Un domingo por la mañana, es habitual encontrarse con el inconfundible anuncio que resuena desde una camioneta: “¡Compro heladeras, cocinas rotas, lavarropas averiados, calefones… compro de todoooo!” Esa voz, amplificada por un megáfono en la parte superior de una vieja camioneta, se cuela en el silencio matutino de los barrios. Para muchos, es simplemente un ruido molesto; para otros, una oportunidad de deshacerse rápidamente de aquello que ya no usan.
Los chatarreros son parte de una tradición local en Argentina, aunque también se ven afectados por la situación económica actual. Sin embargo, cada nuevo día, atentos al llamado de cualquier vecino o buscando residuos en las aceras, se lanzan a la calle con el propósito de ganarse la vida.
Motivados por la necesidad, estos trabajadores sueñan con hallar algún trozo de metal que les permita alimentar a sus familias. Para ellos, la chatarra que otros desechan en Buenos Aires y sus alrededores tiene un gran valor, convirtiendo lo que parece desecho en un recurso preciado.
Son la primera parte de una compleja cadena de reciclaje que incluye depósitos, vendedores de metales y carpinteros. A través de su labor, transforman objetos como electrodomésticos viejos y tuberías oxidadas, además de otros desechos, en materia prima útil para grandes fábricas.
El legado del anuncio en altavoz
Raúl Daniel Candal es uno de los veteranos conductores de estas camionetas emblemáticas. Con 60 años y una vida ligada a la chatarra, Raúl recorre las zonas de Barracas, San Telmo y La Boca, partiendo desde Avellaneda, donde es bien conocido. Sin embargo, su faena diaria enfrenta los desafíos de una economía difícil. “El chatarrero honesto enfrenta el hambre”, declara.
Raúl siguió los pasos de su padre, quien era botellero. Al terminar sus estudios, se unió a este oficio con la firme resolución de seguir la tradición familiar: “quiero ser botellero, como tú lo fuiste en tu tiempo”, le dijo a su padre. Así comenzó su recorrido, primero con un carro y un caballo.
A lo largo de los años, las herramientas han evolucionado, pero la necesidad sigue presente. Raúl sale temprano en la mañana y no retorna hasta la tarde, luchando cada día por conseguir lo suficiente para el sustento diario de su familia.
Su trabajo no solo le sustenta a él, sino también a su esposa e hijos, quienes también se dedican a la chatarrería con igual vigor y tenacidad. Compran metales, electrodomésticos en desuso y otros objetos que la gente deja en las veredas. Sin embargo, los precios fluctúan constantemente, haciendo que sus ingresos sean impredecibles.
Raúl considera que su labor va más allá de lo económico. “Para mí es una pasión, porque no sé hacer otra cosa”, confiesa, haciendo evidente su conexión con esta forma de vida.
Navegando entre plástico y metal
Luis Ángel “Pata” Lamas gestiona un depósito en Gregorio de Laferrere, enfrentándose a un comercio medido en toneladas de material acumulado, no en distancias recorridas. Junto con su equipo, clasifica minuciosamente plásticos y metales, estableciendo su negocio para subsistir.
Su vínculo con el reciclaje comenzó en su juventud, cuando se involucró en el negocio familiar del reciclaje de botellas. Hoy, recibe materiales de camioneros que llegan a su depósito, donde se encargan de seleccionar aquello que puede ser reciclado.
Luis no busca chatarra en las calles, pues depende de los transportistas. Detalla que incluso el más mínimo error al clasificar puede volver inútil toda una carga. La precisión es clave para separar correctamente cada material recicable.
El enfoque de su depósito no incluye metales preciosos debido a su alto costo, centrándose en plástico y hierro. Con ello, el negocio genera importantes ingresos mensuales para sus trabajadores, aunque sin seguridad económica constante.
A menudo, Luis y sus colegas enfrentan problemas legales debido a las normativas ambientales, lo que suma presión a un trabajo ya precario. Sin seguro médico ni jubilación, su oficio es una solución temporal con un futuro incierto.
El engranaje oculto de los recicladores
En la otra punta de esta cadena está Marcelo, quien administra una fundición de aluminio. Compra material a los depósitos y, a través de su fundición, el metal se convierte en perfiles que luego serán transformados en puertas, ventanas y muebles.
Aunque su trato directo no es con los chatarreros, reconoce el papel crucial que juegan en esta cadena de reciclaje. Las ganancias se concentran mayormente en los depósitos, que funcionan como intermediarios esenciales entre los recolectores de calle y las industrias.
El aluminio es un recurso codiciado por su ligereza y versatilidad, favorecido para nuevas producciones industriales. Entre 35.000 y 45.000 toneladas de este metal se recuperan anualmente, aunque la contribución de los chatarreros es difícil de cuantificar debido a su naturaleza informal.
En este ciclo, un objeto desechado por una familia puede reencarnar en un producto nuevo, cerrando el círculo del reciclaje y demostrando que, en esta economía oculta, nada se pierde, sino que todo se transforma.
