Hacia el final de 2019, mientras Alberto Fernández asumía en Argentina, un conocido comentó con asombro: “Es un país curioso: tengo parientes en el extranjero que están regresando ilusionados con el nuevo gobierno. Y, al mismo tiempo, familiares en Buenos Aires que se van porque no quieren más kirchnerismo”. Este destino ha reafirmado nuestro ciclo de ir y volver, quizás desde aquel sombrío momento cuando alguien escribió el grafiti “La Argentina tiene una salida: Ezeiza”.
Motivaciones para dejar el país
Sin embargo, tenemos suerte. Ya son muchos años sin que alguien se marche obligado por el exilio, lo cual es significativo en una nación donde figuras como San Martín, Alberdi, Rosas y Perón, entre otros, tuvieron que desterrarse. No obstante, irse no solo responde a razones políticas. La curiosidad por nuevas culturas, la frustración por la falta de estabilidad, la inseguridad, y la corrupción también juegan un papel importante. Además, la escasez de empleo y la sensación de un posible colapso similar a 1989 o 2001 hacen que algunos prefieran mantenerse alejados.
Establecerse en un nuevo entorno no implica convertirse automáticamente en uno más. Todo depende del país y de la propia persona. Siempre queda un aroma inconfundible que se extraña… Disculpa el cliché, pero es casi un dogma: la patria es la niñez. Al igual que las plantas, los humanos poseemos raíces invisibles, lo que explica encontrar argentinos en el extranjero que empiezan a bailar tango o cocinan empanadas, actividades que quizás nunca hubieran considerado en su tierra natal. Se puede vivir bien fuera, aunque con sacrificios. Tanto al partir como al quedarse, si no se siente uno completo.
Un viaje de autodescubrimiento
A mis 21 años, recién graduado de periodista, me dirigí a Francia para un posgrado. La emoción de conocer el lugar que parecía el epicentro del mundo era inmensa, especialmente en una época en que Argentina estaba olvidada, a inicios de los 80 (afortunadamente esto ha cambiado, creo). Pero había una inquietud particular: ¿qué sucedería si sufría un accidente mortal en Francia? ¿Sería sepultado allí? Esa idea me desgarraba. Dilema curioso para un joven de 21 años: mostraba que marcharse resulta fácil, pero hacerlo de manera definitiva es casi subversivo, ya que parte de uno permanece aquí y otra parte allá.
