Según una encuesta, el 32% de los jóvenes argentinos consideraría mudarse a otro país. Sin embargo, ¿qué ocurre realmente una vez que ya están fuera? Emigrar conlleva una serie de complicaciones: desde sentimientos de aislamiento y desafíos en la salud mental, hasta obstáculos culturales, laborales y burocráticos que pueden amenazar el sueño de vivir en el extranjero.
El estudio, titulado “Jóvenes: valores, política y democracia”, fue elaborado por Pulsar UBA—una parte del Instituto de la Facultad de Ciencias Económicas, Igedeco— junto a la Asociación Conciencia, y se enfocó en entender qué piensan y esperan para su futuro los jóvenes de entre 16 y 19 años.
No es sorprendente que muchos jóvenes piensen en viajar para experimentar nuevas vivencias o soñar con la idea de mudarse. Pero, ¿mudarse al extranjero es tan sencillo como hacer las maletas y partir?
Maximiliano González (32) tiene una perspectiva clara al respecto. Emprendió su viaje hacia Italia el 28 de octubre de 2024 con la meta de obtener la ciudadanía, cargado de expectativas e incertidumbres. No tenía familiares que hubieran hecho ese viaje antes ni tampoco conocía bien el proceso, a excepción de lo que una amiga le había contado.
Se instaló inicialmente en un pequeño pueblo de 800 habitantes donde el dialecto local era especialmente complicado. La solicitud de ciudadanía representó un reto mayor porque las apostillas obtenidas en Valladolid, España, fueron rechazadas por el municipio italiano. Esto implicaba pagar 800 euros adicionales y esperar un mes más. “Tuvimos que usar parte de nuestros ahorros”, expresó. En ese momento, vivía con su sobrino Kevin.
Posteriormente, se trasladó a Palermo, donde trabajó durante dos meses como técnico de garantía en Samsung. Señala que tanto los salarios en el sur como la soledad cuando Kevin se mudó a Roma fueron aspectos difíciles de manejar. “Eso fue lo más difícil”, recuerda.
Durante su estancia en Alimena, Maxi y Kevin comenzaron a elaborar y vender medialunas. “Siempre he sido muy resolutivo en ese sentido”, comentó Maxi.
Más tarde, le ofrecieron un puesto como técnico en una empresa de agroturismo familiar en San Donà di Piave, cerca de Venecia. En el norte, “el idioma fue más accesible y fluido”, y sus empleadores le proveyeron alojamiento, un vehículo, y un salario de 2.200 euros mensuales. “Haciendo la conversión, era una cantidad mucho mayor que la que ganaría en Argentina”, rememoró.
A pesar de estar conectado con su país a través de videollamadas semanales, la falta de interacción física se mantenía presente. “Pensaba en lo que estarían haciendo mis amigos y mi familia, veía fotos y me preguntaba: ‘¿qué me retiene aquí?’. Un día, no encontré ninguna razón”, confesó.
Regresó a Argentina el 16 de diciembre, justo para las festividades, como consecuencia de un problema de salud que afectaba a su madre. Estuvo fuera por un año y dos meses.
Dificultades inesperadas
Matías Rodríguez (35) y su pareja se embarcaron hacia Orvieto (Italia) en 2024, un tranquilo pueblo situado entre Roma y Florencia. Al igual que Maximiliano, viajaron a Europa con el objetivo de conseguir la ciudadanía y enriquecer su experiencia profesional.
“Decidimos probar suerte sabiendo que regresaríamos a Argentina en algún momento; lo que no teníamos claro era si sería en uno, dos o diez años…”, explicó el ingeniero agrónomo de América, un pueblo bonaerense. Sus condiciones económicas eran favorables, aunque la experiencia en Italia nunca llegó a ser completamente cómoda.
Lo que más echaba de menos era su vida diaria en Argentina. “No existe el plan de encontrarse entre semana o asistir a un cumpleaños”, ilustró. Para él, son etapas emocionales. Al principio “todo resulta fascinante por la novedad”; luego “te das cuenta de que es más complicado de lo previsto”.
Matías se amoldó bien al trabajo rural; sin embargo, lidiar con la parte afectiva fuera del país resultó más arduo.
Después de un año, tomar la decisión de regresar se hizo inevitable, sin esperar a obtener la ciudadanía, regresando dos meses antes de finalizar el trámite. “Pensábamos que estaríamos más tiempo”, reflexionó sin remordimientos sobre la experiencia que califica como “singular”.
Para Matías, “el mundo que se ve en las redes no es real”.
Este tipo de historias son más comunes de lo que parece. “La mayoría desconoce lo que realmente sucede afuera, basan sus expectativas en lo que los medios de comunicación muestran o en relatos superficiales de personas que han emigrado y han tenido éxito…”, consideró Roberto Salvador Aruj, Doctor en Sociología y Director del Instituto de Políticas Migratorias y Asilo (IPMA) de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.
Aruj resaltó la necesidad de tener en cuenta al menos dos aspectos críticos: En primer lugar, que las decisiones de emigrar resultan de procesos complejos; y segundo, la emigración como vía de escape: “para eludir una situación personal angustiante, se elige escapar como si fuese una encrucijada sin solución”, explica en su libro Migraciones, disciplinamiento y control global, publicado en 2015.
Concretó un estudio exhaustivo en 1996, encuestando a 32.000 graduados de la UBA, una realidad aún vigente para muchos argentinos.
La búsqueda de contención emocional
Milagros Isaguirre (27), originaria de General Pico, La Pampa, emigró a Florida, Estados Unidos, en 2023 para trabajar como gerente de un restaurante. Durante una jornada alta de trabajo, sufrió un ataque de pánico que le impidió continuar.
Comenzó a considerar el regreso a Argentina para estar cerca de sus padres y cuidar su bienestar mental. “Quiero volver a Argentina, me aterra que me pase algo y mis padres no estén aquí”, afirmó en una conversación con su jefa. Sumado a esto, experimentaba una dependencia emocional hacia un compañero de su país natal.
Uno de sus mayores temores era la falta de comprensión del sistema de salud estadounidense, conocido por sus altos costos y acceso limitado. “Estados Unidos es complejo en estos temas: los servicios de salud son costosos, la accesibilidad no es tan sencilla, y la sociedad nunca se detiene”.
Con el tiempo y la ayuda psicológica, logró verbalizar las emociones nuevas que la agobiaban y reconoció que había atravesado una depresión mientras estaba fuera de su país. Su retorno no dependió del afecto que pudiera sentir por alguien; necesitaba esa contención que Estados Unidos no le ofrecía.
El estudio “Jóvenes: valores, política y democracia” también indica que a 4 de cada 10 jóvenes les gustaría seguir residiendo en Argentina. Facundo Cruz, Coordinador de Pulsar UBA, explicó que “no hay una correlación directa entre el deseo de emigrar y una percepción negativa del desarrollo personal, económico familiar o calidad de vida futura de los jóvenes”.
Además, agregó que “el deseo de irse no parece estar ligado necesariamente a la falta de futuro en Argentina, sino a la búsqueda de vivencias únicas”.
Una ley que cambia el juego
Fausto y Vera se fueron a vivir a Tornareccio, un pueblito en Italia, para hacerlo al lado de sus parientes italianos.
Las complicaciones burocráticas tampoco son raras en estos contextos.
Fausto Soma Sprandini (32) y su novia fueron a Italia en 2025 con la intención de lograr la ciudadanía italiana, con toda la documentación preparada. A diferencia de Maxi —que sí pudo tramitarla—, ellos fueron afectados por un decreto emitido por Giorgia Meloni poco antes de su llegada, que limitaba la ciudadanía para hijos y nietos de italianos (con el tiempo, dicho decreto se convirtió en ley).
Sus planes se derrumbaron al aterrizar. “Una semana antes y ya seríamos ciudadanos italianos”, señaló Fausto.
Vivieron la “etapa emocional” de una manera distinta: la primera reacción fue angustia. Enfrentaron estrés al saber que su visa de turista expiraba, que España no respondía favorablemente a su solicitud de soggiorno (residencia temporal) y que era complicado conseguir empleo por su estatus irregular.
Se sentían incómodos mudándose de casa en casa de familiares, mientras lidiaban con la sorpresa de un cambio tan repentino.
De Italia, se trasladaron a Hungría gracias a una visa Working Holiday, la opción más asequible que encontraron considerando su edad. Obtenerla fue complicado y solo lo lograron una vez en Budapest.
Su primer trabajo en Hungría fue como guardia de seguridad en un supermercado. “Duré un día parado más de 12 horas sin poder sentarme”, recordó. Durante casi un año, cambió de empleo casi mensualmente en una búsqueda constante de estabilidad. Trabajó como cocinero, fue albañil, limpiador de apartamentos turísticos y operador de aplanadoras.
El idioma húngaro resultó ser una de las barreras más desafiantes. “Además de no saber inglés, estaba muy frustrado por la situación vivida en Italia y necesité terapia para superarlo”, comentó sobre el inesperado obstáculo lingüístico que todavía complica su integración laboral en Hungría.
“Siempre quisimos vivir en Italia, pero nos sentimos rechazados y desvalorados por el país”, expresó. Hoy, Fausto espera con cautela que el panorama de la ciudadanía mejore, aunque reconoce que “Europa del Este es completamente distinta; es más complicado sentirse a gusto aquí que en Italia”.
Otros testimonios resaltan aspectos positivos, coincidiendo en que se trata de algo “muy personal” y depende de la actitud del individuo y de las personas alrededor. Por otro lado, las dificultades consideradas “inamovibles” normalmente estaban asociadas a características del país receptor: clima hostil, obstáculos en la integración social o lingüística, diferencias culturales, económicas, entre otras.
Y es que migrar no es simplemente cambiar de residencia. Es un proceso que desafía expectativas, vínculos y certezas. Implica desarraigo y ruptura. “En general, a las personas que emigran no les va bien porque se enfrentan a situaciones que no coinciden con sus expectativas”, concluyó Aruj. En muchos casos, a los problemas del lugar de origen se suman otros nuevos en el destino.
Maestría Clarín – Universidad de San Andrés
MG
