Quiero compartir una historia sobre una persona que siempre fue una fuente de inspiración para mí: mi hermano Carlos. Hace poco nos dejó, aparentemente cansado de luchar contra la diabetes que lo acompañó desde su juventud. Sin embargo, su legado permanecerá, siendo un modelo para quienes seguimos aquí: su familia, sus amigos y sus alumnos.
El viaje de un héroe anónimo
Su vida fue una metáfora del problema nacional en una tierra donde uno puede pasar de héroe a villano sin previo aviso. Una encrucijada histórica de la que aún no conseguimos librarnos.
Un académico errante
Carlos estudió Física en la universidad estatal. Justo cuando su carrera comenzaba a florecer, el régimen lo obligó a abandonar. Dinamarca, percibiendo lo que el fanatismo local no, le otorgó una beca crucial que le permitió especializarse más allá del ámbito nacional, asegurando así su carrera y tal vez su vida. Se trasladó a Copenhagen para perfeccionarse en Luminotecnia, residiendo modestamente con su familia en la calle Sofiegade. Durante un tiempo, nuestros padres encontraron también refugio en ese espacio, en medio de otros exiliados latinoamericanos que escapaban de dictaduras vecinas.
La consagración en Berlín
Después de una temporada, partió hacia Berlín Oeste, una ciudad marcada por profundas cicatrices y dividida por un muro horrible. Ahí, mi hermano alcanzó su doctorado en Iluminación, recibiendo numerosas ofertas de prestigiosos institutos de investigación y desarrollo. Estaba ganándose un lugar como referente en su campo, una pasión que nació en los años ’70 debido a su amor por el arte y el teatro, habiendo iluminado grandes producciones en Nuestro Teatro, un influyente grupo en la escena cultural tucumana.
Regreso triunfante y reconocimiento
Mientras trabajaba en Alemania, sucedió un hecho curioso y esclarecedor: la Universidad Técnica de Berlín, su alma mater, junto con la Universidad de Tucumán, que lo había formado inicialmente, lo invitaron a presentar una ponencia sobre Luminotecnia. Los alemanes eran la atracción del evento e incluyeron a Carlos en su comitiva. Pero enseguida se rechazó su participación. Los invitados berlineses fueron claros: sin Carlos, no asistirían.
Finalmente, las autoridades tucumanas cedieron. Carlos, aquel estudiante expulsado, comenzó su presentación en su propia universidad hablando en alemán, sorprendiendo a quienes esperaban un discurso en español. Fue su manera de evidenciar la incoherencia de que un orgullo de la UNT tuviera que expresarse en otra lengua para poder ser aceptado en un evento académico allí.
Rechazó atractivas propuestas de trabajo en el extranjero y, aprovechando la llegada de la democracia, decidió regresar a su universidad para fortalecer el Laboratorio de Iluminación, que fue ganando reconocimiento internacional por su excelencia. Durante muchos años, fue el director de este laboratorio, trabajando en equipo y brindando oportunidades de crecimiento a los demás. Siempre intentó ligar la investigación con los problemas sociales. Sueños utópicos que, en ocasiones, materializó.
Aquella alma mater que en su día le había cerrado las puertas, finalmente lo distinguió como Profesor Emérito.
Sobreviviente de una era turbulenta
Carlos Kirschbaum, ilustre académico tucumano, ejemplifica a la perfección la irracionalidad que caracteriza a la Argentina. Se consideró un sobreviviente de aquellos años oscuros llamados ‘de plomo’, en los que muchos de sus amigos debieron alejarse y otros acabaron desaparecidos.
Siempre parecía estar en otro mundo, como buen Físico, pero tenía los pies bien puestos sobre la tierra y vivía intensamente el día a día. Fue un líder estudiantil durante el “Tucumanazo” en la dictadura de Juan Carlos Onganía y de Roberto Marcelo Levingston, defendió los ideales de la Reforma Universitaria y siempre mantuvo que la democracia es la mejor forma de coexistir pacíficamente.
Aparentaba ser distante, quizá por una reserva emocional heredada, pero una vez que cruzabas esa barrera, estaba abierto a los afectos.
Enfrentó con valentía su enfermedad hasta que se sintió mermado. Escribió un libro de memorias, el cual será publicado pronto, y tras ello, dejó de luchar.
Ingresó al hospital sabiendo que sería su última vez. Aún así, se dio el lujo de una última broma: cuando la enfermera le ofreció café o té, respondió ingeniosamente: “Mejor un poco de cicuta, por favor”, dejando a la enfermera atónita.
A los 81 años, el doctor Carlos Federico Kirschbaum emprendió su último viaje, con un billete sin retorno.
