Adentrarse en la temática del narcotráfico significa entrar en un mundo de violencia extrema: nombres y rostros de capos, cárteles poderosos, sicarios al acecho, vidas truncadas, personas desaparecidas, fosas clandestinas, armamento, corrupción desenfrenada, impunidad rampante, injusticias palpables, madres desesperadas buscando hijos, el incesante dolor.
La transición de la pluma a la cocina
Mi carrera en esta línea comenzó en 2008, coincidiendo con un escándalo en Argentina relacionado con el tráfico de efedrina, donde narcotraficantes mexicanos habían elegido Buenos Aires como base de operaciones. En México, hacía dos años que Felipe Calderón había comenzado una “guerra contra el narco” que, en lugar de combatir el crimen, amplificó la violencia, las violaciones a los derechos humanos y transformó a los periodistas en un blanco. México se convirtió en un lugar extremadamente peligroso para la prensa.
Residiendo en Buenos Aires desde 2002, me desempeñaba como corresponsal extranjera aunque continuaba visitando México regularmente. Durante uno de esos viajes, participé en la primera manifestación para denunciar los ataques a periodistas, lo que me motivó a escribir un libro centrado en la historia de narcotraficantes mexicanos en Argentina, desde Amado Carrillo Fuentes hasta aquellos que traficaron efedrina para fabricar metanfetaminas. Este libro, llamado “Narcosur” (Marea, 2013), tuvo un impacto inesperadamente amplio debido a los crecientes escándalos narcopolíticos en Argentina.
Encuentro con una nueva pasión
En 2015, publiqué “Todo lo que necesitas saber sobre el narcotráfico” (Paidós), que amplió mi perspectiva para abordar el negocio del narcotráfico a nivel mundial. En 2017, salió “Narcofugas” (Marea), que cosechó el premio FOPEA, abordando el fracaso de las políticas de drogas en Argentina. Sin embargo, la forma en que el narcoliteratura emergió me empezó a provocar un sentimiento de rechazo.
La literatura sobre narcotráfico comenzó a poner en el centro a periodistas que se mostraban como héroes a costa de las auténticas víctimas. publicados con tintes de morbo y terror que sostenían estereotipos dañinos hacia México, y temía ser parte de eso. Empecé a dudar sobre el sentido de mis escritos. No deseaba ser una periodista centrada en un único tema sombrío y rechacé más entrevistas y proyectos sobre narcotráfico.
La pérdida de mi madre en marzo de 2020, diez años después de mi padre, me dejó devastada, pero fue un catalizador inesperado para volver a mis raíces: la cocina. Recurrí a las recetas de mi madre, una comerciante de comida callejera en la Ciudad de México, para recuperar un sentido de conexión y consuelo.
Mis incursiones en la cocina se afianzaron durante el confinamiento por la pandemia. Junto con mi amiga Albertina, comenzamos a vender comidas por pedido, usando las recetas de mi madre, con considerable éxito. Esto me llevó a alejarme de la temática del narcotráfico y sumergirme en el mundo de los sabores y platos mexicanos.
Dejar atrás la investigación sobre el narcotráfico me permitió abrazar una luz distinta: la gastronomía mexicana y su rica diversidad cultural e histórica. Reanudé el contacto con las recetas y comencé a ofrecer talleres de cocina que se convirtieron en espacios de encuentro y aprendizaje colectivo.
Mis nuevas actividades me han reafirmado la importancia de no reducir a México a la narrativa de la violencia y el narco; nuestro país es también un crisol culinario inagotable. Ahora, disfruto de explorar nuevos ingredientes, estudiando la gastronomía como un evento cultural y político, mientras comparto lo aprendido a través de mis clases y proyectos editoriales.
Cocinar es, además, una forma de duelo y recuerdo. Cuando preparo tortillas o cocino frijoles, me siento cerca de mi madre, a quien no le agradaba mi trabajo escribiendo sobre narcotráfico. Estoy segura de que estaría feliz de saber que ahora me enfoco en un camino que revaloriza nuestra cultura gastronómica.
