El límite de Pinamar y una atracción desafiante para los amantes de la velocidad

La adrenalina en La Frontera de Pinamar

No existe una largada protocolar ni una línea de meta visible. Solo un gesto de cabeza, un estruendo de motor abrupto y el sonido envolvente de los vehículos. Alguien registra el momento con su celular. Algunos espectadores hacen apuestas. Un cuatriciclo toma la delantera, seguido de cerca por una camioneta, levantando una densa nube de arena. Nadie detiene su marcha. Nadie se pregunta si hay transeúntes por delante. En La Frontera de Pinamar, al caer el día, la playa se transforma en una pista improvisada donde el más veloz lleva la batuta.

El ambiente en La Frontera

Un reportero de Clarín estuvo presente en La Frontera, en pleno corazón del área de dunas, donde el espectáculo y el peligro dependen de decisiones personales. No hacen falta demasiadas aclaraciones: con unos minutos de observación se comprende que este lugar no es para familias que buscan construir castillos de arena con niños. Las reglas están presentes, pero carecen de codificación.

El rugido de los motores

Primero se escucha el sonido. Los motores, secos y repetitivos, quiebran el silencio de las dunas. De pronto, todo surge a la vez: camionetas 4×4, cuatriciclos que pasan como flechas y motocicletas que rozan demasiado cerca. La arena vuela, se mete en los ojos, bloquea la vista por unos instantes. El aire se carga de polvo y adrenalina. No hay lugar para el silencio. Antes de que pasen más que unos segundos, los motores vuelven a rugir.

Un Toyota Hilux realiza una maniobra brusca sobre la arena blanda de La Olla. Sin previo aviso, otra máquina acelera y oculta la imagen anterior.

El riesgo y la velocidad

Un hombre en un cuatriciclo lleva a un niño de alrededor de cinco años sentado frente a él, a gran velocidad. Sin casco. Sin seña alguna. Solo una estela de arena que flota en el aire. Más lejos, un UTV (Vehículo de Tareas Utilitarias) compite en un mano a mano con una Hilux. Corren en paralelo. La carrera dura apenas un momento, pero es suficiente para que el peligro sea evidente.

En las dunas, la multitud observa. Parados en lo alto, como en improvised tribunes, algunos filman con sus celulares, otros señalan, ríen, gritan. No hay barreras ni delimitaciones. Dos camionetas se enfrentan, aceleran y arrancan.

“Venimos cada año. Somos de Córdoba y nos parece fascinante, es algo que no se ve todos los días. Los vehículos, la enorme arena”, comenta Enzo, de pie sobre una duna, sin apartar la mirada.

Un cuatriciclo pasa a gran velocidad frente a autos aparcados. Una camioneta derrapa levantando una nube densa. Cuando el polvo se disipa, no hay tiempo de pausa: otro arranque, otro motor al máximo, otra ronda de aplausos. No se ven controles. No se escuchan instrucciones que frenen el espectáculo. La Frontera se convierte en una tierra sin normas, donde la velocidad reina y el peligro forma parte del paisaje estival.

Para los habituales, los códigos son claros. Principalmente, aceleran en las áreas predeterminadas, aunque siempre surge alguien que pasa a toda velocidad por las entradas o salidas de La Olla. Es un show de reglas callejeras, donde todo está permitido y el límite lo establece la ética individual.

“Apostamos a las picadas y eso nos encanta. Es divertido. También ver cómo casi se accidentan… es como si te quedaras paralizado y ellos continúan”, dice Josefina, amiga de Enzo. “También hay una competencia en exponer: la mejor camioneta, el mejor cuatri, la camioneta modificada”, asegura.

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En un cuatriciclo, ninguno lleva casco. El conductor está parado, inclinado hacia adelante, con un firme agarre en el manillar. Delante de él, sobre la parrilla delantera, otro joven viaja como si ocupase un asiento más. Detrás, dos más se amontonan. No es solo trasladarse. Es medir los límites. El conductor levanta el frente y realiza un willy. El cuatriciclo avanza con la rueda delantera en el aire.

No se trata de habilidad ni de lo inesperado: es un desafío de resistencia. Cuando uno, o a veces dos, salen despedidos hacia atrás, el cuatriciclo continúa. No se detiene. Los deja en la arena mientras otros vehículos siguen acelerando. Solo luego regresa. Mientras tanto, se inicia otra carrera cercana.

“Vamos, si el cuatri blanco gana, compensás el asado. Vamos, no seas cobarde, apuesta”, reta un joven. Arranca la carrera. El cuatri blanco no llega. Ríen. “Ese está modificado”, explica una chica sentada sobre su cuatri, acompañada de su novio, una manta y el mate.

Un vehículo todo terreno derrapa a lo largo de una duna empinada. Este es uno de los desafíos favoritos. Los conductores, calzando sandalias, ascienden casi de frente, giran el volante y se deslizan. La gracia está en llegar casi a punto de volcar.

La Olla de la Frontera es la zona más candente del sector agreste de dunas de Pinamar. Desde lo alto, los espectadores improvisan gradas. Algunos bajan de sus vehículos, otros miran desde sillas plegables.

“Pasábamos para disfrutar del mate frente al mar y quedamos atrapados por lo que vimos. Es genial, un espectáculo”, comenta Inés.

“Nos gusta observar a quienes quedan atrapados en la arena y cómo los rescatan. Ese es el mejor show”, añade Luciana.

El espectáculo no da tregua. Un cuatriciclsta con casco realiza un willy. Por la derecha, una chica en traje rosa pasa velozmente en una moto de motocross. Detrás, otra chica en shorts se aferra al conductor de otro cuatriciclo. Ninguno lleva casco.

En el centro de La Olla, se cruzan a alta velocidad y a escasos metros un jeep con dos personas, una 4×4 roja con una pareja de pie en la caja agarrada de una barra, otra 4×4 blanca, un UTV y una moto con dos personas a bordo.

De fondo suena cumbia. En la caja de una camioneta, un grupo de chicas de 19 años se arropa con una manta.

“Siempre venimos a Pinamar. Solo esta temporada descubrimos La Frontera. Hay mucha gente algo descuidada que anda sin casco, a un paso de un choque”, comenta Renata.

“Estamos con mis amigas por nuestros novios, ellos participan. Es increíble cómo andan. Hay un cuatri con cinco personas haciendo willy sin casco”, añade Milagros.

Facundo, de 20 años, observa las carreras con un brazo enyesado. “Yo participo con mi moto. Estaba andando rápido. De repente, alguien se cruzó y para esquivarlo me estrellé contra los arbustos. Solté la moto, se clavó y salí volando. Impacté con el hombro en la arena, se descolocó”, relata.

“Estaba por adquirir un cuatri, pero ahora no estoy seguro”, duda.

Para circular, hay reglas: uso obligatorio de casco, licencia habilitante, comprobante de titularidad y seguro al día. Los cuatriciclos y UTV deben portar una antena de dos metros con banderín para ser identificados.

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En La Olla, al caer el sol, esas normas se desvanecen. El ruido del motor y la arena en suspensión es lo que predomina.

EMJ

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