La Resurrección de las Cámaras Digitales en las Vacaciones
“Lo clásico siempre tiene su lugar,” solía decir mi abuelo, y esa afirmación parece cobrar sentido ahora más que nunca. En playas, conciertos y locales nocturnos, un patrón empieza a hacerse visible. De repente, aparece un dispositivo sorprendente: ¿moderno?, ¿antiguo?, ¿de qué época proviene? Se trata de una cámara digital, aquellas con pantallas pequeñas, botones firmes y un zoom que requiere paciencia. Alguien presiona el obturador y, tras el sonido, se inicia el ritual de ver la foto en grupo. Se oyen risas, surgen comentarios. Sin edición ni eliminaciones, las fotos, a menudo desenfocadas o sobreexpuestas, permanecen auténticas. Y eso es precisamente parte de su atractivo.
La Tendencia de las Cámaras en las Nuevas Generaciones
Las cámaras digitales de inicio de los 2000, las mismas que representaron el puente entre el revelado y lo digital, han cobrado un rol central en las tendencias juveniles en el verano actual. Curiosamente, en una época dominada por smartphones con cámaras avanzadas y edición instantánea, los jóvenes entre 15 y 30 años están optando por llevar consigo estos dispositivos “antiguos” para documentar sus escapadas, fiestas nocturnas o viajes con amigos.
Surge inevitablemente la cuestión: ¿por qué regresar a algo que ya parecía superado?
Para Tomás Balmaceda, filósofo y columnista, así como docente en la Universidad de San Andrés, esto va más allá de una mera moda estética. “No se trata simplemente de un capricho nostálgico. Refleja un cansancio profundo con respecto a la inmediatez y la exposición constante,” comenta. En su opinión, el teléfono inteligente ha evolucionado de ser una herramienta a convertirse en un entorno integrado: siempre conectado, siempre demandante. Por su parte, la cámara digital ofrece un respiro, una pausa, una pequeña rebelión contra lo inmediato.
Esa resistencia es fundamental. “Los smartphones ofrecen fluidez absoluta: tomar, editar, publicar y recibir comentarios de manera instantánea. Las cámaras digitales agregan limitaciones, imperfecciones y una pausa. No todo es perfecto ni apto para ser compartido,” destaca Balmaceda. Además, estas no son herramientas que vigilan constantemente. “Para muchos jóvenes, representa un alivio usar algo que no los observe durante su uso”, añade.
Las redes han amplificado este fenómeno. TikTok e Instagram actúan tanto de escaparate como de propulsoras. El hashtag #digitalcamera está lleno de imágenes granuladas y estéticas que remiten a los antiguos fotologs. Es irónico: aunque las cámaras representan una aparente escapatoria, terminan alimentando el ciclo de visibilidad. “No es una retirada del sistema, sino más bien una adaptación creativa a su interior,” afirma Balmaceda.
En Pinamar, esto se refleja en escenas concretas. Kiara Kordon, de 18 años, reposa con sus amistades manteniendo su cámara digital cerca. “Es una tradición familiar. Mi mamá siempre llevó una Sony digital en las vacaciones,” explica. Su abuelo le regaló una, viendo su afición por llenar la memoria durante sus visitas. Para Kiara, las fotos en la cámara tienen un significado distinto. Imprime algunas, guarda otras en la nube, pero el acto de capturarlas allí es singular.
Gino Bertachi, de 17, también redescubrió una cámara en casa. “Volvió a estar de moda en redes, y recordé que tenía la de mi papá usada en nuestros viajes,” narra. Ahora la lleva a todas partes con sus amigos. Las fotos se almacenan en un drive compartido accesible para todos. “Uno del grupo incluso trajo una grabadora antigua para documentar el viaje,” comenta, mostrando cómo lo vintage se adopta colectivamente.
Luna y Catalina, ambas de 21 años de Santa Fe, también adoptaron la cámara digital. “Disfruto capturar imágenes, y me gusta ver cómo lo antiguo regresa,” señala Luna, quien recibió la cámara de su pareja. Catalina, influenciada por celebridades, encontró una en casa. “El filtro vintage se ve increíble en Instagram,” confiesa. Su cámara aún tiene fotos de su infancia, un archivo personal que se mezcla con el presente.
Para Joaquín Villadeamigo, de 21 años, oriundo de Mendoza y estudiante, la decisión es más técnica. “Ofrece un zoom sin perder calidad. Decidimos usar una sola cámara para documentar el viaje, manteniendo una estética uniforme,” explica. Esta elección fomenta la concentración: nadie se distrae con mensajes ni ocupa la memoria de su móvil. Tener una única función coordina la experiencia compartida.
Eleonora Sanfiloppo, de 23, vacacionando en Reñaca, describe el uso de la cámara como un ritual. “No hay la inmediatez del celular. Hay que esperar para ver la foto. No está siempre en la mano, se captura lo esencial,” indica. Considera que la cámara digital recupera algo comunitario frente a la experiencia individualizada del móvil.
Existe nostalgia, aunque no siempre experimentada. Balmaceda lo llama “nostalgia prestada”: muchos jóvenes no vivieron antes del smartphone, pero sienten que algo se perdió. “Adoptar estas estéticas es una forma de recuperar materialidad frente a un presente donde todo se guarda y nada se olvida,” argumenta.
El desafío es no confundir el gesto con un cambio real. Tomar fotos con una cámara digital no garantiza una auténtica desconexión si terminan en las mismas plataformas. A la par, la industria ya integra esta estética con filtros y aplicaciones que imitan errores programados. “El verdadero reto es cuestionar las reglas de las plataformas donde estas imágenes se valoran,” concluye Balmaceda.
Mientras tanto, tanto en la playa como en salidas nocturnas o viajes, los jóvenes siguen reuniéndose alrededor de una pequeña pantalla tras el disparo. Esos momentos breves donde la imagen no compite con nada más parecen ser suficientes por ahora.
