“A mí me fascina trabajar junto a ella”, comenta Mario, añadiendo que la extraña cuando no está cerca. Norma, con una sonrisa, le señala un pequeño error en su comentario, pero rápidamente suelta una carcajada. Así es su dinámica: se complementan el uno al otro. Tras más de cincuenta años juntos, las palabras sobran. Se entienden a la perfección.
El día que Clarín visita a Norma Pedrotti (76 años) y Mario Risé (78 años), ellos celebran 52 años de unión matrimonial. Reciben al equipo con la calidez de quienes abren las puertas de su hogar a la familia, en un patio lleno de recuerdos.
Mario muestra, lleno de orgullo, una dedicatoria escrita en la pizarra: “Feliz aniversario de 52 años para nosotros”. Como es costumbre, le ha preparado el desayuno a Norma. “Él es mi despertador personal con su desayuno”, comenta Norma. Más tarde, ambos continuarán con los planes de un viaje de 22 días a Italia en barco, un regalo para el amor que comenzó cuando ella tenía 16 años y él 18.
Energía y calidez compartidas
Norma es una persona encantadora y con una risa contagiosa. Su capacidad para hacer sentir a cualquier persona como parte de su familia es admirable: “¿Te apetece algo? Tenemos limonada, y preparé una torta”, ofrece al equipo de Clarín con familiaridad. La energía que transmite junto a Mario es tanto cálida como divertida.
A decir de aquellos que los conocen, la buena vibra que emiten ambos es inigualable.
La historia de amor de Norma y Mario no comenzó en Valeria del Mar ni en la actual casa que se ha vuelto una obra de arte. Se conocieron en 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires, cuando eran estudiantes de secundaria. “Yo tenía 16 años y él 18”, rememora Norma. Mario, divertido, confiesa que repitió dos años para poder acompañarla al viaje de egresados, un esfuerzo que todavía provoca risas.
El baile fue el escenario del primer intento de acercamiento de Mario, quien con el típico “cabeceo” de la época invitó a Norma a bailar. Aunque inicialmente dijo que sí, a último momento Norma se arrepintió. “Me daba vergüenza, había poca gente en la pista”, explica entre sonrisas.
La persistencia fue la clave para Mario, quien necesitó tres meses para conquistar a Norma, viviendo a solo tres calles de distancia. Con el tiempo, vendrían el trabajo y la familia. Norma era profesora de Geografía y Mario trabajaba en el Banco Provincia. Fue cuando lo trasladaron a Villa Gesell que Norma tomó la decisión de mudarse con él.
En Gesell, sin embargo, no encontraron un lugar que les satisficiera. Finalmente, Pinamar se presentó como una opción más conveniente: ella podía conservar sus horas como docente y ser secretaria en un instituto, mientras ambos se adaptaban al ritmo de vida del lugar.
Norma confiesa que al comienzo la transición no fue sencilla, pero el trabajo y las nuevas amistades facilitaron el cambio. Luego de siete años en Pinamar, surgió la oportunidad de asentarse de forma permanente: adquirieron un terreno en Valeria del Mar, donde construyeron cada ladrillo de su hogar.
Finalmente, se mudaron un 24 de diciembre de 2007, aún sin ventanas ni puertas, acompañados por su perra, que custodiaba la entrada. Fue el comienzo de un hogar que se transformaría con los años en algo mucho más significativo.
Raíces artísticas y un hogar único
Al establecerse en Valeria, Norma y Mario compartían su hogar con su hija menor, Carolina, hoy cineasta y psicóloga. Su hijo mayor, Matías, es abogado en la capital, mientras que Lucas, el hijo del medio, dejó su huella artística en la casa.
Lucas, diseñador gráfico y artista plástico, fue quien impregnó la casa de su creatividad: muebles pintados a mano, prendas personalizadas, paredes llenas de color, todo lleva su toque. Con pasión por lo original, busca piezas únicas por el mundo, algunas decoran su hogar transformado en arte.
Cada intervención creativa de Lucas enriquecía el hogar familiar. Desde el primer mural en el living hasta pintar el piano de un llamativo amarillo, todo respira su estilo.
Mario, con sus habilidades manuales, también contribuye: plomería, soldadura, carpintería. “Con un respaldo de cama hice un sofá”, comparte. Alargando la vida de los muebles encontrados en mercados de pulgas, agrega nuevos episodios a su historia.
Un regalo abierto a la comunidad
La notoriedad de Lucas en México trajo consigo visitantes ansiosos de conocer su obra de cerca. Fue entonces cuando él propuso utilizar el hogar familiar como una galería para su arte. “Querían ver mi trabajo”, rememora Norma, decidiendo en 2014, ya jubilados, compartir su espacio con el público.
Decidieron no cobrar entrada, optaron por incluir un recorrido con merienda. La gente venía, exploraba la casa, compartía momentos. Las visitas comenzaron a celebrarse como un cumpleaños en familia, con mesas llenas mientras Norma cocinaba y Mario asaba.
A raíz de estas reuniones nació lo que hoy es el alma del proyecto: una cocina de abuelos. Productos caseros como quesos, chorizos y panes acompañaron pastas y postres artesanales que unieron a personas de todas las edades en torno a una mesa.
La tecnología queda de lado cuando el grupo se reúne: “Nadie usaba el móvil”, comenta Mario, resaltando el valor de la conversación y la conexión humana sobre la motivación económica.
Música, historias y risas llenan la casa, donde el amor perdura como una obra de arte viviente, con Norma y Mario todavía creando recuerdos, uno al lado del otro.
