Una pareja narra su vida en las calles de Buenos Aires tras seis meses de lucha

Abel Aníbal Arce, de 44 años, y Romina Yanina Surman, de 37, jamás imaginaron, durante los nueve años que han compartido, que terminarían abrazándose bajo un alero al costado de la avenida Paseo Colón. Sin embargo, allí se encuentran, a escasos pasos de la Casa Rosada, sentados en el suelo y apoyados contra una columna en medio de una tarde lluviosa.

Romina refleja una tristeza en su rostro que no intenta esconder, y al inicio de su conversación con Clarín, coloca sus manos sobre su vientre para aclarar algo: no son solo dos, un bebé está en camino. Ella está embarazada por primera vez, llevando tres meses de gestación.

“Llevamos seis meses viviendo en la calle. Estamos aquí, comiendo pan, lo que haya”, comenta Abel mientras señala un trozo que está por comer.

Luchando día a día

Antes de encontrarse en situación de calle, vivieron de alquiler en alquiler. Ambos son originarios de la Provincia de Buenos Aires, él de Laferrere y ella de José C. Paz, pero los últimos cuatro años los pasaron en la Ciudad de Buenos Aires, enfrentando el día a día al borde de caer.

Forman parte de las 5.176 personas alojadas a la intemperie en Buenos Aires, según el último censo sobre personas sin hogar. Este censo reveló que 1.613 personas se hallan directamente en las calles, lo que indica un incremento interanual del 30% comparado con noviembre de 2024, cuando se contabilizaron 1.236 en similares circunstancias.

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Origen y estadística

Con inquebrantable tendencia en alza, la población en situación de calle ha crecido. Romina y Abel simbolizan parte del incremento del 30%. De hecho, representan el 70% de individuos sin hogar que no nacieron en la Ciudad, siendo parte del 39,5% proveniente de la Provincia de Buenos Aires.

“Nunca nos vimos así antes, la gente nos observa como con recelo”, expresa Romina con cierto pesar en su voz. Abel sostiene su mano y prosigue: “Ambos siempre trabajamos. Yo solía ser albañil y plomero, y ella asistente terapéutica. Contamos con buenos oficios, pero no logramos asegurar un techo, sostenernos es complicado”.

Actualmente a Abel le resulta complejo encontrar trabajos temporales ya que carece de un contacto telefónico para ser localizado.

El desafío de sobrevivir

La pareja se sostiene a diario buscando alimentos en ollas populares organizadas por diversas iglesias o fundaciones. En las noches, se dirigen a Constitución para participar en eventos de comida proporcionados por una iglesia a otras personas sin hogar.

“Algunos creen que la ciudad está peor por nosotros, quienes venimos de afuera, pero no es así. Incluso quienes tienen ayudas muchas veces no logran lo suficiente. Nosotros tampoco podríamos superar esto solo con un beneficio. Durante seis meses hemos estado atrapados en esta situación”, expresa Abel, destacando que muchas veces los agentes de Espacio Público los desalojan en las noches.

Romina comparte que al ser desalojados, a veces, han perdido sus pertenencias: “Nos quitan cobijas, ropa, y las lanzan”. Tampoco consideran viable ir a los refugios, comentando sus malas experiencias allí: “Lo intentamos una vez y decidimos que no regresaríamos”.

A diario, la pareja se distancia de otros en situación de calle. “La gente de la calle tiene su propia forma de vivir. Nos asociamos para comer, pero ellos prefieren su estilo de vida, viviendo de la basura. Nosotros queremos salir de esta vida. Siempre somos reacios a pedir, incluso nos conformaríamos con un poco de yerba o azúcar”, confiesa Abel.

Destacan que, desafortunadamente, el apoyo es escaso. En algunos lugares como Liniers, hallaron más comprensión que en el centro porteño.

Otro hecho alarmante del censo revela que el 68,2% de las personas en estas circunstancias llevan más de un año sin hogar.

“Estamos a pasos de la Casa Rosada. Reclamar allí es inútil, nos desalojarían al instante. Es mejor buscar nuestra propia salida. Tampoco recibimos el apoyo de nuestra familia”, relata Abel.

Romina, sin poder ocultar sus lágrimas, habla de su madre con la que parece no guardar contacto, y añade que su hermano vendió un terreno que era suyo en José C. Paz.

“Siempre trabajamos, nunca pedimos. Nos encontramos en esta situación y a veces nos reímos para no llorar. Ojalá la gente comprenda que no mendigamos por gusto”, añade Abel.

Romina se preocupa por el tiempo, evitando que su bebé nazca en la calle, añadiéndose al censo. Aunque lleva solo tres meses de embarazo, sabe que el tiempo avanza rápidamente. Termina el pedazo de pan y apoyándose contra Abel mientras la lluvia persiste, mira a la cámara con tristeza inquebrantable.

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