El diccionario define “secreto” como “algo que se mantiene reservado y escondido a propósito”. Suele ser interesante cómo muchas veces tergiversamos este concepto: lo que debería estar oculto se convierte en algo compartido o queda a la espera de que alguien, en un acto de “justicia divina”, lo revele. Quizás eso no sea realmente un secreto, sino una manera de dosificar la verdad, de presentarla poco a poco.
Las cartas póstumas, que develan enigmas familiares una vez que los protagonistas ya han fallecido, nunca me han parecido agradables. Es como dejarle a los vivos una carga extra: “la verdad era demasiado difícil de admitir, pero ahora que me voy, me encargo de que la soporten ustedes”. ¿Cuál es el propósito? Si algo debe saberse, es mejor tener la valentía de manifestarlo mientras existe la oportunidad de aclararlo y explorar sus implicaciones. De lo contrario, se convierte en casi una agresión: lidiar con lo que yo no fui capaz de afrontar. Si consideramos que algo es complicado de asimilar, quizá es mejor conservarlo así. La verdad no siempre nos libera.
Deseos Póstumos y Legados
No simpatizo con esos legados que a veces se sugieren o se exigen abiertamente. Frases como “cuando ya no esté, preferiría que mi hogar quede para algún hijo, que no se venda”, o “asegúrense de reunirse para las celebraciones y aniversarios: la familia unida”. O incluso: “no olviden cuidar a la tía Faustina, ya que por sí sola no puede”.
La Autenticidad de las Acciones
Comprendo que son intenciones bienintencionadas; sin embargo, critico la manera de estipularlas como si hubiera un castigo o remordimiento por incumplirlas. Las conductas más genuinas surgen de lo que hemos inculcado a lo largo de los años, valiéndose más del ejemplo que de las palabras: amor, protección, consideración por el futuro, respeto. Si hemos conseguido sembrar estos principios, lo demás es superfluo; todo lo positivo surgirá naturalmente.
Bailar Como Herencia
¿Qué desearía legar a quienes me sobrevivan? Algo sencillo: que bailen cuanto puedan, ya que eso es irremplazable. No se lamenta haber vivido, pero sí haber permanecido como un mero espectador de un mundo que jamás deja de girar.
