En su casa, Nancy ha levantado un altar con sus propias manos. Como puede, se adentra en el agua del río, abriéndose camino hasta llegar a la figura de su Virgen de Itatí, su protectora en momentos difíciles.
Lleva su mano a la boca, besándola, y luego extiende esa caricia a la representación de Itatí. El santuario se encuentra suspendido en una pared cuya pintura verde está descascarada, pero su altitud lo preserva del desastre que se desarrolla en el suelo.
La Lucha Diaria con el Agua
Los pies de Nancy están cubiertos y no se ven, lo mismo ocurre con algunos muebles y los juguetes de sus nietos. Ella comprende que no fue algo repentino, pero no había presenciado antes cómo el agua inundó su hogar este lunes por la mañana. Este es su hogar en Itatí, a 70 kilómetros de Corrientes capital.
“Nosotros tenemos mucha fe. Pero ya no le pido a la Virgen, pues recientemente ella me concedió el milagro de la vida de mi hija. Mi hija enfrentaba un cáncer de mama, y hasta ahora todo salió bien. Lo agradezco cada día al despertar. Soy alguien que da, no importa qué. Me siento viva al ayudar, sé lo que es pasar por penurias. Esto mejorará si es la voluntad de Dios”, confiesa en una charla con Clarín.
Entre la Fe y la Resiliencia
Nancy González se ve como una persona ingeniosa. Es evidente que siempre esboza una mirada optimista hacia el futuro. Sin embargo, también se percibe que esa fuerza y alegría son una manera de proteger a su familia: sus tres hijas, seis nietos, e incluso su esposo.
Con una sonrisa que intenta mantener, una sencilla pregunta rompe en segundos con la fortaleza que ha sostenido durante días.
—Cuando despertaste y viste el agua dentro de tu casa, ¿qué sentiste?
Se toma unos momentos para responder. Detrás de la sonrisa y el optimismo se asoman sus ojos empañados, los labios apretados y una lágrima solitaria que baja hasta el mentón.
“No pude evitar llorar, el dolor es insoportable. ¿Entiendes? Este es el fruto del trabajo, y ver cómo esas cosas se pierden es devastador. No es una situación fácil”, relata Nancy mientras navega por su hogar esquivando los muebles para mostrar la situación en su cocina.
En su cocina está la nevera que todavía funciona, posicionada sobre un mueble. Igual suerte corrió el colchón donde durmió la última noche antes de que el Paraná invadiera su residencia. Otros colchones se apilan en habitaciones, intentando resguardarlos de la inundación.
Pocas pertenencias logró subir al improvisado entrepiso que construyeron aceleradamente para salvar lo poco que pudieron.
A pesar de la adversidad, Nancy reúne ropa en bolsas, destinada a los vecinos que se encuentran en las áreas más afectadas, familias enteras que han quedado completamente aisladas, especialmente en el barrio Ibiray.
Actualmente, los vecinos recurren a botes y lanchas para ir y venir, transportando alimentos. Los más osados se sumergen hasta la cintura en el agua para tratar de mantener el acceso a sus hogares.
Nancy ayuda en lo que puede, pero es consciente de que no falta mucho para que el agua alcance también su casa, dejando a su familia en una suerte de isla en medio del feroz caudal del Paraná.
“Por ahora no necesitan tanto, pero cuando esto pase… cuando las cámaras ya no estén, mucha gente va a necesitar ayuda, y eso duele. Siempre hago por los demás. Aunque no sea por mí, Dios siempre me recompensa. Pero veo a esa gente que no encuentra palabras, o que guarda el dolor en silencio. Los políticos solo aparecen para sacarse fotos”, expresa la vecina.
La costa de Itatí infunde temor. La costanera ya no está, los puentes están cubiertos de agua y los campings han desaparecido por completo. Los niños juegan en medio de gigantescos charcos.
La Basílica de la Virgen de Itatí se alza como un faro, siendo también el principal testigo de los eventos que transcurren a apenas dos cuadras de distancia.
Más allá de la casa de Nancy, se llega a un cruce que ya no existe. Para cruzarlo con seguridad, se habilitó un puente provisional, una especie de pasarela en medio del camino. Por ahí transitan niños, adultos y hasta animales.
Omar Donosio es uno de ellos, cruzando con su bicicleta en brazos. Viene desde el barrio Ibiray, que también ha sido afectado por la crecida.
Ese barrio, explica, cuenta con dos accesos con muchas cabañas destinadas a pescadores y turistas. Actualmente, sus residentes están entre quedarse o abandonar sus hogares ante la suba inminente de las aguas. Nadie sabe con certeza qué ocurrirá la próxima semana en este mismo lugar.
“El agua ya ha alcanzado un metro de altura. Si continúa subiendo, comenzará a destruir las casas. De momento, resistimos y observamos. Si es necesario elevar los muebles, espero que me ayuden con una lancha. No he querido mover nada aún. Mis vecinos dicen que el agua no llegará hasta aquí, pero pienso que sí nos afectará”, expresa a Clarín.
Mientras Omar comenta, otro residente aparece llevando a su perro en brazos para evitar que se empape con el agua del río, en un contraste con otros perros que nadan en medio de la corriente.
“La situación es caótica. En 2023 experimentamos algo similar, pero de menor magnitud. Esto es mucho peor”, añade Omar.
Las declaraciones de Omar reflejan la realidad actual. Según estimaciones de la Prefectura Naval Argentina, el río Paraná llegó este lunes a los 8,24 metros, superando el umbral de evacuación y rompiendo el récord de la inundación de 2023, cuando alcanzó un pico de 8,07 metros en Itatí.
Se habla de aproximadamente 300 personas evacuadas en esta localidad. Bruno Lovinson, director de Defensa Civil de Corrientes, indicó a Clarín que la fuerza de la crecida podría impactar severamente en toda la región durante esta semana.
¿Cómo se sienten los residentes de Itatí? Nancy expresa angustia y desesperación. Un conflicto interno también, entre quedarse o marcharse.
“Ayer era domingo, Día de la Madre. Estábamos afuera, sentados. Mi nieto más pequeño se sentó solo y comenzó a observar la subida del agua. Le tomé una foto, me partió el corazón. ¿Ves el agua? Estaba lejos todavía, no había invadido mi hogar. Pero por la noche, cruzó el umbral de mi casa. Y por la mañana, al despertar, estaba por todas partes”, relata la vecina.
Corrientes. Reportaje especial
MG
