La madrugada del lunes se tornó trágica para una familia en Lomas de Zamora cuando un devastador incendio, originado en dos industrias de plástico, no solo obligó a todo el vecindario a desalojar sino que también redujo a cenizas una vivienda. Mientras transcurren las horas, Melani Abeleira observa los restos de lo que fue su hogar, atrapada por un sentimiento de incredulidad y pesar, tal como cuando salió apresuradamente a la calle, sin calzado, con solo lo necesario y su perro entre los brazos. Ahora, desde la acera de enfrente, llora desconsolada junto a su hermana mientras máquinas intentan remover los escombros que alguna vez formaron parte de su habitación.
El comienzo del incendio
El siniestro se inició alrededor de las 2 de la madrugada en una planta de envases plásticos situada en la intersección de Emerson y Gabriela Mistral, en la zona de Villa Centenario. Las investigaciones preliminares sugieren que el fuego se originó allí y se expandió rápidamente hacia el depósito contiguo, donde se producían juguetes de plástico. Las llamas alcanzaron una altura considerable, obligando a evacuar totalmente el área. Al menos 16 equipos de bomberos trabajaron largo tiempo para contener el incendio, que aún no había sido extinguido por completo en su totalidad. No hay víctimas fatales, pero las razones detrás del incidente están siendo analizadas.
Un despertar trágico
A esa hora crítica, Melani estaba sola en su vivienda. “Normalmente vivo con mi madre, Gladys, y mi hermana, Brenda. Pero mi mamá estaba en la costa y Brenda había salido con una amiga. Me quedé trabajando en casa y me quedé dormida con el teléfono en la mano”, relata Melani al diario local.
“Me desperté con ruidos extraños y pensé que alguien había entrado a robar. Mandé mensajes a mi hermana y a mi vecino, e intenté llamarlos. Miré por la ventana sin ver nada, así que decidí abrir la puerta esperando lo mejor”, recuerda.
Las consecuencias del desastre
Lo que descubrió fue una vorágine de llamas. “Abrí el portón, mi perro salió y yo también. Llamé a la policía, a los bomberos, y avisé a los vecinos. Salí como estaba, sin zapatos. No salvé nada. Nada”, comenta afectada.
La rápida intervención de las autoridades no logró impedir que el fuego arrasara con todo, dejando una estampa de destrucción absoluta en los muros de su hogar. “Me dijeron eso: todo es destrucción total”, resume con desolación.
“Perdí documentos, mi computadora, y la mercancía que vendo para vivir. Dinero ajeno también desapareció. Perdí absolutamente todo. Hoy me prestaron ropa”, confiesa entre lágrimas.
El daño es evidente: la ventana principal da testimonio de ello, cubierta de escombros. Una persiana de madera rota, cristales hechos añicos, y ladrillos amontonados tras los barrotes. Una cortina blanca, ahora arrugada, apenas cuelga de un muro que ya no existe, y es difícil ver el interior desde la calle por los trozos de la fábrica que perforaron el techo poco después de que Melani saliera del lugar.
Cristian Gustavo Green, director de Defensa Civil, expone el alcance de la devastación: “La casa corre riesgo de derrumbe. La pared del depósito lastró el techo del hogar, y los escombros invadieron la habitación. Hay que evaluar la estructura al retirar los restos”.
Destrucción en el vecindario
Otro inmueble cercano también tiene daños en la medianera, pero no presenta un peligro interno. “El mayor problema está en la casa pegada a la fábrica”, destaca Green.
Una amiga de la madre de Melani narra que la fábrica tiene más de 40 años en la zona. “Pensé que el fuego estaba en el otro edificio. Conozco a las chicas, su madre se fue a la Costa y ellas se quedaron solas. La casa tendrá que ser demolida, tiene riesgo de colapso”, indicó, recordando que muchos vecinos trabajaron en algún momento en la fábrica.
Otras viviendas también sufrieron el embate. María Eugenia, que vive enfrente, cuenta que se despertó debido a los extraños ruidos y alertó a su hija, residente en el departamento del fondo. “Escuché explosiones que sonaban como disparos. Vi las llamas por la ventana. Busqué a mi hija, si no me quedaba despierta, no nos enterábamos”, relata. El fuego ha hecho ininhabitable el departamento. Sus muros están calientes y fisurados.
Mientras el personal de bomberos continúa retirando metales retorcidos, chapas y restos de plástico fundido, un espeso humo gris sale del centro del lote arrasado. Las mangueras se extienden por las calles mientras vecinos esperan que el operativo de limpieza termine para valorar los daños.
Al otro lado, Melani observa lo que fue su hogar durante años. “Toda mi vida estuve aquí”, expresa dolida. “Ahora no hay nada que pueda rescatar”. Su madre regresa de la costa y su hermana, que intentó despejarse, vuelve para acompañarla. Nuevamente, una máquina desplaza otra montaña de escombros, parte de los cuales cae sobre lo que alguna vez fue su dormitorio. Nadie entre los presentes se atreve a verbalizar lo que es evidente: la casa no puede salvarse.
“He perdido todo”, repite Melani con incertidumbre sobre el futuro. La calle permanece cerrada, la atmósfera aún cargada de un desagradable olor a plástico quemado. El barrio, que en la madrugada fue testigo involuntario del terror, respira aliviado por la ausencia de víctimas, pero triste por ver cómo una familia ha quedado sin hogar, sepultada bajo los cimientos de una fábrica que fue parte del entorno por décadas.
