La complejidad del hogar: análisis de la violencia severa hacia los menores

Cuando surge un caso de maltrato extremo hacia un menor en los medios de comunicación, la sociedad reacciona de inmediato: se buscan culpables, se elaboran teorías y se emiten juicios morales antes de que las investigaciones avancen. El juicio mediático es usualmente rápido y, casi siempre, carente de información completa.

La necesidad de un análisis integral

Es fundamental advertir que no se debe interpretar un informe forense, una herida o un dato aislado sin integrar toda la evidencia en su contexto. Cada elemento debe analizarse dentro de la historia familiar, los roles de los padres, las características de las relaciones, las dinámicas de cuidado y las condiciones de vida del menor. La información fragmentada no solo falla en explicar los hechos, sino que puede llevar a errores significativos.

No obstante, más allá del análisis detallado de un caso específico —que siempre requiere cautela y rigor—, hay algo que como sociedad nos cuesta aceptar: el ambiente familiar no siempre es un lugar seguro. De hecho, es uno de los lugares donde más frecuentemente ocurren abusos y maltratos a la niñez.

Una visión crítica sobre el concepto de familia

Existe una marcada tendencia cultural hacia la idealización de la familia. Se asume que, por naturaleza, los padres son los protectores ideales y se confía en el “instinto maternal” como garantía de protección. Esta perspectiva, tan profundamente arraigada, a menudo impide reconocer lo que ocurre detrás de las puertas cerradas.

Uno de los mayores desafíos en estos casos es la divergencia entre la imagen pública y la realidad familiar interna. Individuos que parecen ser buenos ciudadanos, amables y correctos en el ámbito público, pueden crear un verdadero infierno para quienes viven con ellos. Esto sucede con mayor frecuencia de lo que se desea admitir.

No se puede identificar a una persona que maltrata a un menor con un perfil psicológico único. No hay un conjunto predefinido de características que los delate fácilmente. Pueden existir rasgos de egocentrismo, dificultades para reconocer las necesidades ajenas, características psicopáticas o falta de empatía. Sin embargo, esto no siempre está presente. Existen personas sin psicopatología obvia que maltratan, mientras que otras con trastornos graves no lo hacen. Por lo tanto, es crucial un análisis individual, contextual y completo.

Otro aspecto esencial es prestar atención a los niños.

Con frecuencia, cuando un menor manifiesta su deseo de no visitar a uno de sus padres, su opinión no se toma con la seriedad y profesionalismo necesarios. A menudo se desestima o interpreta de manera superficial, privilegian el vínculo biológico sobre el verdadero papel protector de la figura parental.

En la justicia, las entrevistas con menores deben seguir protocolos y contar con profesionales especializados. Las declaraciones aisladas y fuera de contexto a menudo inducen a diagnósticos erróneos, especialmente en ausencia de entrevistadores calificados. Además, deben realizarse en un ambiente neutral, utilizando técnicas adecuadas y con conocimiento de toda la historia del niño. Los videos grabados por adultos son a menudo cuestionables, ya que es difícil saber si el discurso fue inducido. Evaluar el testimonio de un niño requiere formación específica, algo que frecuentemente falta en el sistema judicial.

Y aquí surge otra falla estructural: la justicia generalmente no cuenta con equipos suficientemente capacitados en infancia y violencia infantil para tratar estos casos en profundidad. Faltan informes socioambientales, psicológicos, psiquiátricos y seguimientos periódicos. Las decisiones a menudo se toman desde un escritorio, sin un conocimiento profundo de la vivienda, el contexto, la dinámica familiar.

Quizás también te interese:  Recién nacido hallado en un campo de Quilmes fue salvado por una vecina: "Era increíble que lo abandonaran

Históricamente, el sistema judicial ha sido “garantista” respecto al acusado. Solo en los últimos años ha comenzado a incorporar la perspectiva de la víctima. Sin embargo, los niños continúan en desventaja: no tienen representación legal propia, recursos ni voz directa. Su protección depende de que otros puedan interpretar adecuadamente lo que les ocurre.

Mientras tanto, aquellos menores que sufren violencia en sus hogares a menudo no muestran señales claras. No hay un único cuadro clínico. Algunos muestran miedos, incontinencia nocturna, pesadillas, bajo rendimiento académico. Otros se adaptan, volviéndose silenciosos, retraídos, “niños que no molestan”. Esta calma aparente puede esconder situaciones extremadamente graves.

Además, por miedo y dependencia, muchos menores protegen a sus agresores. Callan por temor a represalias, vergüenza, creyendo que nadie les creerá o porque están amenazados. Dependen emocional y materialmente de quienes los lastiman. No tienen a quién acudir por sí mismos.

Todo esto se ve agravado por una comodidad social: elegir no involucrarse. Si un adulto golpea a un menor, muchos prefieren no intervenir porque “es el padre” o “es la madre”. La idea de que lo que sucede dentro de la familia es un asunto privado sigue siendo poderosa.

Y, por si fuera poco, no existen estadísticas oficiales completas acerca de la violencia contra los niños. Hay datos parciales y denuncias en diferentes organismos, pero no un relevamiento nacional sistematizado. No se conoce con precisión cuántos menores son maltratados en Argentina. Lo que no se mide, no se ve. Y lo que no se ve, no se prioriza.

Por eso, cada vez que un caso extremo llega a los medios, parece excepcional. Pero la realidad es diferente. Es solo la parte visible de un problema mucho más grande y, en gran medida, oculto.

Quizás también te interese:  Ubicación de la niña perdida en Cosquín: un terreno inaccesible en el monte

Como sociedad, necesitamos desmantelar el mito de la familia como protector automático, fortalecer la formación especializada del sistema judicial, crear equipos interdisciplinarios para evaluar estos casos en profundidad y, fundamentalmente, aprender a escuchar realmente a los niños.

No desde el prejuicio, el sentido común o la idealización del vínculo biológico, sino desde el conocimiento, la formación y el compromiso auténtico con su protección y seguridad. Esto es esencial para prevenir la violencia y cuidar de la infancia.

Quizás también te interese:  Un nuevo caso en el bar de Ipanema reabre el dolor para la madre de un joven, tras otro incidente reciente

Por Virginia Berlinerblau, especialista en psiquiatría infantil y medicina legal, ex médica forense de la Justicia Nacional.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad