Un Dilema Personal con la Rectitud
He incorporado una gran dosis de obligaciones autoimpuestas en mi vida diaria y me resulta imposible pensar en actuar con picardía. La culpa y un súper-yo descomunal me lo prohíben. Ejemplos sencillos de esto podrían ser situaciones como cuando no me cobraron una botella de agua en un restaurante y, por supuesto, se los informé. Me lo agradecieron y, como gesto de cortesía -quizás pensando “qué ingenuo”-, me la descontaron. De igual manera, si en el supermercado de la esquina me fían y me quedo corto por un peso, regreso enseguida para saldar mi deuda. Esto es honestidad llevada al extremo.
La Publicidad de la Picardía vs. Cumplir las Normas
No me parece incorrecto seguir este camino. ¿Por qué a menudo se celebra el ingenio oportunista en lugar de las normas de convivencia que fomentan la confianza mutua? El inconveniente surge cuando esta necesidad de rectitud se lleva al extremo. Por ejemplo, nunca se me pasaría por la mente abonar las expensas fuera de término. En una ocasión, al pagar el recibo del gas después del primer plazo, me sentí como si hubiera cometido un pecado imperdonable. Ser íntegro es esencial, claro, pero a veces exagero y siento que un pequeño fallo es un error enorme.
La Influencia Familiar en la Ética Personal
Tal vez mi crianza influya en esto: cualquier cosa era perdonable, excepto quedarse con un vuelto, algo que nadie consideraba. No por temor a las consecuencias, sino simplemente porque no se hacía, sin más. Recuerdo a mi abuelo, ya con problemas de visión, manteniendo una carpeta ordenada con las facturas pagadas. En esos tiempos, uno era culpable a menos que mostrara el sello del banco, incluso años después.
La Picardía en Contextos Diferentes
Es curioso cómo mucha gente que no se atrevería a actuar con picardía en su entorno habitual, lo hace en otros lugares. Parece que con los distintos, todo vale. Tal vez porque, al considerarnos los mejores, sentimos que podemos aprovechar la ingenuidad de los demás. Sin embargo, el problema no radica en el ahorro de una pequeña cantidad, sino en demostrar que podemos ser más astutos. Expresado así, no suena tan mal, pero si reflexionamos sobre la intención de aprovecharse de otros, ahí surge el conflicto. Es importante profundizar en esto: el perdedor no es solo el supuesto perjudicado, sino también uno mismo. Adelantar por el arcén, amigos, deja un regusto amargo.
