Encuentro inesperado en el aeropuerto
“¿Sos vos, Agustina?”. Era tarde en el aeropuerto de San Francisco, alrededor de las 22, y quedaban 15 minutos para el embarque. Agustina Gallo, de 32 años, estaba charlando con su pareja y disfrutaban de un momento de alegría. Planeaba volar a Atlanta para asistir al partido de Argentina contra Inglaterra.
De repente, apareció un grupo de siete hombres vestidos completamente de negro, con gorras y gafas de sol. Se aproximaron llevando mapas, simulando ser viajeros, y formaron una barrera entre Agustina y su pareja. “¿Sos Agustina?”, preguntaron. “Sí”, contestó ella, visiblemente confundida.
“Necesitamos hacerte unas preguntas, acompáñanos”, le explicaron. La condujeron a una pequeña habitación donde le colocaron esposas. “Somos del ICE”, le dijeron. Al escuchar esas palabras, recuerda Agustina relatando al Clarín, que sintió como si el mundo se le cayera encima. ICE son las siglas de Immigration and Customs Enforcement (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).
Uno de los agentes la revisó mientras otro le colocaba las esposas detrás de su torso, cubriéndolas con un abrigo. Fue escoltada fuera del aeropuerto por dos hombres.
Afuera, la esperaba una camioneta blanca, sin ventanas ni identificaciones. Una oficial utilizó cadenas para atar sus pies, cintura y unir sus manos a la cintura. Agustina recuerda que eran pesadas y dolorosas.
El espacio dentro del vehículo era sumamente reducido. “El lugar era estrecho. Yo sufro de claustrofobia y las puertas apenas dejaban una pequeña ventanilla con agujeros para ver algo de la calle”, comenta.
Ver las cadenas la hizo estallar en llanto. Luego de una hora, la camioneta arrancó, mientras los oficiales se comunicaban por radio, riéndose. “The next body arrived”, comentaban. Ese término, “cuerpo”, quedó grabado en su mente. No se referían a personas, sino a “cuerpos”. Eran palabras intercambiadas sobre a quién seguirían, dónde, y a qué hora. Esa noche, según su relato, en el aeropuerto detuvieron a cuatro personas, siendo ella la primera.
“Ellos sabían exactamente quién era yo, porque se dirigieron directamente a mí sin dudar”, apunta.
Una vida entre México y Estados Unidos
Agustina es periodista. En 2018, se trasladó a México para un voluntariado y decidió quedarse. Reside allí, pero desde el 2020 viaja con frecuencia a California. Se desplazaba en una casa rodante adaptada donde vivían su perro Selmo, su pareja, amigos y lo que callaba familia.
Entraba y salía de los Estados Unidos usando su pasaporte italiano y visa de turista europea. Este patrón de viaje continuó durante años, hasta que decidió extender su estancia.
Ya había volado antes para el primer juego de Argentina sin contratiempos. El objetivo siguiente era llegar a Atlanta. Ir en auto suponía un trayecto de día y medio. Era consciente del riesgo: su permiso había expirado. Llevaba seis meses en situación irregular. “Nos aventuramos en avión antes y no ocurrió nada, así que continuamos”, menciona, mientras ceba un mate.
Aquel día, llegó al aeropuerto a las 20 horas y fue detenida dos horas después.
Tras su arresto, fue trasladada por tres ubicaciones hasta una prisión en California City.
Las camionetas del ICE no tenían insignias. “Podrías pasar junto a una en la autopista y no notar nada”, recuerda.
Luego estaban las “heladeras”, como apodaban los detenidos a las celdas del ICE. Eran cámaras minúsculas de cemento con una diminuta ventana rectangular. El aire acondicionado estaba en máximo y el frío era insoportable. Las luces permanecían siempre encendidas.
En una de estas celdas, le entregaron una colchoneta y una manta de aluminio, tal como en las películas. La comida consistía en un diminuto burrito de queso y frijoles, junto con un jugo.
En la última estación, se inició el proceso formal. Había anuncios con números de consulados y explicaciones sobre opciones para salir de Estados Unidos. Agustina vio un cartel sobre salida voluntaria y lo solicitó. Solo deseaba marcharse. Le respondieron que no calificaba para salida voluntaria, solo deportación. No hubo explicación clara.
Agustina comprende inglés, pero insuficientemente para discutir temas legales con plena seguridad. Solicitó asistencia en español. “No tenemos”, le replicaron, según su declaración. Al intentar explicar su deseo, le respondían: “¿Qué? No comprendo”. Se le presentaron documentos para firmar, lo hiciera o no.
Más adelante, al revisar su expediente con su abogada, descubrió documentos que asegura no haber firmado. “Supuestamente, firmé una renuncia a mis derechos como ser humano”, revela asombrada. Desde entonces, se le designó un “número de alien”, un identificador de nueve dígitos. “Dejé de ser un nombre, pasé a ser un número”, describe.
Vida diaria en detención
Al llegar a la prisión de California City, en pleno desierto, pasé la mayor parte de los 15 días detenida. “El lugar era sucio, sombrío, con un olor desagradable. Las luces siempre activas y el aire helaba”, detalla.
No había acceso a agua potable. Solo había 12 duchas, de las cuales funcionaban seis: tres ofrecían agua fría y tres caliente.
En su sección había 85 mujeres, mayormente inmigrantes sin antecedentes penales. Provenían de diversos países, con algunas allí detenidas por hasta dos años.
El lugar constaba de siete teléfonos fijos y 20 tabletas diseñadas para el centro de detención. Aquí, Agustina descubrió otro aspecto del sistema: el dinero. Al ser detenida, cada mujer tenía una cuenta. Si portaba efectivo, podía depositarse. Los familiares también podían enviar fondos desde afuera utilizando una aplicación.
Con ese dinero compraban tiempo para llamar, enviar mensajes, hacer videollamadas o adquirir artículos. En los fines de semana, abría una tienda virtual para comprar Coca-Cola, papas fritas, sopas y otros productos. Ese dinero también permitía comprar entretenimiento. Una hora de música costaba 7 dólares, una película 10, y un par de zapatillas 30. Incluso podían adquirir un nuevo uniforme.
“Era un negocio”, afirma Agustina. Algunas mujeres gastaban hasta 1.000 dólares por semana. “Creo que cuanto más dinero gastas, más tiempo te retienen”, asegura.
Decidió gastar lo mínimo, usando sus recursos solo para comunicarse. “Es un mercado. Todo es dinero. Para ellos, eres un negocio”, insiste.
Incluso había mujeres que gastaban 1.000 dólares cada semana. Es obvio que les conviene retenerlas”, agrega.
Dificultades diarias
Conseguir una tableta o un teléfono también representaba desafío. Eran 85 mujeres para 20 tabletas y siete teléfonos. Cuando una oficial abría las celdas, todas corrían a hacer fila. Las tabletas eran motivo de disputa.
Se formaban grupos. Las ecuatorianas, según Agustina, ejercían un “monopolio” en la cárcel, dominaban y se salteaban en las filas, imponiendo sus términos.
Solo había dos microondas. Colocaban un vaso como indicador para que su grupo usara el turno prioritario.
Hubo enfrentamientos, pero Agustina optó por mantenerse al margen. “No quería pelear, solo buscaba salir”, admite. Por esto, ni trató de calentar su té, lo bebía frío. A la noche, dejaba hielo derritiéndose con una bolsita de té. Dado que no había agua potable, derretían hielo de una máquina exterior que los oficiales facilitaban.
La comida “era repugnante”, dice Agustina. Una vez al mes recibían fruta; ella obtuvo una banana. “No imaginas cómo la cuidé. Algunas se burlaron porque lloré frente a una fruta tras tanto tiempo”, recuerda, mirando al pasado.
Las guardias decidían cuándo abrir las puertas. Cuando querían, las detenidas podían salir, o de lo contrario quedaban encerradas por más tiempo. “Sus respuestas eran provocadoras”, señala. A su juicio, el ambiente fomentaba irritación y conflictividad. Esto la llevó a mantener la calma. “Son extremadamente racistas. Enfrentarlos es inútil, creen que esta actitud beneficia a Estados Unidos”, reflexiona.
Acoso psicológico
“Aplican un acoso psicológico sibilino. La violencia discreta es una de las más peligrosas, porque te va socavando internamente”, explica.
La mantenían en estado de alerta, golpeando su puerta y anunciando un traslado en una hora. Pasaba el tiempo, volvían a repetirlo, y así una y otra vez. “La violencia es silenciosa, te absorbe la esperanza poco a poco”, expresa.
Sabía que podía permanecer allí indefinidamente. No tenía idea de cuándo sería liberada. Hasta que una noche, ocurrió el inesperado cambio.
Finalmente liberada
En el encierro de 15 días, raras veces pudo ver el atardecer. Un día, una compañera la llamó para mostrárselo desde el patio. Una oficial pronunció: “108 up”. Agustina se detuvo sorprendida. “Esa soy yo”, le dijo a Diana, todavía en shock. Corrió sin demora.
“Te vas”, le comentó un agente. Todo el patio celebró. Las compañeras la asistieron a cambiarse, empacar y abrazarla.
No obstante, junto con la felicidad vino el temor. “Es notable cómo te destruyen la psique; sientes miedo al dejar un lugar familiar por mucho que desees salir”, explica.
La trasladaron al aeropuerto de Bakersfield. Antes de llegar, la camioneta se detuvo bajo un árbol. Le liberaron de las cadenas, le devolvieron la mochila y entró al aeropuerto acompañada de los dos hombres. “Parecíamos amigos aventurándonos en un viaje”, recuerda.
Luego voló a Texas, donde la llevaron a una sala de migración. Su vuelo con destino a Roma era a las 18.30.
Hasta que entró un agente de ICE. En voz alta, cuestionó por qué tenía el pasaporte de su pareja. Agustina pidió permiso para llamar. “Aquí no tienes derechos. Aquí haces lo que yo disponga”, replicó el agente.
“Creí que nunca saldría de esa situación”, relata. “Te destruyen mentalmente de manera gradual”.
Poco después, fue llevada a Italia. Esta vez, se le permitió usar su teléfono y contactó a su familia. Durante una videollamada, advirtió que no le devolvieron el pasaporte de su pareja.
Actualmente, habla con Clarín desde Sayulita, México. Su abogada revisa las irregularidades en los documentos firmados. Mientras tanto, su vida quedó en suspenso. California era su hogar, donde estaban sus amigos y su perro Selmo.
Día a día, sigue en “modo supervivencia”, enfrentando pesadillas y el miedo a los aeropuertos. “Te encarcelan y desgastan tu mente”, asegura.
MG
