Descubrimientos personales: mi primer beso adolescente a pesar de los prejuicios familiares

Cuando tenía 11 años, mi madre falleció a una edad temprana: 50 años. Mis padres estaban separados, y mi papá apenas estaba presente en mi vida. Entonces, me vi bajo el cuidado de mi abuela, hermanos mayores y tíos, quienes intentaron con mucho esfuerzo rehacer la dinámica familiar devastada por esta pérdida.

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Una Nueva Familia

A partir de ahí, mis tíos se convirtieron en el pilar de mi vida, tratando de brindarme un hogar. Se habían casado hace 30 años y tenían tres hijos; ellos me acogieron como a otra hija. Cada fin de semana visitaba su casa, y en ocasiones me llevaban a vacacionar.

En el verano de 1999, cuando tenía 15 años, me fui a la playa con mi amiga Inés y nos hospedamos en la casa de mis tíos. Ella, en un intento por destacar, mencionó a mis primos que había tenido una experiencia romántica con otra chica. Mis primos quedaron tan atónitos que, al día siguiente, se lo contaron a mis tíos.

El Descubrimiento

En una ocasión, mientras estábamos en la playa, llevamos provisiones para pasar la noche en las carpas alquiladas por mis tíos. Nos quedamos dormidas, y al amanecer, nos despertaron los gritos de mi tía horrorizada al vernos durmiendo a Inés y a mí solas. Se formó un caos cuando ella comenzó a gritarnos, acusándonos sin escuchar explicaciones.

Ahí entendí que había cosas que en mi familia no eran permitidas.

***

Poco después, comenzaba el semestre en la secundaria y encontré mi lugar junto a Paula y Sofía. Rápidamente, Sofía llamó mi atención; su humor y carisma alegraban mis días. Nos unía el gusto por la música de Charly García y Spinetta, e incluso nos reíamos de Paula y su nueva pasión por los Backstreet Boys.

Sofía era aplicada y sobresaliente. Aunque yo también era responsable, para mí era un esfuerzo estudiar. Nos apoyábamos mutuamente, y eso fortaleció nuestra amistad. Además de sus cualidades, su apariencia me recordaba a Sambayón, mi querido caballo de la infancia, con quien compartí momentos de auténtica felicidad en el Club Hípico.

Con el tiempo, nos volvimos inseparables, compartiendo fiestas en secreto y viajes que afianzaron nuestra conexión. En Mar del Plata, nuestro lazo se hizo más profundo y le escribí un poema que leí a orillas del mar. Aunque, tiempo después, nos distanciamos un poco cuando hizo nuevas amistades; no obstante, nunca se apagó la chispa entre nosotras.

Organizar una proyección de la película “Pi” fue un intento por recaptar su atención. Cuando pasaba tiempo junto a ella, las clases cobraban otra luz. Me sentía fascinada por Sofía, y al discutir con Jerónimo, un amigo en común, sobre esa posibilidad, la inquietud crecía en mí, aún más cuando Jerónimo sugirió un triángulo emocional.

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En vísperas del estreno de “Mulholland Drive”, fuimos al cine juntas. La incomodidad era palpable al ver una historia de amor entre mujeres. Durante una escena, me tomó la mano en la penumbra, desatando un torbellino de emociones desconocidas hasta ese momento.

Una noche en Requiem, un club caracterizado por su ambiente inclusivo, nos atrevimos a cruzar fronteras personales. La música, el alcohol y el entorno propiciaron un beso entre nosotras que nunca olvidaré. Fue una experiencia llena de nuevos sentimientos y descubrimientos.

Ahora, al revivir esos tiempos, miro con ternura a aquella adolescente que enfrentó sus miedos y transformó los prejuicios familiares en una experiencia de autenticidad y valentía, explorando sinceramente el primer amor.

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