Explorando lo personal: la valiosa lección de un papá que expresa sus emociones y por qué ocultarlas puede ser perjudicial

Las historias más valiosas a menudo comienzan ocultando la verdad, porque mostrar sentimientos puede ser aterrador. Lloro con frecuencia. Lloro al llegar a casa tras un largo día, después de despertares abruptos llenos de pesadillas que no se disipan hasta abrir las ventanas, luego de siestas que parecen eternas, cuando discuto con mi madre, cuando me doy cuenta de que no soy amado de la misma forma en que yo quiero, cuando reconozco que no sé amar, cuando una planta muere, mi perro, mi abuelo, cuando pierdo algo, cuando olvido los colores de mi infancia, cuando veo a un anciano caminando solo por la calle, y cuando el futuro es incierto tanto para mí como para la sociedad. Sin embargo, siempre lloro en privado; no me gusta ser vista, ni mostrar mis ojos hinchados ni mi vergüenza. Hay lugares, quizás en la vasta y llana Pampa, bajo el horizonte infinito, rodeada de vacas y al ritmo del folklore argentino, donde es más fácil liberar las lágrimas.

Un viaje hacia el interior

Siempre he afirmado que nacer en el corazón de la provincia de Buenos Aires es una de las mejores bendiciones de mi vida. El campo tiene su propio ritmo. Los árboles extienden sus raíces sin miedo a encontrarse con una carretera, los cultivos cambian con las estaciones y los animales recorren la tierra libremente. La mística “luz mala” aparece sin ser cuestionada, y los gauchos disfrutan el mate en cualquier momento del día. Este tiempo diferente, a veces detenido, nos permite llorar sin prisas. Necesitamos momentos de soledad compartida, la sensación de que solo el viento te observa, y varios días pisando tierra en lugar de cemento.

Lecciones de empatía y vulnerabilidad

Mi padre trabajaba a dos horas de nuestro hogar, en un campo. Cada semana, partía antes del amanecer, con el aliento visible en el aire frío y la camioneta aún helada. Ocasionalmente, me invitaba a acompañarlo. Yo tenía once o doce años, y mi cama era un refugio cómodo que me resistía a dejar. Amaba mi tiempo libre como un valioso tesoro, temiendo que la adultez lo extinguiera. Pero vivíamos en una época sin teléfonos móviles para adolescentes, donde los niños aún creaban mundos imaginarios. Estas excursiones eran auténticas aventuras para mí.

Abordábamos el vehículo sin prisa, esquivando sapos entre la niebla y calentando el interior con nuestro aliento mientras el motor cogía temperatura. Hasta la salida de Lincoln, nos dedicábamos a hablar de cosas aparentemente sin sentido, sobre la familia, la vida y la calle. Ya en la carretera, nuestras conversaciones giraban en torno a libros, una pasión que compartíamos. Yo hablaba rápidamente de las historias que leía, mencionando personajes que él olvidaba y términos juveniles que no comprendía bien. Él, en cambio, me recomendaba clásicos que iría leyendo con el tiempo.

Sacaba un gastado estuche azul y gris lleno de CDs de la guantera y rompíamos el silencio. Los discos eran claros y transparentes, sin adornos que los prejuzgaran. Estaban etiquetados a mano, algunos con el título del álbum “The Dark Side of the Moon”, otros con recopilaciones como “Las preferidas de Martina” (mi hermana) o “Las mejores canciones de los 80”. A veces, las palabras estaban un tanto desdibujadas, y adivinar de qué recopilación se trataba una vez que empezaban a sonar era parte del encanto.

Siempre elegía el mismo CD, con su letra ilegible, pero que conocía exactamente qué contenía. Mi padre no podía ocultar su emoción al escuchar los primeros acordes de Facundo Saravia: “Si es de padre a hija nuestro amor / Uno como no hay otro igual”. En esos momentos, quería permanecer en ese auto por siempre, evitando otras obligaciones. La canción llevaba el nombre de mi hermana, Martina, y él se emocionaba aún más. Pero sabía que nos hablaba a ambas, que lloraba por nosotras.

En esos momentos de viaje, el silencio cobraba otro significado, una oportunidad de estar en compañía. Era una continuación de momentos como el día que me sostuvo por primera vez, cuando me enseñó a leer, o se cambió de cama para consolar mi llanto en la noche. La música llenaba el aire, en el auto el tiempo se detenía mientras escuchábamos una historia de Saravia sobre un niño sin madre: “Uno valora las cosas cuando las suele perder…”. Ambos nos quebrábamos por dentro. Mi padre recordaba su infancia, su propia madre, y el hombre adulto en el que se convirtió.

Cerca de nuestro destino, le dije: “Me gusta viajar por la carretera, porque no hay más que hacer que lo que ya se está haciendo”. Aún pienso igual, y por eso a mí y a mi padre nos gusta tanto viajar. Se secó las lágrimas y nos reímos incómodos pero mirándonos. Bajé a abrir la tranquera, y ahí entendí que llorar es dejar ver nuestra vulnerabilidad, a menudo confundida con debilidad.

Llorar puede parecer un acto de debilidad, pero es profundamente humano. Permite liberar emociones embotelladas, aquellas que muchos evitan mostrar. Recuerdo cómo, en nuestra casa, las películas encendían esa llama de tristeza compartida. El calor del fuego, la intimidad de la sala y una pizza casera sentaban las bases para ver “Titanic” o “Africa Mía”. En esos momentos, no había mundo exterior; ni elecciones presidenciales ni tormentas lograban interrumpirnos. Allí, él solía llorar, reflejando sus luchas cotidianas y sus miedos sobre el futuro.

Reflexionar sobre nuestras memorias y nostalgias es un sello distintivo en nuestra relación. Sentados sobre el frío suelo de nuestra casa, observábamos fotos que abarcaban su vida. Aunque el cemento helaba, las fotos revelaban su interior y sus ojos húmedos eran testigos silenciosos. Incluso estando solos en un país extranjero, sus mensajes diarios lograban derrumbar la distancia que nos separaba, sirviendo de refugio invisible desde el otro lado de la pantalla.

A medida que crecí, me sentí cohibida por llorar; las reacciones de los demás me hacían sentir vulnerable. Pero también me di cuenta de aquellos que contenían sus lágrimas o las transformaban en rabia. Aprendí que algunos niños nunca vieron a sus padres llorar. Conocí hombres que, a pesar de experiencias dolorosas, ocultaban sus lágrimas. Me duele pensar en un mundo donde reprimir las emociones sea la norma, donde solo existe la fachada de la perfección.

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Hace dos o tres años, en una escapada a casa, mi padre y yo revivimos esos espacios de nuestro pasado. Aunque el CD ya no estaba en la guantera, volvíamos a hablar de esos temas cotidianos. Cada kilómetro del trayecto me hacía sentir agradecida por esos momentos de vulnerabilidad compartida en mi infancia, donde se nos permitía llorar.

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