El deseo de ser madre
Cada noche, al apagar las luces de su cuarto y recostar la cabeza sobre la almohada, Mabel Frías sentía una profunda sensación de vacío. Era una ausencia que no lograba entender completamente. Su mayor anhelo era convertirse en madre, pero los años pasaban sin concretarlo. Cumplió 40, luego 50 y llegó a los 60.
Un gran desafío a los 62 años
Pese a lo que muchos pensaban era ya un sueño inalcanzable, Mabel, a sus 62 años, ya jubilada, decidió seguir adelante con su deseo. Este miércoles, logró dar a luz a su primer hijo, David. “Familiares y amigos pensaban que solo estaba imaginando cosas o que me estafaron”, comenta en una entrevista con Clarín.
Buscando la felicidad completa
Mabel había experimentado muchas aventuras: viajó, amó, cumplió varias metas, pero su corazón seguía insatisfecho. “No encontraba paz. No importaba escribir un libro o plantar un árbol. Nada tenía sentido sin la maternidad”, expresa. “Con el paso del tiempo, uno siente un vacío que solo se llena al ser madre”, añade.
El camino hacia la maternidad
Siempre sintió la intuición de que sería madre algún día, aunque no esperaba que fuera a llegar en estos términos. “El deseo era fuerte en mí toda la vida, pero fue recién el año pasado que comencé a investigar al respecto”, relata.
Al acudir al instituto del doctor Matías Colabianchi, especialista en reproducción asistida, descubrió que su útero estaba en condiciones óptimas para llevar un tratamiento de fertilización in vitro. “Tenía un útero saludable, entonces pensé, ¿por qué no intentarlo? Nadie en mi vida ha marcado límites para mí”, dice Mabel.
La decisión estaba clara: sería madre a los 62. “Entré por esa puerta con la convicción de salir embarazada, y fue así”, comenta. Tuvo que recurrir a la donación de óvulos debido a su edad para lograr el embarazo a través de la fertilización in vitro.
“Todo salió perfecto. Ni un solo obstáculo. Me trataron como si tuviera 35 años. El embrión se desarrolló bien, el embarazo fue increíble y finalmente tuvimos a David”, relata Mabel con emoción.
El miércoles pasado, nació su bebé en el Hospital San Felipe de San Nicolás por cesárea, pesando 2,750 kilos. Aunque no puede amamantar, lo alimenta con biberón. Curiosamente, el nombre llegó a través de un sueño, donde hablaba con su hijo y lo llamaba David. Al despertar, decidió conservarlo.
“Siempre supe que sería un niño. Lo veía en mi mente. Es perfecto, tiene unos rizos preciosos”, narra con orgullo.
Sobre el donante del esperma, Mabel prefiere guardar silencio por razones de privacidad. Desde la habitación del hospital, se la oye plena y radiante. “Es imposible describir lo que siento”, afirma. Este viernes, tanto ella como su pequeño recibirán el alta.
No fue un recorrido sencillo. La incredulidad de amigos y familiares fue un obstáculo. La tildaban de loca o pensaban que había sido engañada. “No me creía nadie. Me decían que fuera valiente y mejor adoptara un hijo”, comenta.
Muchos le hicieron sentir que había perdido su oportunidad. “El tren siempre está ahí, no solo pasa una vez. El miedo paraliza y uno deja de intentar”, dice sobre las críticas recibidas. Sin embargo, ella decidió continuar, sin permitir que la influencia negativa de los demás la detuviera.
Mabel decidió mantener su proceso en secreto. “Lo hice todo en silencio. Apenas mi hermana estaba al tanto, pero tampoco lo creía”, asegura. Ella cree que las personas a menudo se conforman por miedo, sin ir tras lo que realmente desean.
Describiéndose a sí misma como una mujer rebelde, Mabel siempre ha ido en contra de los convencionalismos. “Mientras todos van a la izquierda, yo voy a la derecha. Se trata de tener seguridad en uno mismo, aunque muchos no lo entiendan”, concluye.
Cuando la noticia sobre su maternidad se hizo pública, muchas mujeres en su entorno sintieron estremecimientos de incredulidad. Mabel se convirtió en la madre primeriza más longeva de Argentina, algo que muchos consideraban imposible.
“La salud lo es todo, no hay que temer. La ciencia está avanzada y solo hace falta reunir el dinero necesario”, comenta entre risas. Su hijo, nacido un 12 de agosto bajo el signo de Leo, lo ve como un símbolo de fortaleza, una cualidad que ella posee. La conversación termina con su hijo en brazos, mirándola con interés. “Sí, tengo 62 años. Logré ser mamá porque soy determinada”, finaliza Mabel.