Era el año 1953 cuando mi abuelo Pascual Antonio Liotti zarpó desde su hogar en Cirò, una región de Calabria, al sur de Italia, con solo veintiséis años. Después de realizar su servicio en un regimiento de infantería en la Toscana, embarcó en el famoso transatlántico Andrea C, conocido por transportar a incontables inmigrantes a tierras argentinas. Pascual tenía un hermano mayor llamado Antonio esperándolo en Buenos Aires, afectuosamente conocido por nosotros como tío Antonio. Juntos vivían en una pensión situada en Saavedra, compartiendo con otros compatriotas. Pascual trabajó en la construcción y en el ferrocarril Mitre. Un curioso pasaje de su vida fue su empleo como ascensorista en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires. Entre médicos, era el simpático italiano que siempre lograba robar una sonrisa. Ni en sus sueños más locos habría imaginado que su nieta, años después, se convertiría en doctora en ese mismo lugar.
El Legado de Sueños y Esperanza
Mi familia no estaba compuesta por académicos o empresarios; en realidad, seguía una historia distinta. Nosotros somos descendientes de sueños resilientes. Provenimos de aquéllos que desembarcaron en América con nada más que sus aspiraciones como patrimonio. Buscaban un terreno fértil donde evitar la hambruna y la guerra que azotaban su patria. Desconocían el idioma local y muchos ni siquiera habían concluido la escuela primaria. No obstante, dos cosas dominaban a la perfección: el sacrificio y la constancia. Al mirar hacia el cielo, siento gratitud. Su legado fue mi brújula, encaminando mis pasos hacia metas que ellos nunca habrían imaginado, como ser una médica y escritora. Su constancia me ha enseñado el valor de soñar.
Una Historia de Amor entre Balcones
El amor ha sido siempre una parte fundamental de nuestra saga familiar. Pascual encontró el amor de su vida, mi abuela Antonietta Josefina Fiore, a quien la llamaban Quintina por ser la quinta de siete hermanos, en su pueblo natal. Se dicen que sus palabras de amor cruzaban los balcones que conectaban sus hogares. Siendo Pascual siete años mayor, su relación atravesó el océano. Mediante cartas, Pascual solicitó la mano de Quintina desde Argentina, y se unieron en matrimonio a la distancia, tal como era costumbre en esos tiempos. A los veintidós años, ella dejó su tierra natal en busca de un futuro que su país no podía ofrecer. En Argentina, consolidaron un próspero negocio y disfrutaron de su vida juntos, formando una familia con sus hijos Franco y Ana.
Coraje y Anhelos Literarios
Durante el conflicto de las Malvinas, Pascual dedicó sus palabras a los soldados, infundiéndoles valor. Con un deseo profundo por contar su vida en un libro, Pascual narraba historias con entusiasmo, alegrando su entorno. Aunque nunca se materializó en su vida, me consuela ser quien escribe estas historias en su memoria. Las añoradas reuniones familiares de fin de año en su casa, las danzas y la comida tradicional italiana llenaban de encanto cada celebración. El amor de mis abuelos hacia Argentina, por ser la tierra que acogió sus sueños y costumbres, perdura en mi corazón. Y aunque visitaron su patria de origen, eligieron permanecer aquí, en el hogar que construyeron.
El Camino de la Medicina y la Literatura
Mi abuelo José María Días Moura, originario de Forjães, Portugal, llegó a Argentina a los quince años, navegando con su hermano. Las dificultades no fueron pocas; la carta que anunciaba su arribo se perdió, y se comunicaba en portugués. Sin embargo, su perseverancia lo llevó a trabajar en el horno de ladrillos, conduciendo tranvías, y finalmente terminar la escuela primaria en horario nocturno. Junto a sus hermanos, José fundó su propio horno de ladrillos y contribuyó a la edificación del Hospital de Clínicas, pieza clave de mi desarrollo profesional. Su padre, Manuel Luis, era un sabio sin títulos, cuyos talentos como curandero resonaban en la comunidad. Mi vocación médica parece haber heredado aquellas raíces.
Carmen Lamazares, quien se convirtió en su amor eterno, era una joven a la que José cortejaba con flores. Su tenacidad lo impulsó a construir una vida junto a Carmen, tras muchos sacrificios. Mi abuela Carmen fue mi socia literaria; compartió conmigo sus libros, sembrando en mí la semilla de la escritura. Ella, mi abuela, hoy vive en mis palabras, en mis recuerdos, inspirándome cada día a perseguir mis sueños.
Quise seguir sus pasos a través de mi matrimonio y compromiso con la escritura. Gracias al apoyo incondicional de mi esposo Juan, publiqué mi primer libro, superando mis miedos de adolescente. Aunque las ventas iniciales no fueron las esperadas, persistir me abrió nuevos caminos editoriales. Mis trabajos llegaron a ser reconocidos, y hoy disfruto de un lugar en la industria literaria, convencida de que es posible alcanzar lo inalcanzable.
A lo largo de mi vida, mis padres me proporcionaron las herramientas necesarias, aunque no teníamos lujos. Apostaron a mi educación y a mi acceso a la lectura desde temprana edad. Aun sin antecedentes médicos o escritoriales en la familia, logré cada uno de mis sueños. Lo que me dejó mi linaje inmigrante se expresa en dos simples palabras: sacrificio y perseverancia. Son el legado que mis abuelos me entregaron, y hoy, con orgullo, lo llevo conmigo.
