces, ambos nos desmoronamos entre lágrimas de alegría. Felicitaciones en un instante se tornan más importantes que mi destino.
Mientras lo felicito, en mi mente aparecen recuerdos de todas las veces que también conseguí un empleo. La espera tras una entrevista, la ropa preparada con anticipación, el deseo ferviente de “ojalá me llamen”. Esta ansiedad por encontrar estabilidad laboral es algo que parece no desprenderse jamás.
Lo que me conmueve es ver su felicidad al haber obtenido esa oportunidad laboral, algo que cualquiera en nuestra situación entendería. Antes de dejarme en mi destino, me confesó que trabajaba en cine y que con la industria paralizada había pasado meses sin empleo. Este era su último viaje con Uber, estaba ansioso de contarles la noticia a sus seres queridos. Cuando llegamos al destino, sonreí al ver que se trataba de un cine, compartiendo un pequeño guiño con él.
Finalmente, llegué tarde a mi función, pero no me importó. Compartí unas cervezas con quienes aún estaban allí y les relaté la historia del conductor. Conversamos sobre nuestros trabajos y el cansancio acumulado. Hay momentos en que el mundo debe detenerse, en que celebrar la alegría es absolutamente necesario. Sabemos lo importante que es poder regresar a casa y contar una buena noticia a nuestros seres queridos.
