Descubrimientos emocionales: cómo un viaje cerca del Himalaya reveló nuevas sensaciones

Exploración en la penumbra

La llegada a Darjeeling se produjo en una noche helada de enero. La ciudad, a los pies del majestuoso Himalaya, revelaba su encanto entre calles húmedas, estrechas, rodeadas de veteranos edificios cuya altura no lograba ocultar el cielo misteriosamente violeta. En el aire, al igual que en muchas ciudades indias, flotaba esa dignidad empobrecida, un orgullo humano, enmarcado por una silueta imponente, desconocida, y hasta ese momento, incomprensible.

Acogida inesperada

La pensión Magnolia, con su cartel en alfabeto occidental, llamó mi atención. Era una construcción angosta de dos plantas con un acceso de vidrio. La atención fue excepcional, y mi alegría fue enorme al descubrir que la habitación era espaciosa y con un baño provisto de agua caliente, lujo inesperado en esa fría noche. El mayor asombro fue cuando un joven, posiblemente familiar del dueño, me entregó una bolsa con agua caliente. Un detalle generoso en una noche tan gélida.

Matices de la vida cotidiana

Esa misma noche, una cómica anécdota me aguardaba: algo comenzó a moverse bajo las sábanas, y de repente, una pequeña laucha se lanzó y desapareció en los recovecos de la habitación. Había presenciado escenas similares antes, como cuando vi una laucha en la mochila de un turista cerca del Taj Mahal. Esta experiencia solo me hizo reír.

Quizás también te interese:  Dejó su tierra natal a los 18 para estudiar cine y se destacó en un área sorprendente

Descubriendo el alma de la ciudad

A la mañana siguiente, Darjeeling recuperó su ritmo habitual. Aunque no había la multitud de otras ciudades como Nueva Delhi, sus calles estaban llenas de mercaderes y locales con atuendos coloridos. La limpieza destacaba de manera inusual y parecía que los habitantes y sus hogares susurraban secretos mientras observaban algo invisible en el horizonte. En un santuario local, recorrí un sendero entre árboles exóticos hasta llegar a un sitio sagrado bañado con un resplandor dorado, rodeado de cilindros de bronce cuyas inscripciones, al girar, despertaban una melodiosa música.

Al día siguiente, decidí visitar un refugio tibetano donde niños escapados del Tíbet eran acogidos y educados. El trayecto fue complicado, sin señales claras, con un interminable descenso por escaleras irregulares. Finalmente, llegué a un templo budista exquisitamente adornado, con un majestuoso Buda dorado envuelto en los humos de incienso.

El refugio parecía desolado, apenas una tienda de recuerdos y un museo polvoriento daban señales de vida. Me preguntaba dónde estarían los niños. Fue entonces cuando comprendí: aquellos que antaño fueron niños refugiados eran ahora ancianos. El tiempo y la espera habían silenciado el refugio.

Quizás también te interese:  Sobrevivió en una tormenta de nieve gracias al calor de sus perros: "Ellos me salvaron la vida

Epifanía en la despedida

La madrugada siguiente, con una mezcla de emociones sin nombre, partía hacia Nepal. A medida que descendíamos por el sinuoso camino, el sol recogía sus primeros destellos y se reflejaban en las ventanas del vehículo maltrecho. Miré hacia atrás y, por un fugaz instante, vi al majestuoso Himalaya. Aquel gigante celestial emergía sobre las nubes, glorioso y eterno, una visión de otro mundo que se desvanecería rápido. Su majestuosidad era un regalo inesperado para mi humilde humanidad.

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos y para mostrarte publicidad relacionada con sus preferencias en base a un perfil elaborado a partir de tus hábitos de navegación. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad