¿Es posible que haya un hijo o hija preferida? La ciencia ha estado investigando durante años esta cuestionante compleja, y recientemente las evidencias se han vuelto más claras. El diario The New York Times abordó esta cuestión, mostrando a través de estudios llevados a cabo en Estados Unidos y Europa que el favoritismo de los padres hacia sus hijos efectivamente existe. Esto ocurre con mayor frecuencia de la que se imagina, y tiene consecuencias en el bienestar emocional de aquellos hijos que no son los preferidos.
En Argentina, un país donde la lealtad a un equipo excluye a los otros, sucede lo mismo.
Ante la falta de datos suficientes a lo largo del tiempo, Clarín conversó con un distinguido especialista del Observatorio de Psicología de la UBA y una psicoanalista experta en dinámica familiar, para comprender qué ocurre con aquellos que perciben esta preferencia de manera cercana durante toda su vida.
Investigaciones dirigidas por la socióloga J. Jill Suitor, de la Universidad de Purdue en Indiana, hacen un seguimiento de 500 familias durante décadas y revelan que alrededor de dos tercios de los padres muestran (más indirectamente que de manera explícita) una inclinación por uno de sus hijos, y que esta preferencia tiende a permanecer constante a lo largo del tiempo.
Otro estudio relevante publicado en la revista Psychological Bulletin, bajo la dirección de Alexander C. Jensen y McKell A. Jorgensen-Wells, analizó más de 30 investigaciones académicas con casi 20,000 participantes de Estados Unidos, Canadá y Europa Occidental. El resultado mostró una ligera tendencia de los padres a preferir a las hijas, aunque muchos hijos no perciben estas diferencias.
También se identificó que los hermanos mayores suelen disfrutar de mayor independencia y menos supervisión parental, y que los niños que tienen características como responsabilidad y amabilidad reciben más interacciones positivas y tienen menos conflictos con sus progenitores.
Los estudios indican que estas tendencias no pueden atribuirse a un solo factor, sino a una combinación de género, estructura familiar y características individuales de cada hijo. Por ejemplo, la preferencia observada hacia las hijas en algunas investigaciones podría deberse a que, en promedio, las niñas muestran comportamientos que facilitan las interacciones familiares, aunque esto no signifique necesariamente un mayor afecto.
Más allá de que el favoritismo pueda ser o no consciente, lo que realmente importa es cómo lo perciben los hijos.
Diversos estudios en psicología del desarrollo han encontrado que aquellos que sienten haber sido tratados de manera desigual tienen mayores índices de ansiedad, depresión y conflictos familiares, durante su adolescencia y en su vida adulta, especialmente si esta sensación de trato desigual persiste con los años.
El hijo predilecto
“En muchas familias realmente hay un hijo favorecido, en el sentido de que se logra una conexión más fácilmente con él, se puede comprender mejor a uno que a otro. No se trata de amar más a un hijo que a otro, sino de que con uno fluyen de modo más sencillo la interpretación de sus necesidades, sus intereses, su mundo interior, y por ende, la relación es más fluida”, explica Martín Etchevers, investigador de la Facultad de Psicología de la UBA, en diálogo con Clarín.
¿Por qué no se es “el” preferido? Por razones que pueden incluir estrés, temperamento u otros factores como las necesidades especiales de ese hijo o hija, el vínculo puede ser más complicado, requiriendo más paciencia y esfuerzo. Con el tiempo, estas diferencias pueden ser interpretadas como preferencias.
¿Cómo lidian los padres y madres con esa carga emocional? Usualmente no es consciente. La respuesta más común es la negación, ya que admitirlo nos hace buenos o malos padres. La igualdad perfecta en situaciones reales es inalcanzable, y se trata más bien de la intención de hacer el mejor esfuerzo posible, aceptando nuestras limitaciones y las del contexto en el que vivimos.
¿Y los celos?, ¿cómo surgen? Los celos no siempre están relacionados con querer lo que el otro tiene o recibe, sino más con una noción de injusticia. “¿Por qué a él lo perdonan y a mí me reprenden?’, ‘A ella le celebran pequeños logros y a mí me exigen más’”.
¿Cómo afecta a los hijos no preferidos durante su crecimiento? Si estas diferencias se mantienen en el tiempo y no se explican de manera comprensible, pueden provocar ideas como ‘si no soy tratado igual es porque valgo menos’ o el retiro emocional. Esto también puede originar una hipervigilancia en la comparación con otros, y lamentablemente, si se transforma en un patrón, puede extenderse a la vida adulta.
No es un destino inevitable, señala Etchevers, pero puede predisponer a una búsqueda excesiva de aprobación externa o a mantener una distancia emocional defensiva en las relaciones adultas con el sentimiento de ‘puedo arreglármelas sola’.
La relación entre hermanos
Fernanda Rivas, una psicoanalista que coordina el Departamento de Pareja y Familia de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y es autora de diversos libros sobre familias, discute el concepto de “Narcisizar” a un hijo, derivado del término narcisismo. Este proceso forma parte natural de la crianza, implica amar al hijo, mostrarle interés y, de esa manera, fortalecer su autoestima y ayudar a establecer su identidad. Habitualmente, son los padres, como un equipo, quienes ejercen esta función, que además se apoya en sus propias experiencias con sus padres, así como en factores del entorno actual, no necesariamente vinculados al pasado, como la relación con la pareja o circunstancias vitales como las crisis.
Frecuentemente, desde la perspectiva psicológica, es vital fortalecer estos vínculos, ya que pueden estar en riesgo de perturbación.
En ocasiones, la falta de este tipo de apoyo puede ser compensada por otros miembros de la familia –abuelos o tíos–, sin embargo, las perturbaciones en la función narcisizante de parte de los padres siempre dejan una marca en la psique del niño, del adolescente e incluso del adulto. Resultado de esto pueden ser personas que conviven con la sensación de rechazo, como es el caso de aquellos que no se sienten preferidos, sostiene Rivas.
El trabajo clínico, según ella, ha demostrado que la sociedad suele imponer la creencia de que “Los hermanos deben permanecer unidos”. Al considerarse una obligación, deja de ser una opción voluntaria. Es necesario que los hermanos puedan elegir tener esa unión, más allá de la influencia paterna.
Los hermanos son una entidad que merecen atención autónoma en terapia, un recurso para evaluar las consecuencias de ser elegido o no por parte de los padres.
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