En la intersección de las calles Ladislao Martínez y Albarellos, cerca de la zona peatonal de Martínez, se encuentra una casa peculiarmente decorada en tonos violetas, adornada con mariposas y flores en sus paredes, y una imponente escultura de hierro de una mariposa monarca en el jardín. Este lugar capta la atención de todos los transeúntes. Para Juana, una joven de 25 años que vive con síndrome de Down, este lugar es como su segunda casa. Desde hace un año, ella cruza sus puertas, se coloca su delantal del mismo color e inicia su día de trabajo. Aquí, Juana se encarga de atender a los clientes, tomar sus pedidos, preparar las bebidas y gestionar los pagos.
Este es el hogar de Casa Monarcas, un establecimiento que combina un café, un vivero, y un centro cultural donde convergen personas con y sin discapacidades en un entorno laboral integrado. Juana fue una de las primeras personas en unirse al equipo. “Me siento afortunada de estar aquí, mis compañeras traen felicidad y tienen entusiasmo”, cuenta. Su objetivo es ahorrar para visitar a su hermana que reside en Nueva Zelanda.
Un proyecto inspirador dirigido por Fernanda Bardón Font
Fernanda Bardón Font, quien fue una de las finalistas del renombrado Premio Abanderados Fundación Noble, es la ingeniosa detrás de esta iniciativa. Pese a ser ingeniera agrónoma, decidió junto a su esposo emprender este noble proyecto que ofrece oportunidades laborales a personas con capacidades diferentes e impulsa su integración en actividades cotidianas.
La idea nació cuando la pareja reflexionó sobre el futuro de su hija Malena, que tiene síndrome de Down. “Al finalizar la educación, muchas personas con discapacidad se encuentran sin espacios de socialización y dependen más de sus familias”, explica Fernanda. Por ello, fundaron Casa Monarcas cuando Malena era apenas una niña de 7 años.
“No quería esperar a que creciera para comenzar a construir el entorno deseado para ella”, comparte Fernanda.
Elección estratégica de ubicación
La elección del sitio fue una decisión crucial para el proyecto. “Era importante que el lugar fuera atractivo para captar la atención de todos”, comenta Fernanda. La meta era abrir un espacio en un lugar concurrido que facilite la interacción diaria con la comunidad. “Queríamos mostrar lo maravilloso que puede ser la discapacidad”, añade.
El inicio no estuvo exento de retos en temas de inclusión: “mucha gente del área no sabía cómo relacionarse con los chicos”, rememora Fernanda.
A poco menos de dos años desde su apertura, la casa se ha convertido en un símbolo. “Los vecinos y clientes que venían por un café ahora conocen a los chicos por sus nombres, conversan con ellos y regresan”, relata.
Un espacio diverso y lleno de talento
Quienes cruzan las puertas del establecimiento descubren que el café es solo una parte de Casa Monarcas. Los muros albergan exposiciones de artistas con discapacidades, quienes además venden sus obras; las habitaciones acogen cursos variados de fotografía, cerámica, dibujo, alfarería y muchas otras disciplinas artísticas; mientras que el exterior alberga un vivero con una amplia colección de plantas autóctonas. También tienen un Taller de Oficio, dedicado a formar en tareas de atención y servicio.
Un sueño del proyecto fue siempre crear oportunidades para muchas personas. Por eso, Fernanda se aseguró de que todos los proveedores fueran emprendedores con discapacidad o proyectos inclusivos. Por ejemplo, los productos libres de gluten son suministrados por Celi de Olivos, mientras que El Lucero del Alba les proporciona brownies, cuadrados de coco y otros productos de repostería, y muchas plantas provienen de Los Huerteros de San Isidro.
Lo mismo sucede con las obras en exposición. Todos los artistas son parte de Proyecto Eje, un taller inclusivo dirigido por Nora Corvaleti, quien ha estado comprometida con la diversidad durante 47 años.
En la actualidad, cinco personas con discapacidad trabajan en el café; otras 12 participan en el taller formativo y más de 140 son proveedores o venden sus productos a través de Casa Monarcas.
“Con los chicos hemos creado una comunidad. Este lugar es su refugio. Aquí encuentran sentido de pertenencia y estabilidad”, expresa Fernanda. Al pensar en el futuro, sueña con su hija rodeada de amigos, impulsa el café y ayuda a otras personas a conseguir empleo. “¿Por qué no?”, se pregunta.
Juana concluye: “Somos capaces de lograr lo que sea. Los interesados en conocer de cerca el síndrome de Down, están invitados a venir”.
