Mundos personales: la culpa de cambiar de carrera dos veces. ¿Acaso los errores no nos guían hacia lo que realmente amamos?

Me he equivocado. No una, sino dos ocasiones. Es desagradable cometer errores, al menos para mí. Más aún cuando se trata de algo tan crucial como mi porvenir. Pero vayamos paso a paso.

El miedo a elegir

Durante mis estudios secundarios, siempre disfruté de las asignaturas de ciencias sociales. Me fascinaban la historia y la geografía. Lo opuesto a lo que sentía por matemáticas y física. Estas últimas no hicieron nada para ganarse mi aversión, sin embargo, no podía soportarlas. Al acercarse el último año, llegó el complicado momento de decidir qué rumbo tomar, qué carrera seguir. Nadie nos prepara para ello. ¿Cómo elegir entre tantas alternativas? ¿Qué debo considerar como punto de partida? ¿Cómo escoger sin haber experimentado ninguna de esas opciones? La situación se torna abrumadora y desencadena un gran temor.

El temor al error

El miedo a la incertidumbre es asfixiante. ¿Qué ocurre si elijo incorrectamente? ¿Y si desperdicio tiempo? ¿Si jamás descubro mi verdadera vocación? Mi mente estaba repleta de preguntas con pocas respuestas. Siempre me pareció absurdo tener que decidir una carrera para toda la vida, como si el cambio no fuera una opción. Cambiar de intereses, de pasiones es posible… pero, ¿cambiar de carrera? Eso ya parece un error. “Me equivoqué.” Pues permítanme decirles que me confundí más de una vez, y lloré en cada ocasión.

Caminos recorridos

En plena pandemia, comencé la licenciatura en Geografía. Tal vez fue la virtualidad o simplemente que no era lo mío, pero no sentí conexión. No me arrepiento; la experiencia fue enriquecedora, las materias me entusiasmaron, pero no me veía ejerciendo. Me di cuenta de que tal vez ese no era mi camino.

Si me encuentro con mi yo de diecisiete años, le aseguro que ella estaba convencida de su elección. Le apasionaba la materia y esperaba ansiosa cada clase. Hasta podría no creerme donde estoy ahora. Lo que en aquel entonces parecía seguro, no resultó serlo al final.

La segunda vez que me equivoqué fue al iniciar la licenciatura en Terapia Ocupacional en la UNSAM, esta vez de manera presencial. Casi completé la carrera, pero por alguna razón no la terminé. No todavía, al menos. La experiencia fue enriquecedora y me permitió descubrir mi pasión por ser payasa hospitalaria.

Poco a poco empecé a sentirme desconectada. Uno no siempre está enamorado de lo que hace todo el tiempo. Aunque al principio eran solo momentos, con el tiempo, las dudas y el desinterés se extendieron más y más, hasta que ya no pude ignorarlas.

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Mi familia me preguntaba por qué no terminaba lo que había empezado, pero ¿de qué serviría hacerlo sin pasión? Me permití cuestionarme, enfrentar el miedo de detenerme y reconsiderar mis opciones. Sentía que había perdido valiosos años de mi vida, pero en realidad, cada experiencia me dejó algo que me acompaña hoy.

En la infancia, jugamos a ser muchas cosas: docentes, doctores, estrellas pop, o hasta seres de fantasía. Para mí, siempre estuvieron presentes los libros y las palabras. Hoy estos mismos libros son parte de mi ocupación, algo que nunca consideré como una opción laboral.

En esta etapa, aunque aún me siento perdida, reivindico esa sensación. Equivocarse no es necesariamente malo. Son oportunidades de aprendizaje que me han permitido saber qué no deseo para mi vida. Poco a poco, me doy cuenta de que hay múltiples formas de aprender y nunca es tarde para seguir explorando.

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Hoy disfruto trabajar con libros y escribir, compartiendo mi pasión por la lectura con otros. Me gustaría decirle a mi yo más joven que equivocarse no es un fracaso, sino un paso hacia descubrir lo que realmente nos gusta.

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