La pasión de Mamá Artiaga
A Graciela Rodríguez difícilmente alguien la llame por su nombre de pila. Haciendo uso del apodo “Mamá Artiaga”, es como todo el mundo la conoce. Bajo este nombre operan sus redes sociales, particularmente su cuenta de Instagram, donde varios de sus videos han captado la atención masiva. Su apodo encapsula su razón de ser: ser el corazón y alma de la famosa confitería situada en Saavedra, recientemente nombrada la mejor panadería tradicional del mundo según una prestigiosa revista inglesa.
Un legado de panaderos
Mamá Artiaga creció literalmente rodeada por el aroma a pan. “Vivíamos prácticamente en la panadería, me acunaron en un cesto debajo del mostrador y me alimentaron con vainillas”, rememora. Esta historia, que ella no puede recordar por razones obvias, fue relatada por Antonio y Alba, sus padres, quienes le legaron la tradición panadera.
Raíces familiares y expansión
Con nostalgia, Graciela hace alusión a sus progenitores: “eran gallegos” que manejaban una panadería alquilada cerca del emblemático Caminito, en La Boca. A los 15 años de Graciela, la familia pudo adquirir un local propio en Saavedra, respetando el nombre ya establecido de Artiaga debido a la creencia de que era de mal augurio cambiarlo. La mudanza fue criticada por otros panaderos del barrio, pero era el sueño de sus padres tener algo propio.
Innovaciones y crecimiento del negocio
El establecimiento de Saavedra fue una oportunidad para comenzar de nuevo. Los anteriores propietarios solo vendían pan y algunas facturas. Con visión empresarial, su madre, que también era pastelera, introdujo la pastelería, atrayendo a clientes de lugares lejanos. Graciela recuerda con agradecimiento cómo sus padres transformaron el negocio, ampliando la oferta de productos y haciendo crecer la reputación del lugar.
En sus tiempos de juventud, Graciela ya se encargaba sola del mostrador mientras su padre trabajaba con otros panaderos y su madre se encontraba en Liniers por motivos laborales. Con el tiempo, la panadería creció hasta contar con 60 empleados, gracias a la dedicación y el esfuerzo familiar.
A sus 63 años, Graciela lidera la producción, famosa por sus exquisitos panettones y sus sándwiches de miga. Bajo su dirección, la panadería despacha diariamente cantidades de comida que muchos restaurantes envidiarían.
La oferta culinaria se amplió en 2005 debido a una situación inesperada. Un cliente mayor, afectado por hipertensión y diabetes, necesitaba ayuda con las comidas y Graciela decidió ofrecerle comida casera. Desde entonces, el servicio de comidas se ha expandido con múltiples opciones diarias cocinadas por un equipo de seis chefs, satisfaciendo a una clientela creciente.
Una historia particular en la extensa trayectoria de Mamá Artiaga es la de un lechón navideño que desapareció misteriosamente, causando gran consternación en su padre. Sin embargo, su capacidad para adaptarse y superar dificultades ha sido una constante en su vida profesional.
Para las celebraciones de fin de año, Artiaga ofrece una variedad de platos tradicionales. Aunque no es posible hornear lechones debido a restricciones actuales, Graciela sigue innovando en su cocina. Sus hijos, profesionales en diversas áreas, han sido clave para la modernización y el crecimiento sostenido del negocio.
Según Graciela, sus hijos desempeñan roles fundamentales: José es economista, Juan es administrador de empresas y Marisol es especialista en marketing. Aunque bromea con que le falta un abogado, se siente satisfecha y agradecida por el aporte de cada uno al negocio familiar.
Mamá Artiaga se siente profundamente comprometida con su negocio, al que llama su terapia y su refugio. A pesar de mostrarse tímida en público, en el ambiente de su panadería se transforma, irradiando pasión y dedicación en cada tarea que realiza.
