El fenómeno de El Niño está cobrando fuerza rápidamente y ya está afectando el pronóstico meteorológico en Argentina para los próximos meses. Este fenómeno climático se caracteriza por largas series de días nublados. Recientemente, solo ha habido una docena de días completamente soleados en los últimos dos meses, y las previsiones futuras no son muy prometedoras para aquellos que esperan que el sol finalmente haga su aparición.
De acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), el escenario actual es típico de una fase cálida, con casi un 100% de probabilidades de que este fenómeno continúe durante los meses de agosto, septiembre y octubre. Durante julio, las aguas superficiales del Pacífico ecuatorial mantuvieron temperaturas superiores a las normales, especialmente cerca de la costa sudamericana. Diversos organismos internacionales coinciden en que este evento ganará intensidad hacia finales de año, siendo apodado por algunos medios como un “Súper Niño”.
Consecuencias meteorológicas
El organismo prevé que en gran parte del país se experimenten lluvias superiores a lo normal, con más días de cielos cubiertos. Esto podría dar lugar a una primavera más húmeda y nublada de lo habitual en varias regiones del país. Sin embargo, el impacto será diverso; por ejemplo, en áreas centrales como Córdoba, la tendencia histórica indica un patrón más equilibrado en comparación con el Litoral, donde las precipitaciones podrían ajustarse más a la norma, evitando un aumento significativo.
Efectos en la salud mental
Más allá de los paraguas y los caminos fangosos, hay un aspecto poco discutido de estos períodos nublados: su impacto en nuestro organismo cuando el cielo permanece cubierto por semanas. El biólogo y divulgador Diego Golombek lo expone a través de la cronobiología, ciencia que examina los relojes biológicos que regulan nuestro cuerpo, y que ha ganado popularidad en años recientes para explicar por qué algunas estaciones nos afectan más.
Según Golombek, nuestro cerebro contiene un reloj biológico que necesita señales ambientales para mantenerse en sintonía. La luz exterior es el principal “dador de tiempo” o zeitgeber. En días tan nublados y relativamente oscuros como los que trae el actual contexto climático, esa señal se debilita, ofreciendo un estímulo menos preciso para ajustar el reloj.
Cuando esto sucede, puede que el cuerpo adelante la liberación de melatonina, hormona que señala que es de noche. Esto no convierte a la melatonina en un reloj per se, pero actúa como mensajera horaria. El efecto práctico es que el sistema se adelanta: nos sentimos más inclinados a dormir antes y el sueño nos vence más temprano de lo habitual.
Pero el impacto no se limita al sueño. La luz también afecta directamente a ciertas moléculas relacionadas con nuestro ánimo, siendo la serotonina una de las principales. Golombek afirma que “de alguna manera, la luz es el combustible del reloj biológico”, activándolo y dándole vigor. Cuando dicho combustible escasea, los niveles de serotonina pueden disminuir, lo que se traduce en menor energía y un ánimo decaído.
Golombek aclara que, si bien el ánimo puede verse afectado, no se trata de un cuadro depresivo. Existe, no obstante, un trastorno específico asociado a la carencia de luz, el trastorno afectivo estacional (SAD, por sus siglas en inglés), que es más frecuente en latitudes extremas, como el norte de Europa o Ushuaia, donde los días de invierno son muy cortos. A diferencia de otras depresiones, este cuadro se trata con luz a través de fototerapia o luminoterapia.
Recomendaciones para enfrentar la falta de luz
Ante un panorama de meses con más nubosidad y lluvias de lo habitual, la recomendación de Golombek es clara: salir a la calle de todas maneras. Según explica, el sistema circadiano es sumamente receptivo a la luz, por lo que incluso un día gris, con luz tenue a simple vista, sigue siendo mucho más efectiva que la iluminación en interiores y sirve para ajustar el reloj biológico manteniendo el optimismo.
A esto se le suman acciones cotidianas como aprovechar las ventanas al máximo, ajustar la orientación de oficinas, escuelas y espacios públicos para permitir más entrada de luz natural y, cuando esta no sea suficiente, incrementar la iluminación artificial durante el día, ya que también ayuda al reloj biológico.
Otra recomendación de Golombek es mantener una rutina regular. Aunque siempre ha sido importante la calidad y cantidad del sueño, se ha descubierto que exponerse a la luz diurna contribuye a un mejor sueño nocturno. Ahora bien, añade un tercer factor: la regularidad en los horarios. Dormir y despertar a la misma hora diariamente fomenta un sueño más reparador, con numerosos beneficios para el cuerpo y el estado de ánimo.
En conclusión, la próxima primavera estará marcada por un ambiente más húmedo y nublado debido a un intensificado fenómeno de El Niño, mientras el cuerpo, carente de luz, tiende al letargo. Ninguna de estas situaciones es alarmante —como menciona Golombek, no es el fin del mundo— pero son una buena razón para buscar el sol cuando aparece entre las nubes, ventilar adecuadamente y respetar los horarios de sueño durante los periodos de cielos grises.
MG
