Puedo afirmar que mi vida cambió casi sin darme cuenta. Durante mi adolescencia, era un joven introvertido, ingenuo y muy emocional. Me movía por la vida en busca de afecto, como un perro callejero anhelando ser querido por alguien. En aquel entonces, no comprendía bien el valor de las miradas cómplices ni del afecto auténtico, ya que nunca había salido con una chica ni intercambiado besos, excepto robados en juegos infantiles. Sin habérmelo propuesto, antes de vivir mi primer romance, ya me sentía culpable por pensar en la posible muerte de mi madre.
Enfrentando el miedo y la culpa
En esos días, mi madre había hecho varios intentos fallidos de quitarse la vida con pastillas. Yo, a veces, intentaba alejarle el peligro ocultándole el frasco, pero ella siempre lograba encontrarlo. Vivíamos en un ambiente tenso, donde la tristeza era constante. Ella no lloraba por la partida de mi padre, sino por la pérdida de su propio padre, mi abuelo —quien falleció incluso antes de que yo naciera. En casa había un retrato suyo: un hombre alto de cabello blanco que parecía vigilar desde la pared. Aspiraba a ser como él, pensando que si lo lograba, mi madre encontraría consuelo.
Una decisión transformadora
Mi madre deseaba reunirse, aunque solo fuese un instante, con su padre fallecido. En mi joven mente, si me convertía de alguna forma en una representación viva de mi abuelo, quizás podría devolver la felicidad a mi madre. Lamentablemente, la realidad era otra. Cansado de la rutina de amenazas y miedo, opté por buscar un refugio lejos de la incertidumbre de nuestro hogar. A los quince años, me decidí a marcharme, dejando atrás a mi madre. Recuerdo salir silenciosamente, entre lágrimas, mientras el ruido del televisor de su habitación se escuchaba a lo lejos. El sentimiento de traición y culpa me acompañó en el trayecto hasta donde vivía mi padre.
Reconectar desde el entendimiento
Años después, mi vida cobró un nuevo sentido cuando dejé Argentina tras la crisis del 2001. Me instalé en un país nuevo y cambié de rumbo profesional, entrando en el campo de la psicología y dedicándome a la prevención del suicidio. Fue un giro inesperado que me llevó de vuelta, emocionalmente, a mi madre al escuchar voces que reflejaban su sufrimiento y maneras. Esa conexión inesperada me permitió entender que su comportamiento no era maldad, sino un grito silencioso en busca de amor y atención.
Recientemente, fui a visitar a mi madre en la residencia donde vive actualmente. Al mirarnos, ella ya no recordaba quién era yo, pero esta vez, eso no importó. Nos abrazamos con la misma cercanía de siempre, pero desde un lugar más saludable, donde cada uno somos responsables de nuestra propia vida.
Las historias entre madres e hijos suelen tener muchas facetas. En mi caso, aprendí una importante lección: puedo amar a mi madre sin intentar rescatarla, permitiéndome vivir mi propia vida, libre de culpas y sombras del pasado.
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* En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires, la línea 135 está disponible en el Centro de Asistencia al Suicida. Para llamadas desde todo el país, los números a disposición son el 0800-345-1435 y el 011-5275-1135.
