Sueños de un joven de barrio humilde: de realidad casi imposible a escritor exitoso
Llegué desde el polvo. Desde el barrio ocupado sin permiso, sin papeles, sin derechos. Soy del lugar donde los caballos descansan junto a los postes, donde los botines decoran los cables de luz y los perros sin dueño buscan entre los desechos. Provengo de un terreno baldío que mis padres empezaron a ocupar hace más de veinte años. Soy de Costa Esperanza, un asentamiento en Loma Hermosa, General San Martín. Es un vecindario difícil, y aunque mi hogar era muy sencillo, elegí, afortunadamente o por propia voluntad, encontrar mi salvación en la poesía.
La lucha diaria por los recursos básicos
Nosotros no teníamos agua potable en casa. El agua para bañarnos y limpiar los platos era la del tanque en la azotea, proveniente de un pozo. Para el agua bebible, acudíamos a Ilda, la única vecina con una conexión a agua potable. Recuerdo que mis hermanos y yo nos peleábamos por ir a llenar los bidones en su casa y esos bidones eran vitales para que mamá cocinara y preparara el jugo que acompañaba nuestras comidas.
Las calles del barrio eran de tierra. Tras la lluvia, se convertían en un barrizal. Para llegar a casa de Ilda, brincábamos sobre los charcos buscando las áreas menos húmedas. Las zapatillas regresaban cubiertas de lodo, y resbalar en el suelo fangoso era casi inevitable.
El ambiente y las primeras lecturas
Nuestra casa carecía de un suelo de baldosas; era solamente de cemento con pozos que surgían con el paso del tiempo. Al barrer, humedecía el suelo para minimizar el polvo. Tampoco teníamos sistema de cloacas ni recolección de basura; en el patio había un pozo séptico cubierto de chapas, y era un hombre en un carro quien se llevaba los residuos al borde del río Reconquista.
Escaseaban los libros, salvo unos pocos que guardaba mi madre, profesora de nivel inicial, para su trabajo. Leer me atrapó desde los cinco años, cuando mi madre me enseñó a deleitarme con las historias ocultas en las páginas. Llegado el verano en San Bernardo, aprovecharía para adquirir libros.
Descubriendo la escritura
A la edad de once años, un regalo me dio mi primer cuaderno rayado. Allí empecé a plasmar las vivencias escolares. Ese mismo año, un amigo me pidió escribir un poema para su interés amoroso. Así nací en el mundo de la poesía; un poema musical que ella encontró hermoso, aunque no le importó el remitente original, sino quien compañó las palabras.
La joven identificó mi letra y me instó a continuar escribiendo versos. A partir de entonces, el cuaderno albergaba no solo relatos escolares, sino poemas que reflejaban mi experiencia personal.
El camino hacia la publicación
Con quince años decidí crear un perfil de Instagram para compartir mis escritos. En tan solo un año, ya había alcanzado a mil seguidores. Me rodeé de otros escritores emergentes, trabé lazos con nuevas amistades: Valentina, Renée y Ariana fueron las primeras con quienes formé un círculo poético.
A los diecisiete, mi objetivo era escribir un libro, y comenzaba a reunir todos mis poemas de adolescencia. Cumplir dieciocho me dio el empuje para completarlo, pero enfrentaba el desafío de cómo captar la atención de una editorial. Tenía tres mil seguidores, pero las editoriales parecían reservadas solo para autores experimentados y adultos.
La aparición de Guido Messina, un escritor que admiraba, me abrió los ojos al mundo independiente; me enseñó que podía autopublicar y vender mis libros personalmente con la ayuda de una pequeña editorial dirigida por Silvia, una apasionada de los libros. Fue una inversión que me llevó a buscar trabajo y, aunque efímero, el ingreso me permitió publicar mi primer libro de manera independiente.
Vendí esos primeros ejemplares en pleno confinamiento, acercándome a vecinos y contactos en redes sociales. Después vinieron más libros, todos parte del mismo circuito independiente y cada uno fortaleciendo mi experiencia.
Hoy, a mis 23 años, me siento orgulloso de haber superado la percepción de que nuestro origen humilde limita nuestras capacidades. Crecí en un vecindario donde también florecen docentes, estudiantes universitarios, médicos y trabajadores empeñosos. Aunque algunos aún perpetúan estigmas, he elegido un camino distinto: el de la escritura.
Mis obras no se venden en librerías, pero sigo transmitiendo mis palabras a través de redes sociales y ferias del libro, esperando inspirar a otros a cumplir sus sueños y romper con las barreras que el entorno pueda imponer. Sigue luchando por tus aspiraciones; no dejes que tu lugar de origen dicte tus límites. Como yo, toca puertas y no dejes que nada te detenga.
