La escena es cotidiana en numerosos hogares: la comida que se enfría mientras alguien sigue aferrado a su dispositivo móvil, la luz azul iluminando el dormitorio en plena madrugada, y la sensación de que el teléfono ha desplazado a otras actividades. Un estudio elaborado conjuntamente por el Ministerio de Educación de la Ciudad y el Instituto Tecnológico de Buenos Aires (ITBA) cuantificó lo que muchas familias ya intuían, y sus conclusiones han generado preocupación en las escuelas locales.
Método de estudio y resultados
Diferente a otras investigaciones que indagan sobre el tiempo que los jóvenes creen utilizar sus celulares —una estimación a menudo imprecisa—, esta vez los expertos analizaron el uso real usando herramientas de monitoreo tanto de iOS como de Android. Más de 3.200 estudiantes de 83 escuelas fueron evaluados entre abril y julio, usando datos concretos de pantalla y escalas de salud mental reconocidas internacionalmente. Este informe ofrece una de las evaluaciones más detalladas hasta la fecha sobre la interacción adolescente con la tecnología.
En promedio, los jóvenes pasan alrededor de seis horas y diez minutos diarias conectados a sus celulares, una cifra que pone a los adolescentes de Buenos Aires por sobre sus pares de otras naciones. Sin embargo, este promedio varía: estudiantes más avanzados pasan casi una hora más en el celular que los principiantes, las chicas dedican media hora diaria adicional frente a sus compañeros varones, y aquellos en entornos socioeconómicos más desfavorecidos acumulan hasta dos horas extra comparados con familias de ingresos más altos. TikTok se consolida como la aplicación más consumida.
Impacto en la salud mental
Un descubrimiento inesperado fue lo relativo que es considerar solo las horas de pantalla. Si bien parece razonable que más horas impliquen peores estados de salud mental, al cruzar todos los factores —tiempo total, uso compulsivo del celular y de la tecnología—, la correlación desaparece. Las horas de pantalla en sí mismas no explican la ansiedad o depresión; lo que realmente importa es cómo los jóvenes se vinculan con su teléfono: dificultad para dejar de usarlo, multitarea constante, incapacidad para desconectarse. Esto refleja un problema de relación más que de tiempo.
La ministra de Educación de la Ciudad, Mercedes Miguel, enfatizó que el estudio refleja un compromiso con mejorar el bienestar estudiantil y moderar el uso excesivo del celular. Destacó que prohibir su uso en las aulas en todos los niveles reveló un comportamiento similar a la abstinencia: los estudiantes compensaban en casa el tiempo que no podían usar el teléfono en clase.
Algunos jóvenes pasan hasta 11 horas diarias frente al celular.
Se mencionaron casos de adolescentes que usan el teléfono durante once horas, especialmente en TikTok, y se observó que las mujeres lo utilizan más tiempo que los varones. Las familias con menos recursos enfrentan mayor dificultad para establecer límites: “Los adultos reportan que sus hijos toman sus celulares y se quedan despiertos viendo TikTok toda la noche”, explicó.
Las redes sociales están bajo el foco por parte de las autoridades, quienes denuncian una “competencia injusta”, refiriéndose a cómo estas plataformas están diseñadas para generar adicción, un desafío significativo para las familias.
Señales de riesgo y diferencias de género
En lo que respecta a salud mental, cuatro de cada diez estudiantes muestran signos de riesgo de depresión, más de un tercio reporta somnolencia diurna elevada, tres de cada diez presentan ansiedad, y uno de cada cuatro encaja con patrones de uso adictivo del smartphone. Aunque estos no son diagnósticos médicos, son alertas prioritarias.
La disparidad de género es destacable. Casi la mitad de las chicas alcanzan el umbral de alerta por depresión, comparado con poco más de una cuarta parte de los varones. En términos de ansiedad, la diferencia es mayor: cuatro de cada diez estudiantes mujeres están en riesgo, en contraste con menos de dos de cada diez estudiantes varones. Se recomienda desarrollar estrategias de apoyo que consideren esta desigualdad.
El uso excesivo de celulares entre los jóvenes incrementa el riesgo de desarrollar problemas como depresión y ansiedad.
El análisis muestra que la situación personal de cada joven impacta en su salud, pero también se observó que a medida que avanzan en secundaria, el entorno escolar influye más en su bienestar emocional. La carga académica, el ambiente de convivencia y la cultura institucional dejan huellas que se acumulan.
Iniciativas de las familias
Ante este panorama, se ha promovido la campaña Compromiso Familiar por Estudiantes sin Celular, que cuenta con más de 107,000 acuerdos en 1,300 instituciones. El enfoque es sencillo y poderoso: lograr que las familias de un curso acuerden no permitir el uso de smartphones hasta que los niños comiencen la secundaria y limitar el acceso a redes sociales hasta los 16 años. Cuando ocho familias de un curso acuerdan, se formaliza como un compromiso escolar.
Mercedes Miguel lo resume brevemente: al unirse las familias, la presión social disminuye y las relaciones se protegen mejor. Comentó que, al prohibir los celulares en las aulas, observaron en los estudiantes una especie de síndrome de abstinencia cuando llegaban a casa, compensando el tiempo no utilizado. También indicó que las redes sociales tienen una gran desventaja para las familias, dado que sus algoritmos hacen que los usuarios se enganchen fácilmente, un obstáculo difícil de superar en el ámbito familiar.
Un aspecto que las autoridades destacan es que ni el Ministerio ni las escuelas actúan como supervisores de estos acuerdos: no se verifica el cumplimiento en cada hogar. La idea es proporcionar una estructura para que las familias no enfrenten esta batalla solas, con talleres, recursos y una plataforma para firmar el compromiso junto a otros padres del mismo colegio. A esto se agregan otras medidas en curso, como aulas libres de celulares, filtros de contenido en redes escolares, el bloqueo de Roblox y sitios de apuestas, y campañas como “Aprendé a Desconectar”, para devolver al recreo el entorno de interacción presencial y conversación.
El informe deja claro que el problema no se soluciona solo contabilizando las horas de pantalla, sino analizando cómo se relaciona cada joven con su celular y qué papel desempeña en su vida diaria. Es un diálogo complejo para muchas familias, ya que también involucra a los adultos con sus propios hábitos frente a la pantalla, pero sigue siendo indispensable. Y los más de cien mil acuerdos firmados hasta ahora indican que un número creciente de familias en la Ciudad está listo para enfrentarlo.
MG
