Los matices de otros tiempos todavía nos llaman. Es curioso, no sentimos añoranza por tiempos pasados que a veces mostraban fisuras dolorosas, pero sí nos detenemos a pensar en qué sentimos, qué aprendimos, cómo no lo vimos. Tal vez la nostalgia y el enfado se unan en un todo irracional. Así somos los humanos, contradictorios.
Un Encuentro Inesperado
Recientemente me visitó una amiga de la escuela primaria. Hacía décadas que no nos encontrábamos. Conversamos. Las experiencias vividas seguían resplandeciendo con una claridad que nos sorprendió. Entre recuerdos que iban y venían, emergieron dos memorias que aún conservábamos. Ella recordaba una parte, yo otra. Hablamos de esa escuela en el centro de Rosario, pública pero donde asistían hijos de profesionales y docentes. Eran otros tiempos. Uno de los estudiantes, quizá por el puesto de su padre como gerente en una gran fábrica, llegaba con chofer: los tiempos convulsos nos atravesaban, pero no los podíamos entender entonces.
Recuerdos Combinados
Hoy sí. Ambos teníamos presentes hechos que, creíamos, todos habían olvidado. Se relacionaban con una meritocracia que exhibía una cara peligrosa y donde el color de piel discriminaba. Les cuento: en cierto momento (¿tercero o cuarto grado?) nuestra clase se dividió en dos, el A y el B. En el A quedaban los “mejores”, mientras que en el B aquellos a quienes, supuestamente, les costaba más y se consideraban (oh, vergüenza) menos inteligentes. Ella recordaba que los niños de familias menos favorecidas iban al B; yo recordaba una chica de “buena familia” que por no tener buenas calificaciones también podía acabar en la otra clase. No era algo gratuito ni para ellos ni para quienes observábamos desde fuera. Esa marca quedó. Otro recuerdo: en una clase de chicos de piel clara, el único diferente era el hijo de la cuidadora. Yo aún recuerdo su nombre; ella, su apellido. Ambos sentimos que sobre él recaían todas las características negativas de los “feos, sucios y malos”. Era quien tenía peores notas en los exámenes y quien más frecuentaba el rincón de castigo (sí, aún se hacía).
A pesar de todo, disfrutamos recordarlo. Era complicado, pero habíamos logrado comprender aquello que nos inquietaba y que era difícil de expresar.
